La “economía” política también denominada por sus acólitos “ciencia social”, persigue fanáticamente lo “que debería ser”, realizando una infiltración ideológica en la teoría económica, por lo que lo convierte en ética pura, economía de bienestar o, normativa. Lo impropio de este asunto en lo que compete a la coyuntura actual, va por la queja irracional de haberse eliminado el subsidio, cuando no hay ingreso que lo sostenga por el asalto a la riqueza natural que, sabemos, fue mayúsculo en décadas pasadas, tanto que aún hoy, no se acepta su total escasez y, se sigue pensando en el cómo resolverá el problema el Estado. En esa correlación de errores, se instala la visión maniquea de una “economía” política que ve la realidad dividida entre el bien y el mal, entre los más necesitados y los otros.
La “economía” política aquí, es ideal, especialmente en los asentamientos estatistas, de ahí que, las soluciones solicitadas por organizaciones sociales (e incluso privadas), buscan nuevamente imponer procedimientos totalmente irracionales para la economía (pero no para su ideología), presionando directamente para revertir soluciones económicas inevitables y transfigurarlos en pura acción política y asistencial. Todos los pedidos persiguen subvenciones; mantención de empresas deficitarias; obtención iterativa de mayores bonos; aumento de salarios sin tomar en cuenta el nulo crecimiento de la productividad laboral (no olvidar los 50 días de paro y, su bajo rendimiento), lo que elevaría automáticamente precios; o, la solicitud de créditos blandos para empresas, o gastos superfluos estatales, todos, provenientes de una concepción social-maniquea.
Lo peligroso sería que, por motivos de presión “social” y no económica, se acceda a aquellas solicitudes, dejando de lado la Teoría Económica en general y la microeconómica en particular, tentados por seducciones proteccionistas-populistas. Si así sucediera, ideológicamente, estaría extendiéndose el viejo modelo, y políticamente asumiendo una dependencia de los sectores sociales y, económicamente, se estaría “empujando los costes” (cost-push), enfatizando que, la inflación esta vez no provendría únicamente de desequilibrios de mercado, sino de perversiones socio-políticas. De darse aquella tentación, sus efectos inflacionarios serían mayores, pues, si ya se arrastra un shock externo (alza de precios internacionales), más precios inflados por precio-diésel, esta vez, mayores transferencias desde el Estado paternal, conduciría la economía hacia una inflación inducida, cuando no existe ni reactivación, ni crecimiento económico que avale mayores beneficios, ya que estos últimos, requieren de otras políticas económicas sólo si, se ha llegado previamente a una estabilidad de precios.
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Diferente es la perspectiva de la política económica, que busca lo “que es” y lo que “tiene que hacerse”, basado en una economía positiva, libre de valores y juicios normativos, realizando una toma de decisiones racionales separando fines-medios. No puede tratarse de políticas acomodaticias ya que están diseñadas en función de la Teoria Económica. En este sentido habría que partir por ubicar que la causa del problema principal, no está en el ajuste económico a implementar, sino en la desidia económica del anterior modelo económico, que equivocadamente busca echarle la culpa al procedimiento ineluctable de políticas económicas que buscan la estabilización actual. Hay que aclarar que entre los dos problemas críticos de la economía (inflación y recesión), no es posible conducir políticas económicas paralelas o simbiosis perfectas entre ambos para obtener soluciones óptimas. Hay que decidir entre lo uno o lo otro, cuál es primero. Y, lo primero a corregir es la inflación, pues ella invade el sistema económico sin posibilidades de planificar, ni la inversión, ni la producción, ni siquiera posibilitar positivamente una política de rentas ante el deterioro de los salarios y otros ingresos. Y, claro, ni pensar en un crecimiento económico.
En ese sentido, la implementación de una política monetaria es factible si se hace uso de medidas como la disminución de la oferta monetaria o, que su crecimiento vaya acorde al del PIB -que ahora tiende a ser negativo-, a la vez, un aumento del encaje legal bancario evita mayores gastos (y créditos), aunque elevará posiblemente el tipo de interés y podrían caer las inversiones ocasionando una recesión transitoria, también es importante el uso de medidas en torno a políticas de mercado abierto, todos estos para bajar la oferta monetaria evitando y limitando su demanda.
Ahora bien, esto será posible, siempre y cuando, exista un tipo de cambio no fijo que ha de asegurar el equilibrio en balanza de pagos a través de la igualdad entre precios internos y externos (p = p*). La población en general, esto ha percibido como peligroso, incierto y especulativo, pero no es así, de ahí proviene su nombre de “flexible o flotante” cuyo diagrama en principio, variará como los dientes de una sierra, pero esto, paulatinamente tenderá a tener la figura de una onda larga más aplanada y cíclica. Esta flexibilización, conducirá (manteniendo las condiciones) a acolchonar el impacto del shock de oferta, de una economía altamente importadora como la nuestra.
En este margen de limitar la inflación, (eliminando la subvención, bajando la oferta monetaria, y flexibilizando el tipo de cambio), es previsible la especulación de precios por parte de los productores y vendedores, lo que en una primera instancia elevaría aún más los precios, no por causa de una errónea política monetaria, sino por simple especulación inflacionaria, pero, esto será circunstancial, ya que en algún momento, los precios tendrían que nivelarse por las fuerzas del mercado, e inexorablemente caer, sea el caso de un transportista, o el carnicero que tienen la posibilidad especulativa de elevar su precio a niveles exorbitantes, pero, con precios inaccesibles, viajarán solitarios los primeros, y los otros, comerán carne a secas todos los días.
Aquí, se olvida algo esencial, que no es el capitalista, ni la empresa, ni el empresario, agricultor, o el mismísimo transportista, quienes imponen y fijan los precios, tal como pensaron algunos teóricos de la economía en el pasado. Podrán elaborar una tabla de costos perfecta, pero, el valor de los bienes no reside en esos costos (objetivos), sino en la valoración subjetiva del consumidor en un mercado diverso, y como dice el economista L. v. Mises, el consumidor ha de preferir “una cantidad determinada de un bien sobre cantidades de otras alternativas disponibles” pues ocurre que, quien determina finalmente precios es el consumidor. El consumidor es el soberano del mercado. Precisando que: “Los consumidores acuden a donde, a mejor precio, les ofrecen las cosas que más desean; mediante comprar y abstenerse de hacerlo. Así, enriquecen a los pobres y empobrecen a los ricos”.
Oscar A. Olmedo
Economista con estudios en filosofía
