Arde el corazón de los jóvenes


Queda en cenizas el reparto de un bienestar que ya no existe

Los jóvenes europeos son reflejo del reverbero en un espejo que no queremos ver, no porque su imagen nos devuelva la juventud perdida, sino porque nos evidencia el fracaso de la generación que tomó las decisiones del estado de cosas en el mundo. La generación de más de cincuenta años, la nuestra, ha fracasado al ofrecer una vida despojada de utopías, conducida por la mano invisible del mercado hacia el abismo de la incertidumbre sempiterna. La pretensiosa certidumbre cientificista del siglo XX que prometió disolver el malestar social, hoy aparece como un esperpento con macanas y gasificación con la factura en la mano del derroche y la fractura social.

Los jóvenes que hoy salen a las calles europeas son una minoría demográfica en un continente envejecido e inútil para responder a los retos de este tiempo. Y son, al mismo tiempo, el presagio de lo que ocurre en América Latina, donde la juventud ha tomado el mismo camino en diversas coyunturas, pero ahora alienada por la mercancía, agotada por la sociedad del rendimiento, seducida por el espejismo del emprendimiento y extenuada de fracasos políticos de izquierda y derecha. La diferencia es que en el Sur global los jóvenes son mayoría y no tienen contra qué revelarse porque sus clases dominantes los mantienen ofuscados con el espectáculo de la corrupción. Y eso hace que la hoguera sea más infortunada, porque según datos de la UNESCO, solo el 8% de los titulados en sus universidades; es decir, los profesionales nuevos, no tendrá oportunidades laborales.



A pesar de las diferencias, ambos comparten un adversario, una mayoría política (los mayores de 60 años) que controla los recursos, los votos y las instituciones. Sin otro talento que haber llegado a esas posiciones habiendo destruido, desde dentro, las mismas instituciones en las que hoy se encaraman y se perpetúan para sobrevivir.

Lo que está en juego no es solo un conflicto generacional, es una guerra por el reparto de un bienestar inexistente. El crecimiento europeo se ha estancado; la crisis social y económica en América Latina es cíclica, mientras la delincuencia controla el poder y la corrupción hace festín con los recursos públicos. La deuda pública global se sitúa en aproximadamente 111 billones de dólares, cerca del 93% al 95% del PIB mundial, según el FMI y la UNCTAD. Las pensiones absorben una cuarta parte del gasto público en países como Francia; en Bolivia, estas mismas financiaron el despilfarro de los últimos años, fomentaron el negocio del diésel y la gasolina subvencionada, se esfumaron los ahorros a través de una deuda pública impagable e inconsulta. La herencia del malestar es la única realidad que se constata por donde se mire.

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Los jóvenes europeos protestan por escuelas deterioradas y viviendas inasequibles. Los nuestros no protestan, porque está enajenado su futuro. Mientras la generación que decide se quita la responsabilidad sobre el porvenir, al no tener siquiera respuestas para los problemas del presente. Todos estamos atrapados en un juego de suma cero. Y en ese juego, los que pierden son los que son dueños de una deuda que jamás gastaron, de modo que quien no hereda no compite en igualdad de condiciones, sino en desventaja estructural.

La crisis educativa global es, y será, la que detone todas las protestas. No porque la educación haya dejado de funcionar, sino porque reproduce una sociedad que ya no garantiza bienestar, pero los que se educan se dan cuenta de la realidad que les incomoda. No es un problema de gestión, es la toma de conciencia de que el futuro se torna gris, luego oscuro, para las mayorías. Y esas mayorías están comunicadas, en línea, compartiendo su desazón, por tanto no requieren quien las convoquen están adormecido, pero no dormidos.

Los jóvenes sufren el síntoma de un modelo agotado, de un mercado que solo funciona para la acumulación de unos cuantos. La universidad que durante siete siglos fue la llave del ascenso social ya no les garantiza nada, menos trabajo. Los jóvenes lo saben, y su desasosiego con el sistema es elocuente.

En Francia, el desempleo juvenil ronda el 20%; en España supera el 22%. En Bolivia, los jóvenes de 15 a 30 años que no estudian ni trabajan son el 25%, según el PNUD. A ello se suma el 86% que vive de la economía es informal, sometida al subempleo, al empleo precario o a la autoexplotación en emprendimientos de emergencia. Solo el 16% de los nuevos profesionales tiene empleo en su campo de estudio. La vivienda, por su parte, se ha convertido en un bien inaccesible en todas partes, el precio del alquiler subió entre un 40% y un 45% en la última década, mientras los salarios crecieron apenas un 30%. La edad media de emancipación ronda los 30 años. Los jóvenes portugueses lo resumen en una pancarta que ya es un manifiesto generacional: «Quiero irme de casa de mis padres antes de los 50» .

Estamos asistiendo a la era de la «gerontonomía», una forma de estancamiento económico sostenido democráticamente por un sector social envejecido que ha creado sistemas cerrados para asegurarse el empleo «hasta que la muerte los separe», en los que la renovación no forma parte del sistema (principalmente en las instituciones públicas, educativas y de salud). Las sociedades envejecidas votan por proteger las pensiones, los bienes inmuebles y la estabilidad laboral. Los partidos y los sindicatos responden a esos intereses porque allí están sus bases electorales y sus afiliados. Los jóvenes, simplemente, no son una prioridad de la política.

