Treinta y tres años después del acuerdo gasífero impulsado por Jaime Paz Zamora, su hijo Rodrigo Paz autoriza importar gas. Expertos advierten que la producción nacional podría no cubrir la demanda desde 2029; la industria busca alternativas.
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El Decreto Supremo 5755, aprobado el 26 de octubre, autoriza excepcionalmente la importación de gas natural y gas natural licuado para consumo propio o generación eléctrica. No permite revenderlo ni significa que las importaciones ya comenzaron.
Álvaro Ríos, exministro de Hidrocarburos, calcula que en 2029 la producción boliviana dejará de alcanzar para cubrir la demanda interna. «Ya no hay tiempo para reponer producción nacional para abastecer el mercado interno», advierte. Aun con una nueva ley, las inversiones podrían dar resultados recién entre 2030 y 2032.
Raúl Velásquez, experto de la Fundación Jubileo, coincide con ese horizonte. Según sus datos, la producción cayó un 57% en una década por la declinación de campos maduros. Aclara, sin embargo, que Bolivia no se quedó sin gas; la necesidad futura sería importar una parte del consumo, no todo el combustible que utiliza el país.
De la bonanza al cambio de ruta
Bolivia ya exportaba gas a Argentina desde 1972. Después llegaron los grandes descubrimientos en el sur, la apertura del mercado brasileño en los años noventa y el inicio de los envíos por gasoducto en 1999. En 2006, Evo Morales nacionalizó los hidrocarburos. La producción llegó a su auge años después y luego comenzó a declinar.
Mientras Bolivia consumía sus reservas sin reponerlas al mismo ritmo, Argentina desarrolló Vaca Muerta. Su antiguo comprador amplió la producción y buscó mercados en Brasil. En 2025, el gas argentino empezó a cruzar territorio boliviano rumbo al mercado brasileño. Los ductos de la era exportadora comenzaron a transportar gas de un antiguo cliente.
Bolivia puede cobrar por ese tránsito, pero debe asegurar su propio abastecimiento. Ríos considera que, además del decreto de importación, hace falta una norma que facilite el transporte internacional de gas, para evitar que la infraestructura nacional quede subutilizada.
Las cuentas para la industria
A diferencia del diésel, importar gas por ductos exige reservar transporte y firmar contratos de varios años. Ríos menciona una licitación de la transportadora argentina TGN prevista para el 26 de noviembre. Velásquez recomienda a las empresas negociar desde ahora contratos de tres a cinco años, antes de que la demanda regional presione sobre los gasoductos disponibles.
El otro desafío es el precio. Velásquez estima que el gas vendido en el mercado interno cuesta en promedio 1,30 dólares por millón de BTU. Si una industria opta por importar, probablemente pagará más y podría trasladar parte de ese incremento a sus productos. No obstante, aclara que el decreto no implica por sí mismo un aumento inmediato en las tarifas eléctricas ni en las facturas domiciliarias: las termoeléctricas de ENDE seguirán recibiendo gas de YPFB, por ahora.
Osvaldo Barriga, presidente de la Cámara Nacional de Exportadores, sostiene que la nueva norma ayuda a planificar inversiones que duran 15, 20 o 30 años. «Hoy esto es una ayuda al sector privado, pero no una solución de fondo», advierte. Para las fábricas, insiste, el peor escenario es no contar con energía para mantener las máquinas funcionando.
Eduardo Olivo, presidente de la Cámara Nacional de Industrias, mira más allá del abastecimiento. Anticipa que algunas empresas tendrán que adaptar equipos, incorporar energía solar y diversificar su matriz energética para competir con los países vecinos. Importar no sustituye una política de producción industrial.
Desde el Gobierno, el ministro de Obras Públicas, Mauricio Zamora, asegura que se trabaja para evitar la escasez. «Mucha gente ha empezado a decir que va a faltar el gas», señaló, y afirmó que el Ejecutivo prepara medidas para garantizar el suministro. También defendió las «decisiones valientes» de Rodrigo Paz.
La norma dispone hasta 20 días hábiles para la reglamentación ministerial y otros 20 para las disposiciones del regulador. Después vendrán los contratos, los precios y la logística. Bolivia conserva los ductos de su antigua bonanza. La pregunta es si llegará a tiempo para asegurar el gas que necesitarán sus industrias cuando la producción nacional ya no alcance. El giro no borra la historia exportadora, pero obliga a revisar futuro energético.
