Hay un fantasma que recorre el mundo, ya no es el comunismo proclamado en 1848, tampoco la socialdemocracia ni el populismo redentor con su utopía del Estado benefactor; es otro, tiene nombre de estirpe marxiana, como todos los grandes y comunes términos del capitalismo; pero su rostro es el de un político sin obras, sin pensamiento y sin vergüenza. Es el lumpen político, ese sector social que no participa del modo de producción creativo, que se posiciona fuera del esfuerzo humano de siglos; de la reproducción material de la vida. Me refiero a ese sector de parásitos sociales y que; usan su torcido talento -esa astucia reptil, esa labia verborreica, esa falta total de escrúpulos- con más eficacia que el proletariado organizado y que la burguesía ilustrada. No se dejan derrotar en el debate. Se meten dentro, usan, vacían, y toman el poder y a sus instituciones (parlamento, justicia, seguridad, educación, salud, entre otras); es decir al propio Estado. Están en todas partes y manejan las redes sociales para alienar a los ingenuos, que son las mayorías, tienen omnipresencia comunicativa aliada a comunicadores rendidos a la gamificación como negocio.
Cuando Marx acuñó el concepto de lumpenproletariado, lo hizo para describir a esa masa desclasada, marginal, que no produce ni se reproduce a través del trabajo. Una masa que vive de los intersticios del sistema, de la limosna, del pequeño delito, de la prostitución, del contrabando. Era, para él, una clase peligrosa, volátil, manipulable, dispuesta a venderse al mejor postor. Hoy, actualizada por los tiempos, esa categoría ya no describe solo a los miserables de la calle. Es concepto describe, con alarmante exactitud, a los gobernantes y a sus amigotes de su entorno, no importa si son bellas damas o hijas entusiastas, asesores lúcidos o retorcidos, parientes inútiles, amigos de infancia o cínicos vividores subidos en el último vagón del tren de las victorias pírricas de la política. Todos desprecian el trabajo digno y meritorio, la función pública y el bien común. Habitan el poder como quien habita un territorio de piratería.
El lumpen político no es el pobre, es el arribista. No es el trabajador, es el que hace trabajar y vive del que trabaja. Es un cínico que en muchos casos funge de inteligente y de traficante del poder y, si trabaja, lo hace para sí mismo, lo que en política se llama corrupción. No es el intelectual, es el típico vivillo, ladino, astuto. No es el administrador público, es el flojo que marca la hora, pero no trabaja. Es el que se sirve de la administración o de los servicios públicos y opera a base de coima. Su única producción efectiva es la captura del Estado para sí mismo y sus adláteres. Su único capital es la audacia; su mérito, actuar con impunidad. Su programa, las ventajas para el clan y sus amigotes, le llaman “estructuras políticas”.
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Este fenómeno no nació de la nada. Es el síntoma de una mutación profunda del capitalismo global. Las potencias hegemónicas (Estados Unidos a la cabeza, Europa detrás) se desvincularon progresivamente del trabajo que genera riqueza material. Abandonaron los programas del Estado de Bienestar, heredaron el trabajo digno y esforzado a los indeseables, a los inmigrantes y marginales, mientras envilecen de dádivas a sus clases medias, a base de deuda pública impagable. Apostaron por la financierización de la economía, por el monopolio de la producción del conocimiento convertido en patrimonio oneroso, por el control de las tecnologías y por la externalización de la producción hacia las periferias. Crearon así un espejismo de productividad sustentado en la especulación, el endeudamiento y la extracción de valor de los países subordinados. Produjeron, como consecuencia inevitable, un grupo reducido de ultramillonarios que concentran riquezas obscenas frente a la depauperación creciente de la vida urbana. De esa lógica especulativa y deformada surgieron los aprovechados que se hicieron de la política y del Estado en muchos países.
Ulrich Beck lo llamó la sociedad del riesgo. Byung-Chul Han, la sociedad del cansancio y la psicopolítica, Giddens llamaría desanclaje que opera mediante sistemas abstractos (dinero, ciencia, comunicaciones) fuera de la vida concreta. Saskia Sassen llama ciudad global, en la que cohabitan los que viajan en primera clase y los que sobreviven en la economía informal. La vida social se ha convertido en una amenaza permanente. Todo es riesgo; el empleo, la salud, la vejez, la seguridad, el futuro, los hijos y, por supuesto, la calle. En ese caldo de miedo, desconfianza y precariedad prospera el lumpen político, porque el miedo no produce ciudadanos, produce masas inseguras urgidas de salvadores o redentores, aplauden a cualquier audaz que les prometa orden, seguridad, identidad, patria o revancha; depende cono se reinvente en las redes.
