Presidente: No es tiempo de bromear, es tiempo de pactar y reconciliar


Desde hace 201 años, Bolivia sufre la falta de acuerdos políticos estructurales, y convive en un mar de grietas políticas combinadas con prejuicios sociales que imposibilitan la consumación de transformaciones históricas. En periodos de crisis se patentiza más esa condición. Salvando pocas excepciones (me viene a la memoria German Busch) los presidentes, terminan mirándose el ombligo, o gobernando para favorecer entornos palaciegos.

Hace unos meses atrás, escuche decir al politólogo Diego Ayo, que el actual presidente es “una persona enamorada de sí misma”. En su momento me pareció graciosa y ocurrente la afirmación. Pero pasado el tiempo, la descripción cobra otra dimensión cuando constatamos excesos de slogans, anuncios, o bromas como las de “gobernabilidad mediantes acuerdo con instituciones estatales”. Mucha dosis para un gobierno que hasta ahora no ofrece certezas, sobre donde nos dirigimos, menos como y en qué estado llegaremos.



En nueve meses, el gobierno no ha fijado ni los cimientos de su gobernabilidad política. No hay acuerdos con organizaciones políticas, ni con la calle, ni con sectores productivos, o con los sectores prestos para movilizarse, Por si fuera poco, el actual gobierno tiene una bancada legislativa fragmentada, su vicepresidente baila y canta por cuerda separada, una tregua que vence en octubre, un gabinete que parece achicado en cantidad y calidad, y un sinfín de tareas correctivas o transformadoras pendientes que la población espera. El presidente, mencionado como enamorado, no se da por aludido.

La única salvedad se dio previo al 6 de agosto. Un grupo mayoritario de gobernadores tomaron iniciativas sobre la borrosa oferta del 50/50, presentando al gobierno una propuesta progresiva del 50/50 con respaldo técnico. Pusieron contra la pared al gobierno de la Plaza Murillo y marcaron de esa forma una hoja de ruta que fue pactada, por encima de signos o colores políticos, con lo cual se abre una luz de expectativa para una de las necesidades de fortalecimiento y transformación del Estado, la autonomía territorial.

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Con el precedente anterior, se esperaba que nuestra primera autoridad, inaugurando el renombrado camino al tricentenario, hiciera la convocatoria a un gran acuerdo nacional con todos los espectros políticos para garantizar gobernabilidad, viabilizar medidas que estabilicen y dinamicen la economía, otras que reviertan la crisis de carburantes, la falta de una política criminal concertada, y las esperadas reformas institucionales a la Policía, Justicia, entre otras.

En una dimensión ampliada de la gobernabilidad, se esperaba anuncie el establecimiento de espacios de encuentros y diálogos entre sectores con fracturas o posiciones opuestas, y con ello inaugure un proceso de curación de los daños que ha generado el exceso de diatriba, improperios y polarización política en el tejido social. Es la concertación en reemplazo de la conflictividad, la que nos puede garantizar estabilidad.

Contrario a la necesidad histórica y la de su propio gobierno, el presidente en su discurso del 6 de agosto, anuncia una inédita e inconsistente fórmula de gobernabilidad basada en acuerdos con los órganos del Estado y sus representantes. Formula calificada como inusual, sospechosa o de mal gusto, en publicaciones de redes sociales. No es políticamente normal, que la primera autoridad política, desconozca las estructuras partidarias y su representatividad, o pase por alto la pluralidad de intereses y sectores en la Bolivia diversa que el pregona, se conoce de palmo a palmo.

En cuanto la sociedad civil, no obstante, la existencia de distintas recomendaciones efectuadas por misiones y organismos internacionales (CIDH; GIEI; OACNUDH) de hacer esfuerzos por la reconciliación y reconstrucción del entramado social, el gobierno de Rodrigo Paz, parece no darles relevancia. ¿Sabrá el presidente que estudios de organismos internacionales, determinan que, a nivel interpersonal, tenemos una de las cifras más bajas de confianza del mundo 8/100, y lo propio en cuanto confianza en el sistema político y las instituciones estatales?

Nueve meses de gobierno, tiempo valioso en el que al igual que los gobierno predecesores, se han omitido tareas históricas, de mayor valía que la entonación de slogans políticos, la auto imposición del cóndor de los andes, la exploración genealógica, o anunciar la entrega de nada más que 8900 obras, Bolivia necesita cosas más simples y profundas, como las de generar acuerdos entre divergentes; apuesta plena y sin límites por la educación, transparencia en los actos y en la palabra; pacificación sin hipotecar el futuro por errores del pasado; reconciliación entre viajeros de un mismo barco. Algo que sus antecesores no pudieron nunca comprender.

El gran aporte que su gobierno puede hacer al lejano tricentenario que usted frecuentemente menciona, y nadie olvidará, es sentar las bases de una reconstrucción de la confianza en base a acuerdos y pactos que garanticen la estabilidad, certidumbre y gobernabilidad, eviten colapsos sociales y económicos, y sean por ello un imán para echar raíces, atraer visitantes del norte o del sur, inversiones nacionales o extranjeras. Pero todo dentro de un país unido y que exhale certezas. Bueno habrá que considerar que en política uno no hace lo que quiere, sino lo que puede, como afirmaba el expresidente Víctor Paz Estenssoro.

 

                        *Daniel Valverde Aparicio

                          Docente y Ex Diputado