Microeconomía. Gabriela trabaja desde las 5:00, cría a dos adolescentes y completa sus ingresos con ventas. Su historia refleja el costo de sostener sola un hogar en Bolivia
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A las 5:00 ya está en su puesto como supervisora de una empresa de servicios. Trabaja sin pausa hasta las 9:30 y dedica otra media hora a informes y a programar el día siguiente. “Cuando mucha gente está comenzando su actividad, yo ya llevo cuatro a cinco horas de trabajo intenso”.
Gabriela forma parte de un tipo de hogar que el Banco Mundial estudió de manera específica: aquellos donde una mujer adulta vive sola con uno o más hijos menores de 18 años. En Bolivia, 9,3 de cada 100 hogares con hijos tienen esta composición, según datos de 2022. Dentro de este grupo, el 46,1% de las madres son divorciadas o separadas, como Gabriela.
Hay un dato que resulta revelador: el 90,7% de las madres bolivianas en esa situación participa del mercado laboral, uno de los porcentajes más altos de la región. Trabajan, en promedio, 43,3 horas semanales, 3,7 horas más que las mujeres que crían hijos con otros adultos. Pero tener trabajo no garantiza seguridad económica: el 80,2% está en la informalidad y el 19,4% trabaja y, aun así, vive en un hogar pobre.
Gabriela encarna parte de esa contradicción. Gana Bs 6.000 al mes, pero trabaja con contratos eventuales. No tiene vacaciones pagadas, aguinaldo ni beneficios sociales. “Cualquier rato pueden romper el contrato”, dice.
Cerca de las 11:00 vuelve a casa, cocina y almuerza con sus hijos antes de que vayan al colegio. También vende cosméticos, hace entregas y cobranzas para completar sus ingresos. A las 17:00 regresa a la empresa. Supervisa el final del día y deja todo preparado para que las máquinas funcionen de madrugada. Sale a las 21:00. Cena, conversa con sus hijos y a las 22:00 “caigo rendida”.
La economía de su casa se administra con la misma precisión que sus horarios. Más de la mitad de su salario se destina a la cuota del departamento que paga desde hace 13 años. El otro gran gasto son los alimentos. La carne de res quedó reducida a una o dos veces por semana; el pescado casi desapareció. Sus hijos ya no compran en el recreo; llevan comida de casa. “Que no falte, pero tampoco que sobre”, resume.
Los Bs 6.000 ya no representan lo mismo. En 2022, esa cantidad equivalía a unos $us 862, con un dólar a Bs 6,96. Al cambio de Bs 11,90, hoy equivale a unos $us 504: casi $us 358 menos. Gabriela no hace esa cuenta todos los días. La diferencia aparece de otra manera: en el supermercado, en la cuota de su vivienda y en los alimentos que ha tenido que reducir o retirar de la mesa.
Las ayudas complementan los ingresos, pero el trabajo sigue siendo el principal sostén. En Bolivia, el 88,4% de estos hogares recibía transferencias públicas y el 61,1%, privadas, que pueden incluir la asistencia familiar. Sin embargo, su aporte era limitado: de los $us 16,6 diarios por persona que ingresaban en promedio al hogar, $us 10,8 provenían del trabajo, $us 2,7 de transferencias privadas y apenas $us 0,4 de ayudas públicas. Los valores corresponden a dólares de 2021.
Si uno de sus hijos enferma, Gabriela debe pedir permiso y no siempre lo consigue. Como no puede pagar atención privada, acude al sistema público, con filas y esperas. Una vez pidió vacaciones para cuidar a uno de ellos y la llamaron para que volviera al trabajo.
Trabajar tampoco elimina el riesgo de pobreza. En 2022, el 22,8% de los hogares bolivianos sostenidos por una madre sola estaba bajo la línea de pobreza. Por eso, el estudio advierte que promover el empleo no es suficiente; plantea acompañarlo con servicios de cuidado infantil y programas de apoyo a los ingresos.
Gabriela tiene trabajo, recibe asistencia familiar y paga su vivienda. Pero carece de algo decisivo: margen. No tiene capacidad de ahorro. El cansancio nunca se va. Si pierde el empleo, necesita encontrar otra fuente de ingresos inmediatamente. Ha pensado en vender el departamento, pero sabe que cambiaría una cuota por un alquiler. “Sería un salto al vacío”
También paga con tiempo. Sus horarios le han impedido acompañar momentos importantes de sus hijos y hacen casi imposible capacitarse. Cuando finalmente se duerme, faltan apenas seis horas y media para volver a levantarse. “Voy resolviendo el día a día”, dice. En esa frase cabe una economía sostenida con trabajo, ajustes y muy poco espacio para que algo salga mal.
