El repudio al pensamiento crítico


Enrique Fernández García

eldebercom Seducir a los hombres que no aprecian el intelecto, sea propio o ajeno, es una práctica corriente cuando la incultura consigue su exaltación gracias al apoyo de quienes gobiernan un país. Conforme a la óptica oficialista, hay urgencia de hacerlo porque los mitos son acogidos, con naturalidad, por aquéllos que rechazan constantemente el apego al razonamiento. Dado que son diversas las mentiras del régimen, su implantación entre los súbditos no consiente tardanzas; la fe en el ideal totalitario precisa de conversiones rápidas, masivas e incesantes.

Según Albert Camus, el individuo que, basándose en un particular juicio de valor, no acepta una situación específica, negándole su aprobación y considerándola injusta, contraria a sus derechos, es rebelde. Desde luego, la rebeldía es un estado al que no se accede espontáneamente; su conquista implica esfuerzos, incluso sacrificios de dichas efímeras. Acontece que una disciplina en la cual no haya lugar para el diletantismo y un afán de buscar verdades cimentan su principal presupuesto: el espíritu crítico, cuya presencia ha sido siempre molesta. La cuestión es que, como lo han demostrado las grandes hazañas del hombre, el trabajo meditativo resulta elemental si queremos pasar de un activismo infundado a una movilización con sentido. Por supuesto, al pensar libremente, un sujeto se arriesga a terminar juzgando inaceptables los axiomas que había profesado en una época precedente.



Debe desaprobarse la tesis de que las disquisiciones son indeseables sólo en el sector gubernamental. En realidad, la repulsión que sienten los adoradores del oficialismo es compartida por muchos opositores. Estos últimos se inclinan por una observación superficial y un lance que no exceda las fronteras de la violencia verbal. Es probable que afronten, de buena gana, vapuleos, pugilatos e infamias; empero, desprecian los duelos intelectuales porque, en el fondo, reconocen sus carencias. Les basta elegir a un cabecilla, generalmente iletrado, que les repita discursos sin sustancia, mas en los cuales puedan encontrar sus gritos de guerra. Cumpliendo órdenes, la disidencia es vituperada con el mismo furor que cuando intenta aparecer entre los gobiernistas. Es llamativo que su noción de unidad tenga como presupuesto la supresión del cuestionamiento interno.

Con algunas excepciones, la detestación del esfuerzo intelectual está bien vista por ambos bandos. Estoy completamente seguro de que las discusiones entre los dos bloques continuarán teniendo la misma categoría, ese nivel tan ramplón cuanto deplorable. Pese a este panorama, su aversión al conocimiento no conseguirá la claudicación de los que continúan apostando por el pensamiento autónomo para tener un mejor porvenir. Por eso, aun cuando sean minusvalorados, seguirá siendo elogiable que haya seres dispuestos a contrarrestar los bramidos del grupo. Ellos son los que, merced a sus inquietudes, hacen posible el descubrimiento de las equivocaciones, la reconducción del trayecto, así como cualquier perfeccionamiento institucional. Una condición humana que haga posible nuestra convivencia reclama también su existencia, pues únicamente la sensibilidad del individuo crítico advierte, en el momento preciso, los abusos cometidos por el poder.

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