La consecuencia es una inversión de la lógica del conflicto social. Durante el siglo XX, el conflicto era entre clases, trabajadores contra capitalistas. Hoy, el conflicto es entre

generaciones, los que ya accedieron a la vivienda y al empleo fijo, quienes tomaron malas decisiones y desmantelaron el Estado moderno desde dentro, contra los que no saben si alguna vez tendrán algún beneficio por ser parte de un Estado que se descompone y no les promete nada sino es represión y ley. Los primeros tienen más poder político que los segundos y controlan las decisiones institucionales.

La sociedad contemporánea ha alargado la vida a 80 años promedio a nivel global, según la ONU. La ciencia promete mucho más superar la centena en 10 años más, ese es un gran avance. Pero, a la vez, esta estructura política, social y económica opera con un modelo de vida previsto para 65 años de vida útil. ¿Quién trabaja para una masa creciente que envejece, cuando los jóvenes no quieren tener hijos en contextos de incertidumbre? Es la cuadratura del círculo de un Estado de bienestar que se construyó sobre una pirámide demográfica expansiva que ya no existe.

Una característica sociológica importante de estos movimientos es su forma de socialización y de crear opinión. No son convocados por partidos ni por sindicatos tradicionales. Les convoca la incertidumbre y el hartazgo en Europa; en América Latina, la respuesta de los jóvenes es la indiferencia por la ausencia de perspectiva social. Se comunican por redes sociales, coordinan horizontalmente, carecen de líderes reconocibles, y quienes dominan la opinión son influencers de estilos diversos e ideologías indescifrables. Los convoca el malestar y un futuro que no promete, unos se mueven y otros están latentes, incómodos y perplejos.

Esto conecta directamente con el fin de los partidos políticos como instrumentos de mediación. Los jóvenes ya no creen en las instituciones de la democracia representativa. Prefieren la acción indirecta en los medios y las redes, y finalmente la calle. Su mayor protesta es la indiferencia; su revuelta, el vandalismo. Se ha agotado el asombro y no hay otra alternativa. Es una política prefigurativa, no esperan a que los representen; actúan con métodos insospechados en cualquier momento.

Mientras una parte de la juventud europea protesta por un futuro digno, otra se vuelca hacia la ultraderecha y al autoritarismo. En Alemania, la AfD obtuvo el 41% de los votos entre los jóvenes de 18 a 24 años en las elecciones regionales de Sajonia, frente a apenas un 5% de la CDU. En Francia, el voto joven al Frente Nacional pasó del 6% en 2002 al 33% en 2024. En América Latina, los jóvenes se vuelcan hacia el liberalismo y la ultraderecha con un promedio del 40%, con picos paradigmáticos como el de Argentina (60%) y los más bajos en Chile (24%).

¿Por qué? Porque la ultraderecha ofrece una explicación simple a un problema complejo. Ofrece chivos expiatorios (los inmigrantes extranjeros y locales, la delincuencia y los marginales) y promete restaurar el orden a través de líderes autoritarios y chauvinistas. No importa que ese orden nunca llegará, porque el orden y la autoridad ya no existen al convertir al Estado en una cáscara de huevo vaciada de contenido efectivo, los gobiernos

actuales no son económicamente viables y menos eficientes funcionalmente. Los Estados actuales pagan el gasto de sus operaciones con endeudamiento. Los jóvenes desencantados de las instituciones encuentran en el discurso de la derecha una forma de reconocimiento a su orfandad ideológica.

Las diferencias de género es reveladora, los varones jóvenes apoyan a la ultraderecha y se manifiestan más autoritarios que las mujeres (21% en 2025 frente a 14% en 2024). Las mujeres jóvenes, en promedio, sostienen visiones más progresistas. Esto anticipa una fractura de género en la política que tendrá consecuencias profundas en la formación de familias, la cohesión social y la estabilidad democrática.

Lo que ocurre en Europa no es un fenómeno aislado. Es la expresión europea de una crisis global de legitimidad del orden social. Los jóvenes europeos comparten con sus pares del Sur global la sensación de que el futuro será peor que el presente de sus padres. Pero en Europa hay un agravante, la conciencia de que el Estado de bienestar que sus abuelos construyeron se está desmantelando, y que ellos serán la generación que pagará la deuda, trabajará hasta los 75 y nunca logrará tener una casa, sino es por herencia.

Si el malestar es colectivo, si estamos construyendo sociedades atópicas, quien se siente cómodo de esperar en la acera ver pasar la vida en paz; más cuando se juntan situaciones específicas, solo requiere una chispa que de repente se enciende, desde dentro desde los corazones henchidos de desesperanza. Termino con Bauman y la Modernidad Líquida, como una condición en la que los individuos quedan solos, sin soportes, sin certezas, sin proyectos, navegando en un presente perpetuo que no promete nada. Es el momento en que el individuo líquido, cansado de fluir sin dirección, estalla. Y Bauman lo anticipó, la modernidad líquida produce malestar, un malestar difuso, sin objeto, que puede canalizarse hacia la protesta o hacia el autoritarismo.

Por José Luis Laguna Quiroga