
PorMilenka Parisaca Carrasco
Ted Carrasco dedicó su vida a darle rostros y formas a la piedra, pero algunas de sus obras terminaron lejos de los lugares para los que fueron concebidas. La Cabeza de Zepita, que durante años formó parte del paisaje paceño, fue trasladada y llegó a quedar entre piedras, tierra y arena. Tras la muerte del maestro escultor, investigadores y personalidades de la cultura piden devolver a su lugar su legado escultórico, restaurar sus obras y evitar que la ciudad pierda las piezas que alguna vez ayudaron a construir su memoria.
Fuente: ABI
La monumental representación del rostro del Mariscal Andrés de Santa Cruz fue realizada por Carrasco en 1989. Formó parte de un conjunto escultórico emplazado en la Plaza de los Héroes, en inmediaciones de la basílica de San Francisco, junto a la Pukara, que representaba a Simón Bolívar, Antonio José de Sucre y Andrés de Santa Cruz.
Con el paso de los años, las piezas fueron retiradas de ese espacio. La escultura dedicada a Santa Cruz fue trasladada a la zona Sur de La Paz y en 2024 fue fotografiada en el sector de Aranjuez, entre tierra, arena y piedras.

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El investigador y crítico de arte Harold Suárez Llápiz recordó en entrevista con ABI que Carrasco le manifestó en varias ocasiones su indignación por el destino de sus monumentos y cuestionó que las autoridades no comprendan el valor de una escultura monumental dentro del paisaje urbano.
“Una obra escultórica monumental se integra en el paisaje urbano y forma parte del imaginario colectivo de las comunidades, que a su vez crecen y se educan viéndolas”, señaló.
Suárez Llápiz calificó de “una barbaridad” lo ocurrido con el conjunto dedicado a Andrés de Santa Cruz y sostuvo que el trabajo del escultor quedó “desmembrado”, maltratado y confinado al olvido.
“Espero que ahora las autoridades paceñas –como un homenaje a la memoria del maestro Ted Carrasco– hagan justicia y repongan su trabajo ‘desmembrado’, que le llevó meses de entrega y trabajo”, afirmó.
El investigador pidió que las piezas sean restauradas y repuestas como un homenaje a la vida y al legado del escultor. También calificó lo sucedido como “un verdadero ultraje” y sostuvo que la memoria del Mariscal de Zepita merece una reivindicación por el destino que tuvo su monumento.
Una obra que dejó de estar en la ciudad
El escritor e investigador Elías Blanco Mamani también recordó la presencia de Carrasco en La Paz y lamentó la ausencia de su obra en el espacio donde fue instalada.
“Nos dejó una monumental escultura en homenaje a Andrés de Santa Cruz, instalada en la plaza San Francisco, donde hoy no hay nada”, señaló.
La situación ya había generado cuestionamientos. En 2024 se difundieron imágenes de la pieza en Aranjuez, casi tapada hasta la mitad del rostro con cascajo, luego de las fuertes lluvias que provocaron que el río saliera de su cauce.

En 2015, autoridades municipales informaron que buscaban un sitio para reubicar el conjunto escultórico y se consideró la posibilidad de trasladarlo a la plaza Kennedy. Años después, la pieza continúa fuera del espacio para el que fue concebida.
El periodista y escritor Alfonso Gumucio sumó recientemente otro testimonio sobre su estado. Al referirse a las condiciones de la urbe paceña, escribió: “La cabezota de Andrés de Santa Cruz (obra de Ted Carrasco), sigue maltrecha sostenida en un par de rocas”.
La descripción vuelve a poner en el centro una pregunta: ¿qué ocurrió con las demás piezas del conjunto?

Suárez Llápiz afirmó que desconoce dónde se encuentran actualmente las otras obras que formaban parte de la propuesta escultórica. Por ello, planteó la necesidad de recuperar el conjunto y devolverle un espacio digno.
La piedra como parte de la memoria
La relación de Ted Carrasco con la escultura comenzó mucho antes de sus grandes obras monumentales. Según relataba el propio artista, sus primeras esculturas surgieron cuando tenía siete años, a partir de raíces de árboles y plantas que recogía en el campo de La Paz. Carrasco retiraba las partes que consideraba sobrantes hasta conseguir que las formas se parecieran a personas y personajes.
“Ése era mi juego, coleccionar esculturas hechas con raíces que ponía en las paredes de mi humilde casa”, relató en vida durante una entrevista.
Después llegó el barro y, más adelante, la piedra. El escultor también recordó que observó a un picapedrero trabajar enormes bloques de granito a orillas de un río. Aquella experiencia marcó su relación con ese material y abrió el camino hacia una de las principales características de su obra.
Con los años, convirtió grandes bloques de piedra en esculturas enormes concebidas para dialogar con el paisaje, ocupar espacios públicos y formar parte de la vida de quienes las contemplaban.
Esa característica es precisamente la que Suárez Llápiz considera que debe ser tomada en cuenta al momento de decidir el destino de las piezas.

El valor de una obra monumental —explicó— no está solamente en el material con el que fue construido. También está en el vínculo que establece con el espacio y con la comunidad.
Un antecedente que recuerda a Francine Secretan
La preocupación por el destino de las obras escultóricas también alcanza a Francine Secretan, exesposa del escultor y una artista de amplia trayectoria en Bolivia.
Secretan desarrolló una extensa carrera con exposiciones individuales y colectivas. Una de sus obras forma parte de las colecciones del Museo Nacional de Arte.
Uno de los casos documentados es su gran conjunto escultórico denominado Espacio Ritual, inaugurado en el municipio de Achocalla, que generó alertas entre los críticos de arte poco después de su entrega. Aunque el municipio local asumió oficialmente la limpieza y el mantenimiento del paraje, analistas culturales advirtieron que las esculturas monumentales fueron puestas “en medio de la nada” y expuestas a la intemperie radical. También advirtieron un riesgo latente de deterioro por la falta de un entorno protegido o infraestructura complementaria.
El antecedente vuelve a plantear una preocupación más amplia: qué ocurre con las obras de artistas que forman parte de la historia cultural del país cuando son retiradas de los espacios públicos, trasladadas o quedan sin mantenimiento.
Una tarea para preservar el legado
Ted Carrasco murió a los 93 años, pero las obras que dejó continúan formando parte de la memoria artística boliviana.
Ahora, investigadores y personalidades de la cultura plantean que su muerte puede convertirse también en un momento para recuperar ese legado: conocer dónde se encuentran sus piezas, establecer su estado de conservación, restaurarlas y devolverlas a espacios acordes con su valor artístico y patrimonial.
“Hay que hacer ruido para que las autoridades trabajen en ello”, pidió Suárez Llápiz.
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Fuente: ABI
