Ronald Palacios Castrillo,M.D.,PhD.
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Desde el silencio absurdo del universo hasta el sentido descubierto en el seno del sufrimiento, cuatro filósofos abordan la interrogante fundamental que subyace a toda existencia humana: ¿por qué perseverar?
Existe un instante nocturno que toda persona recuerda, en el que el bullicio de la cotidianeidad se extingue y emerge, sin previo aviso, una única cuestión: ¿cuál es el propósito de todo esto? El autor de estas líneas se ha confrontado con dicha interrogante en reiteradas ocasiones, generalmente tarde en la noche y en el amanecer y en soledad, sin haber alcanzado una respuesta nítida o definitiva. En su lugar, ha encontrado a filósofos que se enfrentaron a la misma cuestión durante periodos considerablemente más prolongados y que rehusaron eludirla. Precisamente por esta razón, el presente artículo procura examinar esta problemática a través de sus respectivas perspectivas.
Camus y el enfrentamiento con lo absurdo
Camus inicia su reflexión allí donde la mayoría de las personas se detiene. No se interroga acerca de si la vida posee un sentido en términos abstractos, sino que plantea una cuestión más urgente: dado que el universo no proporciona una respuesta clara, ¿merece aún la pena continuar? La interrogante subyacente a todas las interrogantes.
Denomina absurdo a esta disyunción entre la aspiración humana de sentido y el silencio del universo. Anhelamos que el mundo se explique a sí mismo, pero este simplemente no lo hace. Para Camus, tal condición no constituye un problema susceptible de resolución mediante ilusiones consoladoras —ya sean religiosas o filosóficas—, sino una realidad que debe afrontarse con honestidad y plena lucidez. El silencio como hecho primordial.
Su respuesta no reside en la desesperación, sino en la rebeldía. Recurre al mito de Sísifo, condenado a empujar una roca hasta la cima de una montaña por toda la eternidad, solo para verla rodar de nuevo hacia abajo en cada ocasión. Mientras la mayoría de los lectores percibe en esta imagen un mero castigo, Camus vislumbra algo distinto. Afirma que la lucha misma, desprovista de toda garantía de triunfo, puede bastar para colmar un corazón humano. Concluye, en una formulación célebre, que hay que imaginar a Sísifo feliz.
Esta constituye la propuesta radical de Camus: el sentido no es algo que el universo conceda, sino algo que el ser humano forja mediante el acto mismo de perseverar, de empujar nuevamente la roca, plenamente consciente de que volverá a caer. La revuelta como respuesta al silencio.
Schopenhauer y el peso del sufrimiento
No todos alcanzan el optimismo desafiante de Camus. Arthur Schopenhauer, al constatar la misma ausencia de sentido inherente, arribó a una conclusión notablemente más sombría. Concibió la existencia como impulsada por una voluntad ciega e insaciable, una fuerza que genera deseos incesantes sin procurar jamás una satisfacción perdurable.
Para Schopenhauer, la vida oscila perpetuamente entre el sufrimiento y el aburrimiento. Se sufre ante la carencia de lo deseado y se incurre en el tedio una vez obtenido, para luego reiniciar el ciclo del deseo. Sostenía que este mecanismo revela una verdad incómoda: el placer no representa sino la ausencia temporal del dolor, y no un bien positivo en sí mismo. El cumplimiento como mera pausa, nunca como destino.
Su pesimismo no se reduce a una simple melancolía; constituye un argumento riguroso según el cual la mayor parte del esfuerzo humano consiste en la persecución de un horizonte que retrocede de manera constante. No obstante, Schopenhauer no propugnó ni la desesperación ni la aniquilación voluntaria. En su lugar, señaló una forma de trascendencia serena, accesible a través del arte, la contemplación filosófica y la compasión: instantes en los que la voluntad inquieta se aquieta temporalmente. En tales momentos, según su parecer, el individuo vislumbra algo que justifica la dificultad inherente a la existencia.
Nietzsche y la afirmación del destino
Allí donde Schopenhauer interpretó el sufrimiento como evidencia en contra de la vida, su antiguo admirador Friedrich Nietzsche tomó la misma materia prima y elaboró una perspectiva radicalmente diferente. Nietzsche reconocía que la existencia conlleva dolor, lucha y pérdida inevitables, pero rehusó considerar esto como motivo para rechazarla. En su lugar, se preguntó si el ser humano podía aprender a amarla tal como es, incluidas sus heridas.
