Con la clausura del Congreso se clausura también la democracia pluripartidista y con la institución que lo remplaza se marca el inicio de un régimen que tiene todos los rasgos de uno monopartidista
Hoy, en un acto tras cuya formalidad rutinaria se esconde una importancia mayor de lo que indican las apariencias, serán clausuradas las sesiones del Congreso Nacional. El hecho marcará un hito en la historia de nuestro país. Es que lo que se clausura no son sólo los casi cuatro años de la gestión parlamentaria que se inició en enero de 2006, sino toda una etapa en la historia de nuestro país.
El hecho es importante porque se trata de algo más que un cambio de nombre. Es uno más de los muchos cambios que señalan el fin de toda una era y el inicio de otra. Tendrán que ser por eso los historiadores quienes, cuando el tiempo haya puesto la distancia imprescindible para juzgar los hechos con la perspectiva necesaria, hagan los balances, las interpretaciones, busquen las explicaciones y juzguen lo que eso significa.
Por ahora, sólo se puede afirmar que los casi cuatro años de gestión parlamentaria que llegan a su fin fueron un fiel reflejo de la manera como fue agonizando durante los últimos tiempos el que fue uno de los pilares fundamentales de la institucionalidad republicana. Una agonía lenta pero irreversible que se inició con la descomposición del sistema de partidos políticos vigente durante los últimos 27 años.
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Como ahora es oportuno recordar, fueron tres los partidos sobre los que se sostuvo la institución parlamentaria durante casi tres décadas. MNR, ADN y MIR, a los que en condición de apéndices se sumaron siglas menores sin mayor trascendencia histórica, como UCS, Condepa, NFR y otras fueron los partidos que al haber incurrido en una especie de suicidio político colectivo sellaron la suerte del Congreso Nacional. Es muy significativo el hecho de que ninguno de ellos participe hoy en las exequias del que, por lo menos en teoría, era el “Primer poder del Estado”.
En ese contexto, se puede afirmar que el Congreso que se clausura no fue más que un elemento de transición entre el período histórico que concluye y el que ahora se inicia. Fue un Congreso en cierto modo irrelevante, pues su rol protagónico fue ocupado por la Asamblea Constituyente. Y aunque sirvió para darle un aspecto de legitimidad y legalidad a un proceso que se desarrolló en otros escenarios, no fue en sus ambientes donde se trazó el nuevo rumbo por el que ahora se encamina Bolivia hacia un incierto futuro.
El lugar que deja el Congreso Nacional será ahora ocupado por la Asamblea Legislativa Plurinacional, una nueva institución que por diferentes razones tendrá muy pocos elementos en común con la que lo antecedió. La mayoría absoluta de la bancada oficialista, por una parte, y la inexistencia de una organización política de oposición capaz de hacer de contrapeso, por otra, crean las condiciones para que el futuro Órgano Legislativo no sea más que una caja de resonancia a través de la cual se manifestará la omnímoda voluntad del Órgano Ejecutivo.
Se puede pues por eso afirmar que con la clausura del Congreso se clausura también la democracia pluripartidista y con la institución que lo remplaza se marca el inicio de un régimen que tiene todos los rasgos de uno monopartidista.