El Gobierno debe dejar de pensar en armas y destinar ese dinero a buscar y encontrar fórmulas para combatir la extrema pobreza.
Editorial
Son urgentes políticas destinadas a evitar que el hambre se agudice en el país. Habrá que aprovechar racionalmente la variedad de climas…
Bolivia no puede ser una isla en el concierto internacional y podrá sufrir también las consecuencias del virtual fracaso de la Asamblea Mundial sobre la Alimentación, que acaba de terminar en Roma, donde la ausencia de los países que integran el Grupo de los Ocho impidió que se concretara un aporte económico para paliar el hambre en el planeta.
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Mientras tanto, como dijo el director de la FAO, Jacques Diouf, un niño está muriendo de hambre en el mundo cada seis segundos.
El hambre es uno de los más grandes males que aquejan a la humanidad y enfrentar esta mortal plaga requiere del apoyo económico de los grandes países desarrollados que parecen querer postergar sus propios acuerdos. Hace ocho meses ofrecieron 20.000 millones de dólares, de los 44.000 millones que se necesitan anualmente para erradicar el hambre de la faz de la Tierra. Esa suma es pequeña relacionada con el billón 300.000 millones de dólares anuales que gastan en armamento.
El hambre está también estrechamente vinculada a la preservación del medio ambiente o a evitar que continúe la contaminación ambiental que provoca el recalentamiento del planeta y, por lo tanto, la escasez de agua. En Bolivia ya se siente con fuerza ese fenómeno.
Las épocas de lluvias tampoco son aprovechadas y no se construyen reservorios. Las aguas desaparecen raudamente de las regiones altiplánicas y van a inundar las tierras bajas del oriente para después desembocar en el mar, perdiéndose definitivamente. Hacen falta políticas y estrategias gubernamentales con visión de futuro para que nuestra población no sufra, a corto plazo, más escasez de agua y más hambre de la que sufre actualmente. El Gobierno debe dejar de pensar en armas y destinar ese dinero a buscar y encontrar fórmulas para combatir la extremas pobreza.
El agua, en nuestro país, es desperdiciada debido a la falta de educación para preservarla y emplearla básicamente en riego de campos aptos para el cultivo de alimentos cada vez más escasos, mientras aumenta su demanda, pues el mundo tiene cada vez más habitantes. Son urgentes políticas destinadas a evitar que el hambre se agudice en el país. Habrá que aprovechar racionalmente la enorme variedad de climas y las extensas zonas no explotadas agrícolamente que tenemos. Somos apenas diez millones de habitantes sobre más de un millón de kilómetros cuadrados, casi todos totalmente cultivables, cuyos productos podrían, además, encontrar fácilmente mercados externos.
Sin embargo, el problema del efecto invernadero es más complicado porque no depende de un solo país y menos tan subdesarrollado como el nuestro. Depende de decisiones que tomen los industrializados y que rehúyen a hacerlo. Por eso, la reunión de Copenhague, de diciembre, será casi otro saludo a la bandera porque las naciones industrializadas determinarán sólo las cuotas de reducción de gases que les tocará, después de haberse dejado para 2010 la suscripción de un acuerdo para aplicar reducciones inmediatas.