¿El ocaso del evismo y de las ideas que lo empoderaron?


La nacionalización no libró al país de la maldición de los recursos naturales y el culto al caudillo terminó sofocando al MAS, sostiene Fernando Molina.

Por Pablo Deheza

Fuente: La Razón



Decir que el ciclo del MAS se agotó se repite tanto que ya casi no dice nada. Lo difícil es precisar qué se agotó exactamente: si un modelo económico, un liderazgo, una ideología, una coalición social o una manera de entender el Estado. Cada respuesta lleva a un diagnóstico distinto y, por lo tanto, a una respuesta política diferente para un país que se encuentra en plena crisis sin haber resuelto la pregunta de qué hacer para recomponerse. Cabe distinguir lo que quedó sin fuerza de lo que sigue vigente, y de preguntarse si el desgaste alcanza solo al masismo o a la lógica más amplia en la que se movió.

Fernando Molina es periodista y escritor. Es autor de Historia contemporánea de Bolivia y de El racismo en Bolivia, además de La crisis del MAS. En 2015 publicó “El modelo económico de Bolivia y su inevitable fracaso”, que anticipó buena parte de lo que después ocurriría con las reservas y las divisas. En esta entrevista en exclusiva con Animal Político, de La Razón, se abordan las aristas claves de un fin de ciclo complejo que merece más que frases hechas.

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-Se dice que el modelo económico del MAS se ha agotado, pero, ¿qué significa esto en el nivel ideológico?

Repito lo que ya señalé en mi libro “La crisis del MAS” (2023): La ideología del evismo-masismo, que había predominado durante el siglo XXI, perdió una buena parte de su legitimidad (la legitimidad del éxito y la plausibilidad) en febrero de ese año de 2023, cuando se descubrió que las reservas de dólares del país se habían agotado. Esto significaba que había fracasado una importante promesa ideológica de esta corriente, que era el armado de un modelo económico capaz de impedir que el excedente del país fuera “saqueado” y se disipara como había ocurrido tantas veces en nuestra historia.

El primer programa de gobierno del evismo-masismo, el que Evo Morales propuso en las elecciones de 2005, señalaba que la nacionalización de la renta de los recursos naturales mantendría esta renta dentro del país, lo que permitiría una masiva y bienhechora redistribución interna. Es decir, acercaría al país al esquivo desarrollo. Se produjo la nacionalización. La apropiación interna de la renta ocurrió durante un buen tiempo, pero en febrero de 2023 descubrimos que había sido como una mano que empuñaba arena, la que finalmente se escurrió entre sus dedos; descubrimos que había sido una propuesta que, pese a su gran capacidad de articulación política, pese a su condición de “significante hegemónico”, pese a haberse postulado como una respuesta a la historia entera del extractivismo nacional, no había podido superar el destino “normal” de este, es decir, no nos había librado de la “maldición de los recursos naturales”.

La renta de los recursos naturales es el único capital económico importante de nuestros países: cuando aumenta, todos concurren para tratar de aprovecharla, hay inversiones externas e internas, se amplía el mercado interno, crece la demanda, se producen procesos de acumulación de distinto tipo, el excedente genera prosperidad y bienestar social, pero también proyectos faraónicos, elefantes blancos, despilfarro y corrupción. En todo caso, hay suficiente dinero para pagar un largo periodo de estabilidad política. En cambio, cuando la renta disminuye se da todo lo contrario: recesión, escasez, inflación, aumento de la pobreza, gobiernos débiles, etc. Es lo que estamos viviendo. En 2025 el PIB decreció -1,5%, este año lo hará -3%, el próximo -1,5%. Y ni el gobierno de Luis Arce ni el de Rodrigo Paz han tenido una fracción del poder político del que gozó el de Evo Morales. Así transcurre la historia de los países exportadores de materias primas, mediante ciclos de renta alta y renta baja.

El MAS prometió superar este ritmo de ascenso y descenso y no lo logró. Pareció ser la respuesta al ciclo y al final solamente fue parte de este, un fenómeno más de él, como el péndulo entre estatizaciones y nacionalizaciones, que también ha sido una expresión de la “maldición”. Esta es la causa más profunda de su implosión como partido.