Lo que define al lumpen político no es su ideología, sino su relación parasitaria con el poder. No es de izquierda ni de derecha, es de la calaña. Puede ser un exsindicalista devenido en caudillo, un empresario gris devenido en mesías anticomunista, un policía o militar retirado a la fuerza devenido en justiciero, un influencer o comunicador sin obra ni contenido con mucho verbo superficial, un heredero de apellido, un patriarca de clan. No importa su origen, solo necesita una estructura corporativa u operadores astutos de minorías eficaces. Lo catastrófico es que no saben administrar, no saben debatir, no saben gobernar, es que saben usar el poder para enriquecerse, para proteger a los suyos y perpetuarse. Es son predadores acompañados de jaurías de desesperados y menesterosos.
Su método es simple. Captura las instituciones públicas (gobiernos, gobernaciones, municipios, universidades, hospitales, escuelas) y las convierten en feudos familiares. Gobierna con la lógica del clan y de la corporación mafiosa, lealtad antes que idoneidad, complicidad antes que transparencia, sangre antes que mérito. Es, por naturaleza, corruptible y maleable, vive de los bienes públicos y hace vivir a su círculo íntimo; finalmente, más pronto que tarde, se asocia con el crimen organizado, se inaugura con tráfico de influencias, gestiona el tráfico de recursos públicos (oro, madera, minerales raros, combustibles, entre otros), y termina involucrados a la trata de personas, narcotráfico y crímenes. Se desarrollan en su ecosistema natural los menesterosos dispuestos a todo.
El lumpen político es, en el fondo, un rentista del poder público. No produce riqueza, busca el método más eficaz para la extracción de riqueza fácil. No crea instituciones, descubre los sistemas más creativos para corromperlas al servicio de su clan. No forma ciudadanos, nos convierte a todos en clientes, aliados o enemigos de turno. Como todo rentista, necesita mantener el flujo de dinero, por eso sus «operadores» expanden las operaciones y crean procedimientos tortuosos, onerosos y perversos, es decir fichas, turnos, desorden. Su gestión es siempre la misma, saquear, repartir, simular, repetir y aprovecharse de la necesidad del úblico. Y si la justicia lo alcanza, se victimiza. Si el pueblo lo cuestiona, lo estigmatiza. Si la historia lo juzga, la reescribe.
El fenómeno es global, en América de Estados Unidos a la Argentina, pasando por Centroamérica, Ecuador, Colombia, Brasil, Perú y Bolivia, el lumpen político ha desalojado de la política el sentido de servicio público y el arte de buscar el bien común. Donald Trump es su expresión más acabada, millonario, endeudado y condenado por la justicia, se convirtió dos veces en presidencia de la “democracia modelo” del mundo; convirtió el poder, un negocio familiar y la mentira en una forma de gobierno. En Brasil, el bolsonarismo mostró cómo una familia puede parasitar el Estado mientras envenena a la nación con odio y desinformación. En Argentina, Milei (el economista prepotente ymediático) gobierna con una motosierra simbólica mientras su hermana y su séquito se reparten el Estado. La criptoestafa que promovió no es un desliz: es su marca de origen.
Ecuador es otro laboratorio del lumpen político. La crisis de seguridad y económica que desangra al país no es solo herencia del correísmo, que dejó un Estado infiltrado por el crimen organizado y el despilfarro, ni solo fracaso del joven y corrupto gobierno de Daniel Noboa, que militarizó el país al estilo Bukele sin lograr los resultados de este. Es la expresión de un Estado capturado por clanes que no gobiernan, sino que depredan. El pueblo ecuatoriano, como el salvadoreño, está aprendiendo a amar su jaula de hierro. Weber lo había advertido, la racionalidad burocrática puede convertirse en una prisión. Lo que no dijo es que los carceleros también serían lumpen.
Bolivia no es la excepción, es, quizás, el caso más doloroso porque la caída ha sido más larga y profunda. Llevamos décadas de ejercicio lumpen del poder. El ciclo comenzó con Evo Morales, cuyo gobierno estrenó su mandato con el escándalo de corrupción en Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos, presidido entonces por Santos Ramírez. Estalló a finales de enero de 2009. Fue la señal de lo que vendría, un modelo de gobierno basado en la renta extractiva, la lealtad corporativa y la depredación institucional.
