El mundo no necesita que lo «salves», necesita que te arregles a ti mismo


 

Existe una curiosa pretensión humana: creer que uno ha venido a salvar el mundo. Algunos quieren corregir a los demás, transformar la sociedad, imponer su visión de lo que está bien y señalar constantemente aquello que consideran equivocado. Sin embargo, muchas veces olvidamos una pregunta mucho más incómoda: ¿qué ocurre dentro de nosotros mientras intentamos arreglar lo que está afuera?



La mayoría de las personas que se empeñan en “arreglar” el mundo corren el riesgo de proyectar sobre él sus propios conflictos. Una mente llena de resentimiento, frustración o amargura difícilmente puede sembrar serenidad. Quien vive en permanente conflicto consigo mismo puede terminar trasladando ese conflicto a todo aquello que toca.

La idea de ser un “salvador” puede convertirse, además, en una de las trampas más sofisticadas del ego. Detrás de la aparente intención de hacer el bien puede esconderse la arrogancia de creer que uno sabe cómo deberían vivir los demás. Y cuando alguien se coloca en el papel de salvador, inevitablemente corre el riesgo de situarse por encima de aquellos a quienes pretende salvar.

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De allí que la vieja expresión “cada loco con su tema” tenga más profundidad de la que parece. Cada individuo contempla el mundo desde su propia historia, sus experiencias, sus prejuicios, sus heridas y sus limitaciones. Muchas de nuestras certezas no son más que interpretaciones personales que hemos convertido en verdades absolutas.

De allí que emerge el peligro de creerse una “buena persona”. El mundo tampoco necesita personas obsesionadas con demostrar que son “buenas”. Necesita personas conscientes de sus propios límites.

Cuando alguien decide que debe salvar a los demás, suele asumir que él está bien y que los demás están mal. Desde allí nace el complejo de superioridad moral: esa peligrosa convicción de que nuestras propias ideas, creencias o valores nos autorizan a corregir la existencia ajena.

La historia demuestra que muchas grandes tragedias han comenzado precisamente cuando alguien se convenció de poseer la verdad suficiente para imponerla a los demás. Las causas pueden haber sido religiosas, políticas, ideológicas o incluso aparentemente nobles. El problema no siempre estuvo en querer transformar la realidad, sino en la certeza de que solo existe una manera correcta de hacerlo.

En ese sentido, el problema está en nuestro enfoque mental, en nuestra propia mente, pues antes de intentar cambiar lo que ocurre afuera, quizá deberíamos preguntarnos qué está ocurriendo dentro de nosotros.

Si nuestros pensamientos están dominados por la ansiedad, el resentimiento, la frustración o la amargura, nuestras acciones difícilmente estarán libres de esas mismas cargas. Podemos cambiar de discurso, de proyecto o de causa, pero terminaremos llevando nuestro desorden interior a cualquier lugar donde vayamos.

Pretender transformar la sociedad sin haber aprendido siquiera a gobernar nuestra propia vida puede convertirse en una ilusión de la egolatría. Queremos ordenar el mundo mientras somos incapaces de encontrar cierto orden dentro de nosotros mismos, siendo incluso incapaces de vivir en solitud, con paz interior y alegría natural. Por eso, quizá la primera revolución no sea política, económica ni social. Quizá sea interior.

De allí que tu bienestar es en realidad una verdadera contribución. A veces pensamos que contribuir a la humanidad significa hacer grandes cosas, tener reconocimiento, liderar movimientos o cambiar estructuras. Pero existe una contribución mucho más silenciosa: no convertir nuestra propia existencia en una fuente permanente de sufrimiento y molestia para quienes nos rodean (incluido el planeta Tierra y la naturaleza).

Una persona equilibrada, sensata y en paz consigo misma ya está aportando algo valioso. No necesita imponerse, demostrar superioridad ni sentirse indispensable.

Cuando existe cierto bienestar interior, nuestras acciones hacia los demás pueden surgir de manera más natural, generosa y compasiva. Ya no actuamos desde la necesidad de demostrar que tenemos razón, sino desde la posibilidad de hacer algo útil.

