Oscar Ortiz Antelo
Las pruebas PISA 2025 dejaron una advertencia difícil de ignorar, el rendimiento promedio de los estudiantes cayó a su nivel más bajo desde que la OCDE realiza esta evaluación. Más de 760.000 jóvenes de 15 años, de 91 países, rindieron una prueba que mide cuánto saben y, sobre todo, qué pueden hacer con lo aprendido. Bolivia continúa al margen de esta medición. Cuando un país se niega a ver la realidad, no corrige sus defectos, apenas los oculta.
PISA se aplica cada tres años y evalúa competencias en ciencias, lectura y matemáticas. No premia la memorización mecánica, sino la capacidad de interpretar información, razonar y resolver problemas nuevos. La edición de 2025 incorporó la resolución computacional de problemas y evaluó habilidades vinculadas con la curiosidad, la perseverancia y el uso de la inteligencia artificial. Es una radiografía de las herramientas con las que los estudiantes enfrentarán la vida en su etapa laboral.
El mayor retroceso se concentró en lectura y matemáticas. Como explican los expertos consultados por los medios internacionales, la comprensión lectora es la puerta de entrada a casi todos los aprendizajes: quien no entiende un texto difícilmente puede analizar una fuente histórica, interpretar un experimento o resolver un problema de álgebra. En matemáticas, la brecha se refleja en la dificultad para relacionar datos, formular estrategias y encontrar respuestas. Ambas carencias debilitan el pensamiento crítico y la autonomía.
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Algunos atribuyen el deterioro a los efectos de la pandemia, pero la caída ya había comenzado antes de 2020. Aunque la interrupción de las clases agravó el problema, también inciden el uso indiscriminado de pantallas, la pérdida del hábito de la lectura y una relación cada vez más frágil con la escuela. La inteligencia artificial puede enriquecer el aprendizaje, pero lo empobrece cuando sustituye el esfuerzo de investigar, contrastar fuentes y escribir con criterio propio.
La tecnología, por sí sola, no explica el fracaso. Singapur y los países desarrollados del sudeste asiático con mejor desempeño también están inmersos en la digitalización. La diferencia radica en la calidad de las políticas públicas, la formación docente, las expectativas sobre los estudiantes y la prioridad que cada sociedad asigna a la educación. Donde educar es una política de Estado, la tecnología es una herramienta; donde no lo es, termina siendo una excusa.
En Bolivia, la calidad educativa rara vez ocupa el centro del debate. La agenda suele reducirse a salarios, calendarios, horarios de invierno o desayuno escolar. Ninguna de estas cuestiones reemplaza la pregunta esencial: ¿qué aprenden nuestros estudiantes y cuáles son los resultados? Sin mediciones comparables, transparentes y periódicas, la discusión queda sujeta a percepciones, consignas e intereses corporativos.
El país ensayó varias reformas, pero ninguna tuvo la continuidad suficiente ni constituyó un proyecto nacional. La Ley Avelino Siñani-Elizardo Pérez profundizó la ideologización del sistema. Cuando el currículo transmite una visión política de quienes gobiernan, la escuela deja de formar ciudadanos capaces de pensar por sí mismos y se convierte en un espacio de adoctrinamiento. La educación debe servir a los estudiantes, no al gobierno de turno.
Los principales perjudicados son los niños y jóvenes cuyas familias no pueden compensar las falencias de la escuela con clases de refuerzo o mejores recursos. Una educación deficiente reproduce las desigualdades, limita la movilidad social y condena al país a actividades de baja productividad. La factura se traduce en menos oportunidades, empleos precarios, instituciones débiles y una ciudadanía vulnerable a la manipulación.
La reforma educativa exige una transformación estructural. El primer paso es aceptar la evaluación externa y participar en pruebas como PISA. Luego, corresponde fijar metas verificables, fortalecer la formación y la carrera docente, recuperar la lectura y el razonamiento matemático, usar la tecnología con criterio pedagógico y garantizar continuidad más allá de los ciclos políticos. El desarrollo sostenible se construye sobre el talento, la libertad y las capacidades de las personas.
Bolivia no puede mejorar aquello que se niega a medir. Participar en las pruebas PISA no resolverá la crisis educativa, pero permitiría dejar de debatir a ciegas. El peor resultado no sería quedar en último lugar, sino seguir sin saber cómo estamos.