-¿Por qué el MAS no logró evitar la maldición de los recursos naturales?

Primero, porque no fue consciente de ella. Los pocos dirigentes del evismo-masismo que sabían de economía, como Arce o Álvaro García Linera, rechazaron las advertencias que hicimos los “opinadores” que, como no estábamos comprometidos con el gobierno, no teníamos que esconder los problemas que se comenzaban a presentar en la economía de la prosperidad.

Por ejemplo, en 2015 publiqué un folleto titulado “El modelo económico de Bolivia y su inevitable fracaso”, al que nadie del gobierno le dio la más mínima atención. Mi texto advertía de que Bolivia se había contagiado de la “enfermedad holandesa”, es decir, de que el excedente del boom de las exportaciones estaba sirviendo para importar de todo, hasta cerveza y chorizos, gastando una enorme cantidad de recursos de difícil reposición. La renta no solo salía del país por la vía de las importaciones. La fuga de capitales fue de unos 1.000 millones de dólares anuales. Se trabajaba en Bolivia, se cogía una fracción de la renta nacional y se la sacaba a las metrópolis o los paraísos fiscales. El MAS supuso que el cambio de propiedad de las empresas extractivas ya había resuelto el problema de cómo mantener la renta en el país, pero se engañaba a sí mismo.

Por otra parte, este yerro no es muy original. Cualquier libro sobre la maldición de los recursos naturales habla de estos mismos procesos: enfermedad holandesa, pérdida de divisas, apropiación de la renta nacional por parte del capitalismo mundial. Si la industria extractiva está privatizada, por la vía de los beneficios de las empresas extractivas; si está nacionalizada, por medio de los beneficios de las empresas de servicios e industriales extranjeras o por medio de la fuga de capitales.

Todo esto está escrito en libros que los del MAS no leyeron. Solo así se explica que no reaccionaran ante el hecho de que todos los grandes exportadores (es decir, los grandes propietarios de divisas) son extranjeros. Querían el “control de la riqueza nacional”, pero nunca estuvieron ni siquiera cerca de controlar las divisas del país. En un país periférico, el acceso a los dólares reviste una importancia fundamental, como estamos viendo en este momento. Es justamente por eso que somos dependientes, porque necesitamos exportar intensamente para obtener una moneda extranjera que es la única que nos permite hacer compras y, por tanto, financiar nuestro desarrollo. El MAS dejó el control de las divisas en manos de empresas extranjeras que, como era obvio, todo el tiempo buscaron repatriarlas, es decir, sacarlas de nuestra economía.

Mi libro decía “inevitable fracaso”. ¿Era realmente inevitable? Quizá se hubiera podido eludir si los gobiernos de Evo Morales tenían una YPFB muy afilada y financiada, y la mantenían despolitizada y limpia, pero esto era mucho pedir. No creo que hubiera sido diferente con un gobierno de otro signo ideológico. Como mostró la experiencia de Tarija y sus gobernadores, la maldición de los recursos naturales afecta a todos.

Por decir cosas como esta luego me dicen “masista”, pero este es el trabajo de un intelectual: decir cosas incómodas. Eludir la “maldición” es una tarea demasiado difícil, quizá imposible, porque es natural que un pueblo pobre como el boliviano no actúe como el noruego o el chileno, que pusieron sus excedentes en fideicomisos y los reservaron para las futuras generaciones. Para eso hay que tener cierta riqueza previa y, como en el caso chileno, una élite ilustrada con un gran dominio ideológico sobre la población. Nada de esto existe en Bolivia.

