Por Ricardo V. Paz Ballivián
La proliferación de profetas de mesa de café, oráculos mediáticos y pitonisas de algoritmo ha convertido al debate político boliviano en un frenético circo de la adivinación. Cada noche, en las pantallas de televisión, en las cabinas de radio y en los hilos encendidos de Facebook, YouTube, Instagram o TikTok, una legión de pontificadores nos explica con pasmosa desenvoltura qué pasará exactamente el próximo mes, quién se desplomará, qué alianza imprevista se sellará y cómo terminará la eterna crisis del país. Con una solemnidad casi religiosa y una ligereza aterradora, se arrogan la potestad de decretar el futuro, confundiendo sus propios deseos o sus contratos de asesoría con la inevitable realidad.
Resulta imperioso trazar una línea divisoria entre el verdadero análisis y la mera opinión. La opinión es, por naturaleza, subjetiva, un juicio de valor, una corazonada enriquecida con sesgos personales, simpatías ideológicas o pasiones del momento. Nadie está privado de ejercerla, pero transformar una preferencia individual en un pronóstico categórico es un acto de soberbia. El análisis, en cambio, exige distancia, rigor metodológico, objetividad y una desconfianza ecuánime hacia las propias convicciones. Mientras el opinador busca confirmar lo que piensa, el analista busca someter sus presupuestos a la prueba de consistencia, observando los hechos con la frialdad de quien examina una muestra en un laboratorio.
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Lo que esta turba de pitonisos parece ignorar deliberadamente es la inconmensurable complejidad de la realidad sociopolítica boliviana. Un desenlace político jamás es el resultado de un guion preconcebido o de una ecuación matemática lineal; en realidad, casi siempre es la convergencia caótica de múltiples factores estructurales, institucionales, económicos y culturales, cruzados por el temperamento impredecible de los actores individuales y, sobre todo, por el peso aplastante del azar. Una filtración oportuna, una decisión judicial inesperada, un error comunicacional o un evento fortuito pueden hacer colapsar en cuestión de horas la teoría más elaborada del opinólogo u opinóloga de moda. La política no opera en el vacío, sino en un ecosistema vivo, dinámico y profundamente susceptible a la teoría del caos.
Frente al arte adivinatorio que impera en la red, la verdadera prospectiva política reclama una urgente dosis de humildad científica. La prospectiva no consiste en adivinar el futuro, pues el futuro no existe. Se trata de una disciplina dedicada a la construcción y evaluación de escenarios probables. No trabaja con certezas absolutas, sino con rangos de probabilidad, identidades de riesgo y variables dinámicas.
El analista serio no promete revelar qué sucederá, sino trazar las rutas plausibles por las que podría transitar la coyuntura, advirtiendo sobre sus ramificaciones. Pretender que la ciencia política es una bola de cristal no solo degrada la labor académica, sino que estafa al ciudadano, vendiéndole dogmas disfrazados de certezas a cambio de un par de minutos de notoriedad digital.
