El escándalo Beller-Cerimedo distrae de lo importante: la transición democrática


Hay que encontrar los actores capaces de conformar la gran alianza social que necesita el país para salvar la transición democrática.

Lo peor del escándalo Beller-Cerimedo es que nos distrae de lo único que importa: la elaboración de un proyecto de transición completo, serio y detallado; la conformación de una coalición amplia y sólida para poner en práctica ese proyecto; la celeridad, eficacia y legitimidad del proceso de transición hacia la democracia; la protección de los sectores vulnerables ante las medidas severas de la transición.



Este proceso debe sentar las bases para que a largo plazo sean posibles cuatro avances fundamentales: el blindaje de dirigentes sindicales y sus bases contra el embuste y el saqueo rentista; el retorno de un sistema de partidos políticos democráticos de amplio espectro ideológico; la formación de ciudadanos autónomos, responsables y tolerantes en todos los sectores; la conformación de una sociedad civil en vez de una que sea pre-civil, incivil o anticivil.

Como dije en un anterior artículo, no podemos equivocarnos. No existen atajos fáciles para cumplir estos objetivos porque son muy complicados. Es imposible que un presidente los cumpla solito, incluso si se rodea con el mejor de los gabinetes o si obtiene el apoyo de todos los jefes políticos opuestos a un retorno del populismo.

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Es una tarea tan grande que requiere el concurso de todos los sectores de la sociedad.

Ante la aparente debilidad del gobierno, los gobernados estamos obligados a tomar conciencia del problema y acometer su solución desde la sociedad. Una alianza de clases ya no es suficiente para enfrentar con éxito la magnitud de esta tarea.

Se impone la necesidad de conformar una alianza de los sectores más influyentes de la sociedad. Se la debe componer con empresarios, organizaciones sociales no maleadas, medios de comunicación social, universidades, iglesias, funcionarios públicos, partidos políticos democráticos por débiles que sean, incluyendo a cualquier otro actor que se interese en avanzar el proyecto democrático.

¿Qué actores son capaces de articular esta gran alianza de elementos tan dispares?

El gobierno del presidente Rodrigo Paz desaprovechó la gran oportunidad que tuvo de liderar este proceso. Su gestión es inexplicablemente demorada, sumamente ineficaz y plagada de indicios todavía no aclarados de actos ilícitos. Si no reforma su comportamiento, la sociedad tendrá que encontrar los actores capaces de articular una gran alianza capaz de salvar la democracia.

Tal como lo expresó muchas veces, la primera tarea de Rodrigo Paz era limpiar la cloaca dejada por el populismo. No se dio cuenta de que es una tarea hercúlea:

«Limpiar los establos fue el quinto de los doce trabajos de Hércules. No se los había limpiado en 30 años. Se acumuló una gran cantidad de estiércol. Hércules desvió el cauce de dos ríos y los limpió».

Rodrigo logró desviar dos grandes cauces de apoyo que le hubieran permitido limpiar la cloaca. Lo apoyamos los asqueados con los 20 años del populismo. Lo apoyaron también los populistas decepcionados de sus propias divisiones, temerosos de que se elija un candidato derechista.

Había dos maneras de encarar esta colosal tarea. Rodrigo escogió encararla de una manera cautelosa, sin ofender a los resabios del populismo. Dio la impresión de no animarse a emprender de una sola vez las medidas que limpien la cloaca y lancen el proceso de transición.

Ignoró el consejo que Maquiavelo ofreció a los gobernantes en su tratado El Príncipe. Ese consejo se puede puntualizar para nuestro tiempo mediante la siguiente traducción libre:

«Los perjuicios deben dispensarse de un solo golpe, para que se sufran de una sola vez. Los beneficios deben ser otorgados poco a poco, para que su sabor dure más tiempo».

El Presidente ha dado la impresión de que prefiere postergar las medidas que son urgentes, inevitables y severas. Tal vez las posterga por temor a la reacción popular. Si pretende dispensarlas lentamente en porciones pequeñas, no hará otra cosa que aumentar el rechazo de los afectados.

La esperanza que sentimos al inicio de su mandato se defraudó antes de que cumpla un año de gobierno. Las expectativas de que sea capaz de arreglar las cosas están decayendo rápidamente.

Aparte de conformar la gran alianza social mencionada anteriormente, que es una tarea de toda la sociedad, el presidente debe llevar a cabo un cambio en su comportamiento personal. Si quiere terminar su mandato, tiene que tener un cambio de corazón y apartarse de la pasividad.

Hay quienes piensan que se debe ir a un referéndum revocatorio. Esta medida está en la Constitución. No se la puede tomar antes de que se cumpla la mitad del mandato presidencial. Es urgente evitar que el populismo aproveche esa demora para montar su retorno.

Otros proponen un juicio de responsabilidades. Es un procedimiento complejo y demorado. El Fiscal General debe acusar al Presidente de serios delitos ante la Asamblea. Sus proponentes alegan que confiar en un asesor extranjero es traición a la patria. Sería muy difícil probar eso ante dos tercios de la Asamblea. No parece haber ninguna ley que diga que es un delito tener un asesor extranjero.

Algunos proponen que Rodrigo renuncie y llame a elecciones, tal como lo hizo el presidente Hernán Siles Zuazo en 1985, cuando se mostró incapaz de lidiar con una enorme inflación. Su vicepresidente Jaime Paz Zamora renunció a cambio de que se le permitiera ser candidato en las siguientes elecciones.

Los más duros proponen un golpe militar para «salvar a la patria». Ya sea que los golpistas sean de izquierda o de derecha, el esfuerzo de casi medio siglo de luchas democráticas sería echado por la borda si los uniformados regresan al poder.

Lo mismo se puede decir de una sublevación popular. Eso nos traería un retorno a los bloqueos criminales que buscan forzar la renuncia del presidente. Es una táctica que envenena y envilece la lucha por una verdadera democracia.

Todas esas opciones dañan al proyecto democrático y favorecen un retorno al populismo. Existe una opción que, por el contrario, favorece al proyecto democrático y pone trabas al retorno del populismo. Consiste en que el presidente Rodrigo Paz Pereira complete su mandato de cinco años reformando su comportamiento; que adopte las más importantes iniciativas lanzadas por los jefes que se oponen al populismo, es decir por Samuel Doria Medina, Tuto Quiroga y Manfred Reyes Villa; que se reúna con ellos para planificar y ejecutar esas acciones; y que esos jefes tengan su propio cambio de corazón para cooperar entre sí y apoyar a un Rodrigo reformado.

No es una solución que resuelva todos los problemas. Su ventaja consiste en que varias cabezas experimentadas en política y en gestión de gobierno pueden pensar y decidir mejor que una sola. La vigencia del populismo en al menos un tercio del electorado exige que los jefes políticos dejen de lado sus instintos competitivos y generen una acción colectiva para propulsar la transición.