Cada septiembre, Santa Cruz vuelve a mirarse a sí misma. Se habla de su historia, de su crecimiento, de su aporte productivo y de la fuerza de su gente. Todo eso forma parte de una identidad construida durante décadas. Pero hay otra riqueza no tan visible que también merece ser reconocida: la confianza.
Durante años algunos han tratado de medir el desarrollo cruceño a partir de activos tangibles: tierra, producción, empresas, infraestructura, comercio y expansión urbana. Sin embargo, ninguna economía funciona únicamente con capital físico o financiero. También necesita redes, reputación, cooperación y la capacidad de generar vínculos entre personas que, muchas veces, empiezan siendo desconocidas.
Ahí aparece el capital social: ese conjunto de relaciones, normas informales y niveles de confianza que facilitan que las personas cooperen, compartan información, recomienden, se asocien y construyan proyectos comunes. Cuando existe, hacer negocios es más fácil, las oportunidades circulan con mayor velocidad y el talento encuentra caminos para integrarse.
Por eso la hospitalidad puede tener un valor económico mucho mayor del que solemos reconocer. Recibir bien a quien llega no es solamente una muestra de educación o calidez. También puede significar abrir una puerta, presentar a un posible socio, recomendar a alguien para un trabajo, conectar a un emprendedor con un proveedor o facilitar que una persona encuentre un espacio donde aportar.
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Una sociedad hospitalaria reduce la distancia entre llegar y empezar a formar parte. Y cuanto más rápido una persona puede integrarse a redes productivas, profesionales o sociales, más rápido puede transformar sus capacidades en valor.
Santa Cruz tiene una larga tradición de asociatividad. Cooperativas, cámaras, organizaciones productivas, universidades, empresas e instituciones intermedias muestran que buena parte de su desarrollo no se construyó solamente desde el esfuerzo individual, sino también desde la capacidad de hacer cosas juntos. Tal vez uno de los rasgos más valiosos del llamado modelo cruceño haya sido precisamente ese: combinar iniciativa privada, trabajo, organización y cooperación.
Pero el capital social también tiene un riesgo. Las redes pueden convertirse en círculos cerrados cuando las oportunidades dependen únicamente de conocer a la persona correcta. La verdadera fortaleza de una comunidad no está solamente en qué tan unidos están quienes ya pertenecen a ella, sino en qué tan fácil es para otros incorporarse, construir reputación y encontrar oportunidades.
Y tampoco debe confundirse hospitalidad con pasividad. Una sociedad abierta puede recibir, integrar y tender puentes sin renunciar a defender aquello que considera valioso de su forma de desarrollarse. Hoy, más que nunca, los cruceños debemos saber explicar y defender, con argumentos, resultados e instituciones, los principios que han sustentado buena parte de su crecimiento: la cultura del trabajo, la iniciativa, la asociatividad, la cooperación y la generación de oportunidades. Abrir las puertas nunca ha significado renunciar a tener convicciones propias.
Quizás por eso la frase “la hospitalidad es ley del cruceño” encierra algo más profundo de lo que parece. Hospitalidad no es únicamente recibir bien. También es conectar, confiar, integrar y cooperar. Y cuando una sociedad logra que sus personas, ideas y capacidades se encuentren, está haciendo algo más que construir comunidad: está generando riqueza.
Sebastian Crespo Postigo es Economista, MBA & Mgs. Dirección de Proyectos
