¿Bolivia cambia o no cambia?


¿Está en Bolivia cambiando algo o sólo asistimos a una versión renovada de una inacabable repetición?

los_tiempos_beta Editorial Los Tiempos

¿Está cambiando Bolivia o sigue, como una mula alrededor de una noria, moviéndose siempre alrededor del mismo lugar?



Aparentemente, no tendría que ser muy difícil responder tal pregunta.  Un sí o un no categórico serían las respuestas posibles y cada cual tendría que ser respaldada por sólidos argumentos.

Pero en los hechos, no resulta tan fácil hallar la respuesta a tan aparentemente fácil pregunta. Y no lo es, entre otras muchas razones, porque quienes más tendrían que contribuir a buscarla son los más confundidos, los que más dificultades tienen para dar luces al respecto. Nos referimos a quienes asumen, sin merecerlo, el papel de conductores, de guías, de líderes de la sociedad.

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Oficialistas y opositores, en eso, tienen muchos más elementos en común de los que quieren reconocer.

Más allá de sus aparentes discrepancias, todos parecen haberse unido en un mejunje cuya complejidad se sintetiza en la facilidad con que las cruces esvásticas son remplazadas por efigies del Che Guevara, o viceversa. Y ese no es un pequeño detalle en tiempos cuando los símbolos importan tanto o más que los hechos.

Ideólogos del “proceso de cambio” que se exprimen el cerebro buscando argumentos para justificar la necesidad y conveniencia de nutrir sus filas con quienes hace sólo un año enarbolaban banderas nazis para apalear a los intrusos “indios collas” y hoy, luciendo con orgullo poleras con la imagen del Che Guevara esgrimen las banderas del MAS y los mismos garrotes de ayer para defender a su nuevo amo, son sólo un ejemplo. ¿Ese es un cambio o no lo es?

Como fuere, es sólo la manifestación más visible y cruda de algo que también se deja ver, aunque más sutilmente, de muchas otras maneras. Candidatos opositores que proponen subvencionar el acullico de coca en nombre del carácter “sagrado” de la hoja, o ideólogos de la “revolución cultural” que organizan concursos de “Miss Universo”, son ejemplos no menos elocuentes.

La frecuencia con que unos afirman que en Bolivia no está cambiado nada, para en el siguiente párrafo sostener que ha dejado de estar vigente el Estado de Derecho y que en su lugar impera un régimen totalitario, es otra pequeña muestra. La incongruencia es obvia, pues si haber pasado, o estar pasando, de un régimen democrático a uno dictatorial no es un cambio importante, ¿qué es?

¿Es más de lo mismo, o no lo es?

Afirmar que si hay cambio es un “cambio negativo” y no “un cambio positivo”, está bien para llenar las páginas de alguna antología del disparate. Pero no para una interpretación seria de lo que está ocurriendo en nuestro país. Y si el diagnóstico es tan malo, no puede esperarse que el remedio propuesto sea mejor.

Quienes salen ganando de tanta confusión son los que en uno y otro extremo comparten el mismo desprecio por las sutilezas ideológicas y no pierden tiempo en ellas. Son los que con el mismo fervor con que prestaban sus servicios a regímenes de derecha radical del reciente pasado hoy ponen sus habilidades al servicio del “proceso de cambio”. Y es más probable que mañana den otro giro, mientras sigamos preguntándonos: ¿Está en Bolivia cambiando algo, o sólo asistimos a la versión renovada de una inacabable repetición?