La IA o el regreso de los demonios


Hay algo muy humano en el resquemor que nos genera la tecnología. Quizás porque pone en entredicho nuestras capacidades y posibilidades futuras. Y es así como antes de siquiera comprender totalmente sus alcances culturales, comenzamos a imaginar aquello en que podría afectarnos.

Con la inteligencia artificial está ocurriendo esto, siendo uno de los grandes temas de debate en este 2026. Desde que irrumpió con fuerza en la conversación pública, se la ha presentado como un punto de inflexión histórico, una frontera después de la cual nada volverá a ser como antes. Para algunos, una de las mayores oportunidades de la historia, mientras para otros el comienzo de una distopía en la que las máquinas terminarán desplazando a las personas tomando decisiones por nosotros y, en el escenario más extremo, adquiriendo conciencia para rebelarse contra sus creadores. Un asunto que no deja de ser inquietante, pero que resulta un viejo conocido.

Cada gran salto tecnológico de nuestra civilización ha producido sus propios profetas del desastre. Durante la primera Revolución Industrial, cuando las máquinas comenzaron a modificar radicalmente las formas de producción, los trabajadores vieron en ellas una amenaza concreta. Las nuevas tecnologías transformaban los oficios, pareciendo hacerlos innecesarios. En algunos casos extremos los trabajadores respondieron destruyendo las máquinas, atacando el símbolo de un nuevo orden social.



Una máquina nunca es solamente una máquina. La rueda, el motor, la imprenta, el teléfono, la electricidad, el automóvil, Internet, cada avance tecnológico fue mucho más que una transformación material. Significó un cambió en nuestra capacidad para hacer determinadas cosas y en la manera de relacionarnos, de trabajar, de comunicarnos y, finalmente, de entendernos a nosotros mismos. La tecnología modifica la cultura porque la cultura se apropia de la tecnología.

Eso es precisamente lo que vuelve tan inquietante a la inteligencia artificial. No se trata solamente de una herramienta capaz de automatizar tareas, sino que amenaza con ocupar espacios que durante siglos consideramos exclusivamente humanos, como escribir, traducir, conversar, producir imágenes, analizar información, programar, componer música o participar en procesos de decisión. Las máquinas nos empujan al borde de la banca, amenazando con enviar a nuestra humanidad al suelo.

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Por esto buena parte de la discusión sobre inteligencia artificial está construida alrededor de una contradicción ontológica entre humano y máquina. Nosotros como creadores y ellas como criaturas potencialmente emancipadas. Una estructura narrativa milenaria en la cual el creador termina siendo dominado por su creación. Frankenstein no es una invención de Silicon Valley. Representa el temor de que aquello que hemos creado pueda escapar de nuestro control, algo que es mucho más antiguo que la electrónica y el vapor.

La diferencia es que ahora disponemos de una tecnología capaz de alimentar ese relato con una velocidad vertiginosa. Lo que nos invita a detenernos un momento y reflexionar. El futuro no existe todavía. Y como no existe, sólo podemos narrarlo. Cada predicción acerca de lo que sucederá con la inteligencia artificial es, en alguna medida, un relato sobre el futuro. Puede que algunos de estos relatos están respaldados por conocimiento científico. Pero la mayoría se sostienen sobre intuiciones, temores o fantasías. El problema es que confundimos posibilidad con destino. Porque no existe un único futuro, sino muchos posibles. La tecnología no avanza por una carretera perfectamente trazada. Se encuentra con leyes, instituciones, intereses económicos, resistencias sociales, costumbres, valores, conflictos y decisiones políticas. Una misma herramienta puede producir resultados completamente diferentes dependiendo de la sociedad que la utiliza.

El problema, entonces, no es únicamente qué hará la inteligencia artificial, sino que haremos nosotros con ella. Es indudable que la inteligencia artificial llega a revolucionar el mercado laboral. Algunas profesiones cambiarán profundamente, como otras desaparecerán parcialmente y aparecerán nuevas actividades que hoy ni siquiera imaginamos. Esto ha ocurrido antes. La cuestión cultural consiste en decidir qué queremos conservar. Porque no todo aquello que una máquina puede hacer debería necesariamente ser entregado a una máquina. La sociedad debe preguntarse qué capacidades humanas desea seguir desarrollando, aunque una máquina pueda realizarlas de manera más rápida y eficiente. Leer, escribir, memorizar, calcular, conversar, crear, resolver problemas, son mucho más que meros procedimientos. Son formas de construir humanidad.

Quizá hemos dedicado demasiado tiempo a centrar la discusión en si la inteligencia artificial terminará dominando al ser humano y demasiado poco a preguntarnos si los seres humanos estamos dispuestos a abandonar voluntariamente algunas de nuestras capacidades. Por eso la discusión sobre inteligencia artificial debería ser menos apocalíptica y más cultural.

Las máquinas no escriben por sí solas el futuro. Lo hacemos nosotros por medio de las decisiones que tomamos. El problema no es tanto la tecnología per se, sino nuestra capacidad para imaginar y desarrollar qué vida queremos construir con ella. Esta es la verdadera revolución que se nos abre a futuro.

 

Por Mauricio Jaime Goio.