Como fuere, para mantener el esquema extractivista algo más de tiempo, los gobiernos de Evo tenían que encontrar petróleo. En lugar de eso, las autoridades del área, en este tiempo, se ocuparon de otras cosas. Por ejemplo, se conchabaron con las operadoras trasnacionales para calcular cuantiosos “costos recuperables” que el país les pagó a estas. O llenaron YPFB de supernumerarios, etc. Este envilecimiento solo fue empeorando en el tiempo hasta llegar a ser aberrante: las actividades del hijo del presidente Arce o la gasolina basura de este gobierno. Aun así, nada que no esté descrito en la literatura sobre la maldición de los recursos naturales.

-¿Cómo afecta esto a las perspectivas de la izquierda hoy y en el futuro?

La izquierda nacional-popular no va a poder reconstituirse mientras no tenga: a) una explicación de lo que falló en la experiencia evista-masista y condujo al país a una crisis económica y un auge de la derecha; b) una autocrítica de su incapacidad para escapar de la lógica extractivista y para atenuar el caudillismo de su “líder histórico”; c) una nueva propuesta económica que no consista ni en una vuelta al pasado, imposible ahora que la renta ha caído tanto, ni tampoco consista, obviamente, en sumarse a la oscilación hacia el privatismo.

Si no logra estas tres cosas, a la izquierda solo le quedará esperar diez o veinte años a que sus adversarios reconstruyan la renta de los recursos naturales mediante la transnacionalización de la economía y con eso haya de nuevo posibilidades para mover el péndulo otra vez hacia el nacionalismo y el estatismo, a fin de recapturar esta nueva renta.

A mí me decepciona que los bolivianos no tengamos más opciones que estas dos fracasadas a lo largo de toda nuestra historia: o el giro privatista o el giro estatista del extractivismo; o la élite extractivista globalista o la élite extractivista nacionalista. A esta falta de alternativas nos ha condenado la “querella del excedente”, como la llamó con elegancia Zavaleta en “Lo nacional-popular en Bolivia”.

-¿Cómo incidió e incide el caudillismo en la vereda de las izquierdas?

Otra causa no menor del éxito de la izquierda boliviana en las primeras dos décadas del siglo XXI fue que ofreció a un país caudillista como Bolivia un caudillo muy fuerte. El nombre de Evo se convirtió en el articulador de las luchas populares y nacionales. Esta articulación fue primero rural y luego se fue ampliando hacia las ciudades; partió de los campesinos y, formando amplios círculos concéntricos, llegó hasta los demás sectores sociales. Incluso incorporó a grandes señores y grandes señoras de la élite tradicional, que, por supuesto, ahora se arrepienten de este pasado y lo esconden.

Morales fue un caudillo del peso político e histórico de Santa Cruz, Belzu, Montes, Paz Estenssoro o Sánchez de Lozada. Decir estas cosas me ganó mala fama, pero no tengo remedio. Quien no sea racista verá lo mismo que yo, más allá de que Morales le caiga bien o mal, o sin importar si cree o no que debería estar en la cárcel, como también muchos creyeron lo mismo de los otros caudillos que he mencionado.

No tengo espacio para justificar plenamente esta afirmación, pero la planteo igual: Bolivia no logra estabilidad política y gobernanza hasta que no encuentra un caudillo presidencial de buen tamaño (grande o mediano) capaz de hegemonizar la vida pública por algunos años.

Al mismo tiempo, como ocurrió en el caso de Morales, estos grandes líderes carismáticos y decisionistas a menudo enloquecen, perdidos por su narcisismo y su adicción al poder. Ser un indio no lo salvó de eso, pero tampoco fue lo que causó su delirio. A Paz Estenssoro, a Goni, les ocurrió algo similar, aunque el caso de Morales, por su biografía muy particular, fuera más extremo.

Además, el culto a la personalidad es peor en la izquierda que en la derecha, porque en aquella se mezcla con los mitos del pueblo y de la revolución.

La caída de Morales, que fue política, pero también simbólica, ha llevado su nombre a la misma condición de irradiación que tenía en la etapa inicial, antes de su ascenso; es decir, hoy únicamente articula a los campesinos del occidente. Los demás sectores lo aborrecen, desprecian, temen, etc.