La calidad de nuestras acciones depende, en buena medida, del estado desde el cual actuamos. La frustración produce acciones compulsivas; el resentimiento alimenta el conflicto; la ansiedad dificulta la claridad. En cambio, una persona serena puede actuar con mayor libertad y discernimiento.

Advirtamos, no somos tan importantes como creemos. Hay otra verdad que puede resultar incómoda, pero también liberadora, esto es, nuestra existencia es diminuta frente a la inmensidad del universo.

La vida humana es apenas un instante en la escala de la existencia. Si mañana desapareciéramos, el mundo continuaría girando, el sol seguiría saliendo, los árboles seguirían creciendo y la vida continuaría su curso.

Esto no significa que nuestra existencia carezca de valor. Significa, precisamente, que quizá deberíamos dejar de tomarnos tan en serio. Si fuéramos verdaderamente conscientes de que somos mortales, no haríamos nada más que lo estrictamente necesario para nosotros y para todos los que nos rodean.

Creernos indispensables vuelve la vida pesada. Nos hace defender nuestro ego, nuestras opiniones, nuestros títulos, nuestras posesiones y nuestra imagen ante los demás. Nos obliga a demostrar constantemente quiénes somos y cuánto valemos.

Pero la vida no necesita que seamos extraordinarios para tener sentido. La verdadera revolución comienza en uno mismo.

Es fácil señalar lo que está mal en el mundo, pero es mucho más difícil observar nuestras propias contradicciones.

Podemos exigir sociedades pacíficas mientras vivimos en guerra con nosotros mismos. Podemos reclamar tolerancia mientras despreciamos a quien piensa diferente. Podemos hablar de justicia mientras somos incapaces de reconocer nuestros propios errores.

Ahí aparece una de las grandes paradojas de la condición humana: “queremos transformar el mundo sin transformarnos a nosotros mismos”. Por eso, antes de pretender salvar a la humanidad, quizá deberíamos comenzar por algo mucho más sencillo y mucho más difícil: aprender a vivir.

Aprender a controlar nuestra ira, dejar de ser tan ególatra, sarcástico y arrogante. A reconocer nuestros errores y limitaciones, dejar de alimentar resentimientos, no convertir cada diferencia en una batalla, a disfrutar sin necesidad de demostrar, a ayudar sin sentirnos superiores, a vivir sin la permanente necesidad de ser reconocidos, es nuestra verdadera contribución; por lo tanto, el primer territorio que debemos conquistar no es el mundo, sino somos nosotros mismos. Y tal vez la mejor manera de mejorar aquello que nos rodea no sea intentar salvarlo todo, sino procurar que nuestra presencia no agregue más conflicto, más amargura ni más ego al mundo. Que nuestra existencia sea agradable y una bendición a todo lo que te rodea.

La existencia real ocurre en el ahora y en el involucramiento total (sin discriminación) con cada respiración, paso, pensamiento y emoción, dando respuestas conscientes, no en metas superficiales o futuras ilusiones.

En todo caso, la pregunta que la gente, debiera hacerse es: ¿la está pasando bien su vida, dando respuestas conscientes a sus experiencias? o ¿la está pasando mal su vida, reaccionando compulsivamente a todo lo que sucede?

El deseo desesperado por ser especial o ser siempre el primero y recibir reconocimiento externo, no solo es ridículo, sino que es una forma de «enfermedad» y «debilidad» psicológica.

Del mismo modo, la sensación de «no tener suficiente» es un grave malentendido de la vida y una distorsión mental. Vivir quejándose por dinero cuando ya se tienen las necesidades básicas cubiertas es la receta perfecta para fabricar su propia miseria. Eso es llevar una vida miserable y por consecuencia, la está pasando absurdamente mal su existencia.

La profundidad de la vida depende de la intensidad con la que participas en dicho proceso cotidiano, sin resistencia. La vida real no es un destino futuro, sino el proceso inmediato del momento presente. Planificar el futuro es una herramienta útil, pero vivir en el futuro es un desperdicio de la vida.

Es menester llevar una vida alegre, consciente, equilibrada y con autorresponsabilidad, porque, al final, el mundo no necesita que lo “salves”, necesita que empieces por arreglarte a ti mismo.