Denominó a esta actitud amor fati, el amor al propio destino. No mera aceptación resignada, sino una afirmación activa: no desear que nada sea distinto, ni siquiera el sufrimiento. Nietzsche propuso un experimento mental de gran contundencia: imaginar que se vive esta misma vida, con cada alegría y cada dolor, repetidamente por toda la eternidad. ¿Podría uno acoger tal pensamiento o resultaría aplastante? La recurrencia eterna como prueba del amor a la vida.
Para Nietzsche, el valor de la existencia nunca radicó en la supresión de las dificultades, sino en la capacidad de volverse lo suficientemente fuerte y honesto como para afirmar la existencia en su totalidad. Consideraba que la mayoría de las personas eluden este desafío refugiándose en ficciones consoladoras, moralidades simplistas o creencias colectivas que atenúan los contornos de la realidad. Aquellos pocos que se enfrentan a la vida sin tales apoyos, argumentaba, son quienes acceden a una vitalidad auténtica.
Frankl y el sentido hallado incluso en el sufrimiento
Si Camus y Nietzsche abordaron la cuestión desde la perspectiva teórica de la filosofía, Viktor Frankl la confrontó desde el interior de un campo de concentración. Habiendo sobrevivido a Auschwitz, Frankl se hallaba en una posición singular para indagar si la vida conserva su valor bajo las condiciones de privación más extremas imaginables. Su respuesta, forjada en circunstancias difícilmente concebibles, fue un rotundo sí, aunque matizado por una calificación esencial.
Frankl observó que quienes lograron preservar algún vestigio de su humanidad en los campos eran, con frecuencia, aquellos que se aferraban a una razón que trascendía su sufrimiento inmediato: una persona a la que regresar, una tarea inconclusa o un sentido aún por realizar. Concluyó que los seres humanos pueden soportar casi cualquier qué siempre que posean un porqué suficientemente robusto. El propósito como elemento que el sufrimiento no puede erradicar.
Resulta particularmente significativo que Frankl no considerara el sentido como algo que deba inventarse ex nihilo, según la sugerencia camusiana de la revuelta, sino como algo que debe descubrirse, presente en cada momento, en cada relación y en cada elección de actitud, incluso cuando toda libertad externa ha sido suprimida. En este punto, su psicología y su filosofía del valor de la vida convergen en una posición serena pero desafiante, que resuena con la insistencia camusiana en la continuidad, aunque la fundamenta en un descubrimiento más que en una mera voluntad.
El hilo común bajo las discrepancias
Estos cuatro pensadores divergen notablemente en cuanto al método. Camus sostiene que el sentido debe crearse mediante la revuelta contra un universo silencioso. Schopenhauer concibe la existencia como inherentemente gravosa, redimible solo en fugaces momentos de quietud. Nietzsche exige no solo resistencia, sino un amor pleno y entusiasta al destino, incluidas sus heridas. Frankl descubre un propósito inscrito incluso en el sufrimiento más atroz, susceptible de ser desvelado más que fabricado.
No obstante, bajo estas discrepancias subyace un rechazo compartido. Ninguno de ellos ofrece una respuesta fácil ni afirmativa a la cuestión de si la vida es digna de ser vivida, ni se conforma con una negación simplista. Cada uno exige que la interrogante sea tomada con seriedad, meditada y debatida, en lugar de ser respondida por defecto mediante la distracción o la negación. El compromiso riguroso frente a la evasión cómoda.
Esta misma negativa a eludir la cuestión se manifiesta en la obra de León Tolstói, quien, tras alcanzar un extraordinario éxito literario, experimentó una crisis tan profunda que ocultó cuerdas y armas para protegerse de su propia desesperación. Emergió de ella no con un sistema filosófico pulcro, sino con una convicción arduamente conquistada: que el sentido requería, para él, algo superior al yo. Su crisis, al igual que el campo de Frankl y el absurdo de Camus, evidencia que esta interrogante no exime ni a los exitosos, ni a los inteligentes, ni a los realizados. No perdona a nadie.
Lo que en última instancia une a estos filósofos no es el consenso doctrinal, sino la exigencia compartida. Exigen que la cuestión del valor de la vida no pueda delegarse a la costumbre, la distracción o la creencia heredada. Debe afrontarse directamente, tal como Sísifo enfrenta su roca, como Frankl enfrentó el campo o como Nietzsche confrontó su propia recurrencia eterna.
Quizá ese mismo acto de confrontación constituya el inicio de una respuesta. No una prueba externa de que la vida es digna de ser vivida, sino una demostración, construida mediante el enfrentamiento honesto con la interrogante, de que el ser humano puede encontrarse con las verdades más arduas de la existencia y, no obstante, elegir deliberadamente continuar. Y en esa continuidad elegida, más que meramente asumida por inercia, comienza a configurarse algo semejante al valor
