La partitura social


La vocación artística se niega a nacer del vacío; es el eco de una chispa que se enciende en la infancia. La trayectoria de la destacada clarinetista boliviana Camila Barrientos ilustra a la perfección esta reflexión: fue al presenciar conciertos durante su niñez en Bolivia cuando descubrió que la música podía ser un destino fundamental para su vida profesional. Empero, ese despertar trasciende la anécdota individual para plantearnos un desafío estructural: la formación estética, artística y musical no deben constituirse en un privilegio de unos cuantos pocos, sino en el objetivo primordial de una sociedad que busca forjarse a sí misma y sus ciudadanos con sensibilidad y profundidad crítica.

En los hechos, para materializar esta visión en un aporte tangible, Barrientos -hoy solista de la Orquesta Sinfónica Municipal de São Paulo- junto a su esposo, el reconocido trompetista brasileño y gestor cultural Bruno Lourensetto, concibieron un puente de integración invaluable tras años de reflexión y discernimiento: el Festival Ecos Latinoamericanos. Bajo la visión conjunta de esa familia de artistas y músicos latinos, este proyecto asume la tarea esencial de democratizar la música clásica para despojarla del aire colonial que la envuelve y articularla con las raíces de nuestra geografía continental.

Revisando escrituras similares, en tablas aparentemente disímiles, el ensayista Hugo Balderrama señalaba en un reciente artículo suyo una paradoja fascinante sobre Francia, cual, a pesar de contar con una política estatal profusa y presupuestos millonarios destinados a la promoción cultural de esa prominente nación, su aparato institucional fue abarrotado por bandos opuestos que terminan marginando el verdadero desarrollo cultural hacia los escenarios enmarañados de la política.



Si en el mal denominado primer mundo la burocracia y la polarización asfixian el arte, en Latinoamérica nos enfrentamos a la orfandad de visión y políticas públicas efectivas. Sin embargo, es precisamente en esta privación donde la virtuosidad del rigor y la coordinación de gestores independientes como Lourensetto y Barrientos cobra un valor infinitamente transformador, exhibiendo que la cultura es en última instancia una necesidad urgente para los países en vías de desarrollo.

Es vasta la revisión empírica de organismos internacionales como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) evidenciando la importancia que la educación musical temprana imprime en los más jóvenes -no como un simple pasatiempo- sino como un motor de desarrollo que mejora la función cerebral, que desarrolla habilidades socioemocionales y eleva el rendimiento cognitivo de niñas y niños.

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Si posicionáramos el ojo cual forma clínica sobre la sociedad como sujeto y objeto de esta transformación, observaríamos que el festival despliega sobre ella el “Programa Promesas”, buscando acercar a los más jóvenes al mundo profesional de la música, pero aún cavila más lejos con espacios como “Bésame Mucho”, un concierto diseñado específicamente para bebés de cero a tres años. La apuesta de este festival es profundamente específica y motivadora, siendo a la vez política y sensorial: buscando garantizar que el primer contacto sonoro de los más pequeños nacidos en nuestra región sea con los compositores de su propia tierra, mucho más antes de ser introducidos al canon europeo que domina esta vertiente.

Llevar a cabo la articulación y organización internacional de esta magnitud, programada en su etapa boliviana del 9 a 15 de noviembre en el Palacio Portales, en la Muela del Diablo y la Iglesia de Santa Teresa de Cochabamba, y del 16 al 21 de noviembre en la Sala São Paulo en Brasil, exige de un rigor operativo superlativo que hace de la labor de la familia Lourensetto Barrientos una pericia trascendental. Para nuestro país, Bolivia, albergar estas fechas representa un nuevo hito para descentralizar la música de cámara y reconectar a la población con su identidad sonora democratizándola como arte solo accesible a la élite.

Con el propósito de expandir esta misión, el respaldo de instancias como la Universidad Mayor de San Simón, la propia Fundación Simón I. Patiño, así como Televisión Universitaria en Cochabamba, responde estrictamente a un eje como articulador educacional. En definitiva, lejos de cualquier afán promocional institucional, la sinergia de estas instituciones opera como una herramienta técnica que amplifique el alcance del festival, endosando su difusión y transmisión en vivo para conectar el talento local y el mensaje cultural con la capital paulista y el resto del continente.

Dicho sea de paso, el arte modifica la conciencia de la sociedad de forma responsable e irreversible. Una nación que anhela desarrollar su potencial debe comprender que invertir y apoyar activamente la sensibilidad estética de sus nuevas generaciones no es un gasto accesorio impertinente, sino es la construcción, desde la partitura y la proyección de su escenario, a la infraestructura humana más valiosa para su futuro.

 

Por: Dennis Gustavo Verduguez Albornoz