La noticia que impacta en este momento es ver a Francia sumida en el caos de las protestas callejeras. Ya no son migrantes reclamando por algún atropello o la celebración desatada de algún triunfo deportivo. Fundamentalmente son los jóvenes franceses que han salido furiosos a la calle, arrasando con todo a su paso. Enfrentamientos que ha producido destrucción y heridos de ambos bandos.

Lo de Francia no es algo aislado. Es parte de un movimiento que ha afectado a gran parte de los países de la Comunidad Europea. Hay mucho más que descontento económico detrás de estas manifestaciones . Las protestas van contra el deterioro de la educación pública, el encarecimiento de la vivienda, la precariedad laboral y las prioridades de sus gobiernos. Una generación que demuestra su desconfianza con las instituciones que prometían conducirlos hacia el futuro.

Toda sociedad establece un pacto entre generaciones. Los adultos transmiten conocimientos, valores y normas. Un legado que los jóvenes reciben transformándolo en herramientas para incorporarse a la comunidad. A cambio, la sociedad les ofrece la posibilidad de construir una vida propia y participar en la transformación del mundo heredado. Cuando ese intercambio se interrumpe, la transmisión cultural pierde legitimidad y la convivencia comienza a resquebrajarse.



Eso parece estar ocurriendo en Europa. La generación que creció bajo la promesa de una sociedad próspera descubre que los caminos tradicionales hacia la independencia se han vuelto cada vez más estrechos y sinuosos. Así es como estudiar ya no garantiza un empleo estable, ni trabajar permite acceder a una vivienda y cumplir con las exigencias del sistema no asegura una vida menos precaria que la de los padres.

La educación representa uno de los escenarios más visibles de esta contradicción. Durante décadas, la escuela y la universidad fueron presentadas como instrumentos de movilidad social. El esfuerzo individual, acompañado por una formación adecuada, debía permitir superar las limitaciones del origen familiar. Esa promesa contribuyó a consolidar la confianza en las instituciones y a convertir el conocimiento en uno de los principales valores de las sociedades modernas.

=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas

Sin embargo, esta generación se ha encontrado con aulas se deterioradas y falta de profesores. Además, un aumento considerable de los costos universitarios está llevando a los estudiantes a endeudarse para completar su formación. La institución encargada de abrir oportunidades termina reproduciendo las desigualdades que debía reducir. Todo debilita la creencia de que el esfuerzo personal encontrará una recompensa razonable.

Algo semejante ocurre con la vivienda. Disponer de un espacio propio representa la posibilidad de establecer vínculos, construir una intimidad, formar una familia o, simplemente, decidir cómo vivir. Cuando los precios excluyen a los jóvenes del mercado inmobiliario, la independencia deja de ser una expectativa asociada a la edad y comienza a depender de los recursos económicos de la familia.

Así, la juventud se convierte en boleto de entrada a una sala de espera de prolongada estadía. Se estudia para trabajar, se trabaja para pagar las deudas y se posterga la independencia mientras se intenta reunir las condiciones que permitan alcanzarla. El futuro, que debería funcionar como horizonte de posibilidades, aparece como una línea incierta.

Sin embargo, el malestar de esta generación no puede explicarse exclusivamente por las dificultades materiales. También importa el contexto en el que se ha formado. Sus integrantes han atravesado crisis económicas, una pandemia, la emergencia climática y guerras. Han crecido en un mundo donde su capacidad para modificar las grandes decisiones políticas es muy limitada.

Hay una ruptura generacional, especialmente con los representantes políticos. Amplios sectores juveniles sienten que sus representantes no los escuchan, por lo que no es raro que la desconfianza se transforme en distanciamiento electoral o radicalización. La democracia puede ofrecer mecanismos de participación, pero estos pierden eficacia simbólica cuando los ciudadanos consideran que sus demandas no producen respuestas concretas.

El envejecimiento demográfico es otra variable por considerar. Las sociedades europeas deben responder a las necesidades legítimas de una población mayor que aumenta su peso relativo y electoral. El problema se genera porque la protección del presente desplaza sistemáticamente la inversión en el futuro. Puede que no exista una oposición inevitable entre generaciones, sin embargo, el conflicto surge cuando la distribución de los recursos convierte sus necesidades en intereses enfrentados.

De ninguna manera cabe justificar la violencia que acompaña a las protestas. Las agresiones y la destrucción de bienes no se legitiman por el simple hecho de producirse en un contexto de malestar. Pero sería equivocado reducir una movilización multitudinaria a sus expresiones más violentas. Hacerlo permitiría desatender las causas del conflicto y confundir consecuencias con origen.

Una pancarta exhibida durante las movilizaciones italianas resume la tensión con una frase contundente: «Si nos quitáis el futuro, os bloqueamos el presente». La consigna invierte la relación tradicional entre adultos y jóvenes. Quienes debían esperar su turno se presentan ahora como actores capaces de interrumpir el funcionamiento de la sociedad que les pide paciencia.

El desafío consiste en comprender que ninguna sociedad puede reproducirse culturalmente si transmite obligaciones, pero niega oportunidades. La continuidad de una comunidad no depende de que sus hijos acepten intacto el mundo recibido, sino de que encuentren en él motivos para participar y transformarlo.

La rebelión de los hijos no anuncia necesariamente el final de una civilización. Lo verdaderamente inquietante no es que los jóvenes ocupen las calles, sino que deban hacerlo para recordar a los adultos que una sociedad que deja de ofrecer un futuro a sus nuevas generaciones comienza a perder también la confianza en su propio porvenir.

 

Por Mauricio Jaime Goio.