La ciudad que queremos que florezca


 

 



En Lisboa me ocurrió con un árbol lo que suele ocurrir cuando uno viaja: descubrí lejos algo que, en realidad, venía de muy cerca. Íbamos en uno de esos buses turísticos que permiten conocer una ciudad sin conocerla del todo, cuando la guía señaló una avenida y anunció que, al comenzar el verano, se cubría de flores azul violáceas. Eran jacarandás.

Me llamó la atención cómo la guía pronunció la palabra. Nosotros decimos “jacarandá”; ella la hizo grave: “jacaránda”. El nombre tiene raíces guaraníes y el árbol que hoy embellece algunas de las calles más fotografiadas de Lisboa es originario de esta parte de Sudamérica.

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Los jacarandás lisboetas tienen su propia historia. Las primeras semillas llegaron desde Brasil a comienzos del siglo XIX para incorporarse a la colección del Jardín Botánico de Ajuda. El naturalista Félix de Avelar Brotero promovió su difusión ofreciendo semillas a quienes quisieran cultivarlas por la ciudad. Dos siglos después, al final de la primavera, sus flores forman una suerte de lluvia morada sobre calles y plazas. Un árbol llegado del otro lado del Atlántico terminó siendo un atractivo de la capital portuguesa.

Algo parecido ocurrió en Ciudad de México. Hace un siglo, el jardinero japonés Tatsugoro Matsumoto recomendó plantar jacarandás cuando se intentaba introducir cerezos, poco adecuados al clima local. Desde entonces, cada primavera, la ciudad se pinta de violeta.

El encuentro con los jacarandás de Lisboa me recordó otra sorpresa vegetal vivida hace algunos años en Valencia. Caminaba por el Jardín del Turia, ese extraordinario parque construido sobre el antiguo cauce del río, cuando vi unos viejos conocidos. Allí estaban nuestros toborochis, petacudos e inconfundibles, creciendo a orillas del Mediterráneo. Los valencianos los conocen como ceibas. Yo, por supuesto, seguí viendo toborochis.

Los dos encuentros me hicieron pensar que las ciudades también construyen su identidad con lo que plantan. Eligen especies, proyectan sombras, combinan colores, esperan floraciones. Décadas después, sus habitantes terminan creyendo que aquellos árboles estuvieron siempre allí.

Pensé en esto al releer Centro Vivo, el libro de los arquitectos Álvaro Mier y Julio Bernardes sobre el centro histórico de Santa Cruz, cuyo prólogo escribí. Entre sus propuestas para recuperar el centro, que ha ido perdiendo habitantes, actividad y calidad de su espacio público, hay una que ahora observo con otros ojos: el rediseño de sus calles.

Calles hoy dominadas por cemento, asfalto y autos aparecen transformadas con aceras más amplias, mobiliario urbano, iluminación, ciclovías y vegetación. Los árboles no ocupan el espacio que sobra. Son parte del diseño.

Durante mucho tiempo, arborizar significó simplemente plantar árboles: encontrar un hueco, hacer un pozo y esperar que la naturaleza se encargue del resto. Pero una ciudad no se arboriza llenando espacios vacíos. Se arboriza cuando decide qué calles, qué sombra y qué paisaje quiere tener dentro de veinte años.

Y Santa Cruz tiene con qué hacerlo. Nuestro clima y la diversidad de especies a nuestro alcance permiten imaginar avenidas que cambien de color con las floraciones; calles reconocibles por sus tajibos, lluvias de oro u otras variedades; recorridos peatonales donde la sombra deje de ser una casualidad para convertirse en infraestructura.

En realidad, alguien ya lo imaginó. El profesor Noel Kempff Mercado impulsó desde los años sesenta una arborización planificada de calles y avenidas cruceñas, combinando especies, formas y colores. Buena parte de esas floraciones que hoy fotografiamos para lucirlas orgullosos en Instagram también es su legado. Al final, de eso se trata: de diseñar un paisaje.

Y lo mismo podrían preguntarse las demás ciudades bolivianas: qué especies y qué tonos quieren dejarles a las próximas generaciones.

Estamos en septiembre, el mes de Santa Cruz, a pocos días del comienzo de la primavera.

Lisboa llevó jacarandás sudamericanos a Europa y convirtió su floración en un atractivo de la ciudad. Valencia plantó toborochis en el viejo Turia y consiguió que un cruceño se sintiera, durante unos segundos, bastante más cerca de casa.

Tenemos los árboles. Tenemos el clima. Tenemos incluso propuestas para incorporarlos al rediseño de nuestras calles. Nos falta algo más sencillo: decidir qué ciudad queremos que florezca.

 

 

Alfonso Cortez

Comunicador Social