Hoy, Bolivia atraviesa nuevamente una de las crisis políticas más despreciables de su historia. Después de veinte años de este tipo de ejercicio del poder de manera exacerbada, porque la historia de Bolivia está plagada de ejemplos, que lindan con la delincuencia, el saqueo y el uso de las estructuras del Estado para fines particulares, la sociedad sigue dando saltos al vacío. Las elecciones no eligen gobiernos, eligen clanes. Los candidatos no proponen programas, difunden consignas y frasecillas empaquetadas de marketing político. Las promesas no se fundamentan, se banalizan y seducen. El electorado, cada vez más fatigado, más superficial, más desesperado, vota al que difunde con mejores medios, al que ofrece lo inadmisible y le creen, al que odia mejor y ofrece más palo y zanahoria.
No hay izquierda ni derecha que se salve. El fracaso estrepitoso del populismo latinoamericano dejó un vacío que la derecha lumpen llenó con la misma lógica, patrimonialismo, corrupción, clientelismo y complicidad con el crimen organizado. La «lucha cultural» es su coartada. La «patria» es su fetiche. La «libertad» es su mercancía. ¿Les suena familiar? Lo que no se dice públicamente es que detrás de cada consigna o denuncia aparente hay un clan, un propósito oscuro. Detrás de cada patriota, una familia y sus asesores buscando la ocasión de aprovecharse. Detrás de cada redentor, un predador y su jauría. Es más, algunos hasta se creen su propio cuento, se creen los elegidos para «el sacrificio», convencidos de su inocencia, munidos de sus dioses, crucifijos o milluchas como símbolos engañosos para simular sus miserias personales.
Lo más trágico es que la sociedad, seducida por el miedo y el resentimiento, termina amando a sus propios carceleros. El salvadoreño celebra su encierro. El boliviano añora caudillos. El argentino aplaude motosierras. El estadounidense idolatra a un delincuente condenado. Ya hace tiempo repito, la jaula de hierro ya no se impone, la votamos, la elegimos entusiastas en cada fiesta electoral, la admiramos, buscamos obtener selfies con nuestro predador en ella, la deseamos, la reverenciamos. En fin, la legitimamos y la hallamos justa.
Weber describió la jaula de hierro como el destino inevitable de la racionalidad instrumental, una prisión burocrática donde la eficiencia reemplaza a la ética.
Pero no anticipó que la jaula sería vendida como paraíso, que los presos elegiríamos a sus carceleros y verdugos, que la libertad sería vista como amenaza y la obediencia como refugio. Eso es lo que el lumpen político ofrece, seguridad a cambio de sumisión, orden a cambio de vaciamiento, identidad como espectáculo y folclor.
¿Qué hacer ante semejante despropósito? Solo puedo decirles mi rol, que no es otro que el de desnaturalizar el fenómeno. El suyo será, simplemente, darse cuenta. Si ya sabemos cómo sucedió todo esto, llamemos a las cosas por su nombre y definamos cada uno qué hacer. Entender que el lumpen político no es un accidente de la democracia, sino su patología más corrosiva, de la que todos somos cómplices, ya es importante. Al saber cómo sucedió, recordar que la política, cuando abandona el trabajo, el estudio, la ética y el bien común, se convierte en lo que hoy vemos, un botín en manos de clanes que no nos gobiernan, nos depredan. Es el principio para buscar cómo desmontar el bicho que hemos creado, empecemos por dejar de hacer lo que permitió que esto se apoderara de nuestras vidas, la pública y la íntima, porque muchas veces convivimos día a día con nuestro enemigo, con nuestro depredador colectivo y personal.
La política no puede ser un oficio de vividores. La función pública no puede ser un negocio de familia. El Estado no puede ser una agencia de empleos para los parientes. Y la democracia no puede seguir siendo un ritual vacío donde se elige a los que la saquean. Recuperemos la idea de que gobernar es buscar en el trabajar la riqueza colectiva, con estudio los que estudian y enseñan, con proyecto los creadores, con compromiso por el bien de todos. Todos. Si no es así, el lumpen político seguirá ganando y nosotros, enjaulados, seguiremos aplaudiendo a nuestros carceleros que, en su delirio, arrojarán la llave de la salida de este despojo al abismo al que no orillan.
