Democracia deformada


Johnny Nogales Viruez

 

La ruptura de Branko Marinkovic y Ernesto Suárez con Jorge Tuto Quiroga no es sólo una nueva disputa entre dirigentes políticos.

Los disidentes sostienen que fueron elegidos por la alianza de Demócratas y el FRI, no por el partido creado después por Quiroga con el nombre de Libre. Cuestionan la autoridad que éste pretende ejercer sobre ellos y rechazan que un entendimiento con el Gobierno sea considerado transfugio.



El episodio deja al descubierto la naturaleza espuria de muchos acuerdos electorales. El problema no está en las alianzas. Pueden ser indispensables para construir mayorías. Comienza cuando sólo sirven para ganar elecciones y carecen de un programa común o de reglas capaces de cohesionar a quienes las integran.

Mientras dura la campaña, sus integrantes aparecen ante el ciudadano como una sola opción. Solicitan su apoyo en nombre de una coalición. Pero una vez distribuidos los cargos, cada componente desconoce la conducción ajena y pretende disponer de la representación obtenida entre todos.

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El pacto sobrevive hasta la elección. La responsabilidad compartida termina cuando comienza el ejercicio del poder.

El oficialismo ofrece una demostración concluyente. Los laristas se han declarado opositores. El PDC conserva su estructura y alrededor del Presidente se agrupan los rodriguistas. La fuerza que llevó a Rodrigo Paz y Edman Lara al Gobierno ya no existe como organización. Sus componentes actúan desde posiciones enfrentadas.

La Alianza Unidad presenta otra variante. Unidad Nacional se alejó del Gobierno, mientras Luis Fernando Camacho y los parlamentarios que responden a su liderazgo mantienen su apoyo al Presidente, en abierto desconocimiento de la línea anunciada por Samuel Doria Medina. La alianza carece de conducción común y cada componente decide por separado qué hacer con la representación obtenida.

Las subnacionales ampliaron el panorama. Algunas autoridades superaron a las organizaciones que las postularon. En otros lugares se impusieron estructuras locales.

Sólo tres gobernadores fueron elegidos en primera vuelta. Ocurrió en Pando, Potosí y Cochabamba. Este último departamento quedó en manos del evismo. Los otros seis fueron remitidos al balotaje, aunque en La Paz quedó cancelado por el retiro de una candidatura.

Los resultados municipales muestran el mismo contraste. Santa Cruz registró un triunfo sin precedentes y la reelección del alcalde cochabambino confirmó su fortaleza local. En otras capitales los ganadores no alcanzaron siquiera la cuarta parte de los votos.

La atomización produce liderazgos capaces de superar a sus organizaciones y también dispersa el voto hasta permitir que gobierne una primera minoría, a menudo endeble y sin una base suficiente para asegurar gobernabilidad.

En medio de esta realidad, Rodrigo Paz propone negociar directamente con diputados, senadores, alcaldes y gobernadores. Frente a una representación debilitada, prefiere los acuerdos separados a la opción de concertar con la oposición.

Bolivia tiene normas contra el transfugio. La ley sanciona a quien rompe con la organización que lo postuló y establece que el escaño corresponde a la fuerza que lo obtuvo.

Es cierto que un legislador no es propiedad de un partido. Pero aunque los diputados uninominales posean legitimidad propia, también fueron postulados por una sigla. Tienen libertad de criterio, aunque deben responder por los compromisos con los que solicitaron el voto.

Concertar alrededor de leyes concretas y convertir cada curul en objeto de una negociación individual son dos cosas distintas. La primera puede fortalecer la democracia. La segunda propicia el transfugio.

Si cada representante negocia por separado con el Ejecutivo, la política se convierte en un mercado de voluntades. Lo que se rompe es la continuidad entre el voto ciudadano y el ejercicio de la representación.

El desgaste de los partidos no significa que sus integrantes actúen con mayor libertad. Muchas veces dejan de responder a una organización para someterse a la voluntad de un caudillo.

Evo Pueblo no se organiza a partir de una revisión crítica de los catorce años de gobierno de Evo Morales ni de una propuesta renovada. Se articula alrededor de la fidelidad al jefe. Su victoria en Cochabamba demuestra que conserva una importante capacidad territorial.

La atomización política no elimina el caudillismo. Lo reproduce. Cada liderazgo reúne seguidores y negocia desde la parcela de poder que controla. Eso no es pluralismo.

Tenemos una democracia cada vez más electoral y menos representativa.

Las elecciones pueden continuar y el Parlamento seguir sesionando. Los partidos incluso pueden conservar sus siglas. Pero si cada representante negocia por separado con el poder, la democracia sólo conserva sus formas mientras pierde su contenido.

El ciudadano vota, pero queda a la intemperie. Deja de saber qué programa guía y obliga a los elegidos y ante quién deben responder.

Ese es el sentido de urgencia que debe llevarnos a construir partidos sólidos, capaces de responder a las necesidades ciudadanas y ser, ante todo, verdaderas escuelas de formación y práctica democrática.

Si el caudillismo es indeseable, una democracia reducida a la negociación entre caudillos y sometida a la compraventa de apoyos políticos es aún peor.

Seguir debilitando la democracia representativa no nos lleva a una democracia mejor. Nos acerca al autoritarismo.

Johnny Nogales Viruez