Editorial – El DeberSanta Cruz no es una región que le haya prestado una gran atención a la política. No es, en todo caso, comparable al occidente del país, donde la política resulta fundamental en la vida cotidiana. Al estar los poderes del Estado y, por tanto, el grueso de la administración pública establecido en La Paz, Cochabamba o Sucre, hacen que de la suerte de la política dependan los ingresos de la mayoría de las familias. No es el caso cruceño, donde se depende de la agricultura, la industria, el comercio y, por lo tanto, los cambios de gobierno importan menos.Sin embargo, Santa Cruz ha tenido políticos muy importantes antes y ahora. No se puede afirmar que los cruceños no entiendan la política nacional, sino que la observan de manera distinta. Y en estos tiempos que transcurren, ¿quién comprende la corriente renovadora que ha constituido un nuevo Estado Plurinacional? ¿Cómo las personas serias pueden interesarse por algo etéreo que tiene una mentalidad netamente andina y que es ajena a la idiosincrasia oriental? Lo anterior, sumado al mal trato que han recibido muchos líderes cruceños de parte del Gobierno, donde basta ver las acusaciones de separatismo y terrorismo que se siguen ventilando en un descabellado juicio contra ciudadanos agobiados de indecorosas acusaciones, han hecho que la dirigencia del departamento se haya hastiado. Su lugar lo han tomado, lamentablemente, personas afines con el partido oficialista u otras que han llegado hasta nuestra ciudad instruidas para extorsionar y amedrentar. La justicia, tan desacreditada, ha sido una de las vías de sometimiento.Es por eso que se denota gran indiferencia a la hora de participar políticamente. Hay miedo, sin duda. Existe temor a las citaciones judiciales o al destierro. Hay cruceños que están dando la cara abiertamente y que se enfrentan al poder, ciertamente. Desde la Gobernación y el Comité Cívico se ve un propósito de detener el avasallamiento foráneo. Sin embargo, falta la unidad, porque desde la Alcaldía, por ejemplo, y otras instituciones de desarrollo asoma ya no indiferencia sino, peor, condescendencia total al poder central.El Gobierno ofrece fuertes inversiones y apoyo político a quien lo respalde y el deber de toda autoridad es velar por los intereses de su región antes que nada; sin embargo, la actitud extorsiva del oficialismo indigna. Eso de recibir beneficios a cambio de sumisión es algo detestable. Y lo que extraña es que hasta las ofensas queden sin respuesta o sean llevadas a broma.