Para algunos o muchos, el mercado es un endriago al que hay que temer, entrar en él significaría penetrar la jungla, lugar donde se arraiga un darwinismo feroz de rivalidades y contiendas empresariales, donde únicamente el más fuerte tendría posibilidades de sobrevivir. Quienes piensan así, no serían aquellos que persiguen la libertad económica, la competencia, sino los que provienen de la dependencia estatal. Ciertamente, el mercado implica competencia, pero, siempre con opciones de renovación, de poder desplazarse hacia otros sectores de la economía si no se hubiese alcanzado éxito en algún rubro.
Sucede que todo modelo económico contiene su propio sujeto activo y, si hablamos de mercado, entra ahí, el empresario privado como sujeto/agente económico. Una explicación al respecto, se entiende por empresario aquel que forma parte del que-hacer de la función de producción, aportando estrategias, capital propio, como agente de riesgo, y con conocimientos actualizados como todo un activo intangible (know-how), cuya fuerza competitiva es toda una antinomia de la ineptitud e inoperancia estatal, por lo que intenta siempre manejarse dentro una libertad individual (de empresa).
Pero, si acometiéramos delinear el perfil del empresario boliviano, se advertiría inicialmente en él, el arrastre de una catexis estatal o, esa energía mental que consciente o inconsciente está cargando en su accionar, independientemente del modelo económico. Esto debido al posicionamiento económico estatal cuasi endémico en la historia económica de este país que, ha ido con-formando sus actores económicos a imagen y semejanza del propio Estado. Una razón de peso que explique este fenómeno de un empresario-estado, podría clarificarse en cierta medida, prestándonos determinada terminología marxista y, afirmar que, en Bolivia al no conformarse una Formación Económica-Social con un único y exclusivo modo de producción capitalista (como ocurrió con el capitalismo moderno), hizo que este empresario-estado, haya quedado encadenado a otros modos precapitalistas con los que ha convivido y convive a-históricamente. Este “detalle” hizo de él, un alto dependiente de las dádivas estatales. No es casual cierta apatía en sus actuaciones. Esperando todo del Estado, desde la captación e importación de capitales internacionales, para luego, depender del gasto e inversión pública dirigidas a obras donde sea él, un “sujeto de la obra pública”, y no del mercado, olvidando que el gasto público ≠ a inversión privada.
Por eso, ese tipo de empresario se asemeja a un burócrata más, que sigue fielmente el llamado de la ordenanza de las licitaciones públicas, evitando el riesgo de la aventura competitiva. Es un símil estatal, que ejecuta y construye obras públicas de todo tipo, y si “produce”, lo hace desde la extracción de minerales, hasta el simple embotellamiento del agua donada por la naturaleza, muy rara vez se lo encuentra transformando la materia prima extraída. Otros, mantienen juegos dentro la especulación comercial, siendo actores resaltantes de las importaciones que van desde bienes de consumo a maquinaria, y por tanto, ocasionales actores del déficit en nuestra balanza de pagos. Los más vivaces y poco confiables del mercado, deciden más certeramente, doblar sus actividades económicas entrando a la “competencia” política. Finalmente, no faltan quienes, ignorando los avances tecnológicos y el capital fijo avanzado, todavía apuestan por la extracción de “plusvalía” a sus trabajadores.
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Por las anteriores razones, pasar a una economía de mercado, significaría que un nuevo sujeto económico asumiera la posta dejada por el burócrata-estatal, el técnico-estatal o el empresario-estatal, ese sujeto, sería un nuevo empresario privado autónomo, audaz, metódico, ambicioso, independiente, con capacidad de liderazgo (Max Weber), que rompa con los viejos modos de producción y, sea capaz de potenciar un mercado moderno que por naturaleza le corresponde.
Felizmente, han ido emergiendo novísimos módulos empresariales con buena carga de optimismo, jóvenes emprendedores que van desde la gastronomía hasta empresas tecnológicas acorde a estos tiempos. Hay otros, que ya están en acción, ignorados por el estatismo, fabrican y producen clandestinamente, de manera informal. Muchos son ilegales, porque el Estado siempre los ha perseguido con su burocracia chantajista, trámites permanentes e, “impuestos que son un robo” (Frank Chodorov). Son los que no permiten que el Estado se entrometa en sus negocios, por eso se caracterizan por contener capacidades competitivas y liberales, ágiles en el desplazamiento, con capital propio cuya ganancia no exportan a ningún paraíso fiscal, son los que reinvierten en su país, e incluso, (y aquí utilizo el título de un libro de investigación del PIEB): son los que, en el mercado furtivamente, “hacen plata sin plata”.
Oscar A. Olmedo
Economista. Estudios en filosofía.
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