¿Cambiará esto en el futuro y Morales volverá a ser un gran caudillo? Lo dudo, aunque estoy consciente de que algo así le ocurrió a Paz Estenssoro. Pero la condición indígena y el radicalismo de Morales hacen muy difícil que la élite tradicional le permita volver al poder. Hay un acuerdo implícito en todos los sectores blanco-descendientes, inclusive muchos exmasistas, de que no debe poder volver. No creo que lo dejen inscribirse en nuevas elecciones nunca más. Por otras razones, algo parecido le ocurrió a Santa Cruz, vetado por tres naciones; a Belzu, vetado por los estratos “decentes” de La Paz y Sucre; a Siles Suazo, vetado por Santa Cruz a causa de Terebinto y de su línea izquierdista. A pesar de esto, Siles volvió al poder, pero solo para que trataran de voltearlo desde el primer día (y lo lograran). Estos vetos son parte del sistema político caudillista boliviano, cuyo análisis científico todavía está por hacerse.

Como Evo Morales no quiere ceder su puesto a ningún otro u otra, para sobrevivir, la izquierda tendría que dejarlo a un lado, con lo que perdería al campesinado o incluso a los indígenas. Sectores sin los cuales no podría prosperar. Estamos, entonces, ante un “jaque ahogado”. La izquierda está en jaque ahogado. Paradójicamente, la detención de Evo con la que sueñan con tanto deleite los más recalcitrantes antiizquierdistas podría ser una solución al dilema de esta corriente.

No creo que sea realista ni para la izquierda ni para la derecha plantearse “superar el caudillismo”, porque, como digo, este es el verdadero sistema político nacional. Somos una sociedad aún tradicional, donde priman las relaciones personales. Zavaleta decía: “En Bolivia el caudillo es la forma de organización de las masas”. Pero, claro, a los caudillos hay que limitarlos para que su locura narcisista no hunda al país, como ocurrió con Morales. Sin la búsqueda implacable de este de reelegirse, el MAS seguiría en el poder, incluso con la crisis económica. No soy economicista. Lo determinante en política siempre es político.

¿También fracasó la ideología de la identidad, que comenzó queriendo fortalecer a los indígenas y que terminó en fragmentaciones clasistas, étnicas, regionales y otras?

La nacionalización del gas no logró superar la maldición de los recursos naturales ni evitó la crisis, pero eso no significa que la privatización del gas vaya a hacerlo. En el horizonte de largo plazo de la privatización del gas está una nueva crisis como la de 2003.

La política de la identidad no resolvió el racismo y fue utilizada para mezquinos fines políticos, pero eso no significa que los axiomas “todos somos iguales ante la ley” y “eliminemos la diferencia indígena en la Constitución” vayan a resolver el racismo o no sirvan a los intereses de los sectores elitistas.

En todos los terrenos habría que salir del ciclo, habría que parar el péndulo. Habría que desarrollar un programa de centro que combine nacionalismo con libertad económica, y esta con regulación legal justa para todos, y esta con apoyo a las identidades racializadas y oprimidas estructuralmente, y este con una relación digna con las potencias hegemónicas, sean del signo que sean. Necesitaríamos formar un bloque histórico que supere la maldición de los recursos naturales y sus efectos pendulares sobre nuestra historia.

Pongo todo esto en condicional porque en este momento me siento un poco deprimido y no lo veo muy realista. Se necesitaría un caudillo popular y a la vez ilustrado, honrado y a la vez tolerante, que actuase con moderación, sin racismo, y dándole a la élite privatista algo y a la élite estatista también lo suyo. No parece que un caudillo así tan completo vaya a aparecer algún día. Tal vez sí, ojalá, alguna aproximación.

A los grupos políticos y sociales les conviene mucho más creer que el giro privatista o el giro nacionalista son la única solución posible para el país. Al fin y al cabo, los partidarios de un tipo de giro, cuando este se da en la realidad, ganan. En estas condiciones, pensar una opción de centro es tan utópico como tratar de formar en Bolivia los fideicomisos noruego o chileno. La querella del excedente se nos presenta, en efecto, como una maldición.

Fuente: La Razón