Política de streaming


Renzo Abruzzese

​Ya para nadie es novedad que la profunda crisis por la que atraviesa la democracia occidental pasa por el deterioro progresivo de las formas y mecanismos de representación política.

Es obvio que la situación tiene que ver con la crisis de los liderazgos modernos, el colapso de los partidos y lo que muchos han dado en llamar el fin de las ideologías. Sin duda, esto es evidente; empero, más importante es quizá la transformación de las mediaciones tecnológicas en las que hoy se apoya cualquier ciudadano que pretenda actuar en la esfera pública.



​A lo largo del siglo XX y parte del XXI, los partidos actuaban como mecanismos de agregación, canalizando las demandas sociales, políticas, culturales, territoriales, etcétera, mediante la construcción o el desplazamiento de un horizonte ideológico en torno al cual el Estado constituía un espacio articulador por excelencia.

Por aquellos años, la única vía por la que podías hacer política, ser autoridad o candidato era, inexorablemente, la militancia política. El escenario de los grandes debates se ejecutaba al interior de los partidos, y la “opinión pública” se formaba a partir de esos escenarios y sus actores.

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En la actualidad, la irrupción de las plataformas de streaming y el ecosistema de comunicación digital descomponen esa centralidad al sustituir la deliberación colectiva por un enjambre de flujos informativos atomizados, donde la adscripción partidaria pierde toda función heurística y analítica.

Las versiones sobre un mismo evento alcanzan proporciones en algunos casos inalcanzables y la multiplicidad de perspectivas, opiniones, sugerencias y argumentos en favor o en contra es tan grande, que la posibilidad de orientar la opinión en los marcos de una interpretación ideológica y coherente con una particular lectura de la realidad se difumina al interior de una “cámara de eco” que replica todos los criterios ad infinitum.

El proceso se potencia y al mismo tiempo se desvirtúa y corrompe en la medida en que explota la inmediatez en detrimento de los procesos reflexivos (otrora tan poderosos al interior de los partidos), para reemplazarlos por adhesiones efímeras en función de una economía de la atención que termina siendo, al final del día, el leitmotiv de su existencia.

Bajo estas condiciones, los partidos políticos pierden la capacidad de competir con la velocidad de las redes; su lógica procedimental, basada en asambleas, congresos y otros métodos que pretendían mantener determinados niveles de representación y participación ciudadana, resulta hoy anacrónica frente a una sociedad hiperindividualizada que no busca la agregación de intereses en proyectos nacionales de largo aliento, sino la validación constante de sus sesgos cognitivos en “cámaras de eco” algorítmicas y una captación deliberada de likes.

​Contrario a lo que normalmente se cree, estas lógicas de participación, en vez de fortalecer la democracia en función de su creciente número, la debilitan en la medida en que, lejos de democratizar el debate político, lo atomizan y circunscriben a una multiplicidad de plataformas inconexas inmersas además en su propia burbuja digital.

La proliferación de estos nuevos medios independientes y plataformas de transmisión personalizada evapora el sentido asociativo de la política y de la participación ciudadana real, transformándola en otro producto virtual y efímero. De esta manera, la política reducida a un flujo de datos descontextualizados y en una buena proporción de dudosa veracidad, complota contra una conciencia democrática ciudadana y, en proyección, contra la propia gobernabilidad.

​La irrupción de iniciativas orientadas a la convergencia digital, junto a la multiplicación exponencial de plataformas de streaming, impide una concepción integral de la realidad política y social, sustituyendo la realidad por una constelación de nichos informativos autogenerados y cámaras de eco donde la verdad factual cede su lugar a la afinidad emotiva y la legitimidad del like.

​El impacto de este fenómeno sobre la estructura del Estado y las dinámicas del poder en la sociedad civil es enorme. La política, privada de la mediación institucional que otrora ejercían los partidos, se ve forzada a asimilar la gramática del contenido bajo demanda, transformando a los actores en “creadores de contenido” cuya legitimidad ya no se mide por la consistencia de sus planteamientos y programas, ni por la efectividad de sus gestiones, sino por su capacidad para generar impactos emocionales instantáneos en la métrica del algoritmo.

En consecuencia, el desafío para estos nuevos mecanismos de participación es enorme; transformar el streaming en un dispositivo de consistencia comunitaria y participación histórica deviene en el mayor reto de la comunicación social del siglo XXI.

 

Renzo Abruzzese es sociólogo.