Múnich trata de recuperar el pulso mientras resuenan las historias de los que vivieron de cerca el ataque y salvaron su vida por minutos
La policía alemana custodia el McDonalds atacado el viernes por David. S., de 18 años. JOHANNES SIMON (GETTY IMAGES) / EFE
Como en el caso de sus invitados, el recuerdo de la matanza se asociará para muchos habitantes de la ciudad a la noche en que debieron improvisar un lugar donde conciliar el sueño. A la iniciativa que se extendió a través de Twitter de vecinos que ofrecían sus casas a aquellos que, lejos de sus viviendas y sin transporte disponible, se encontraban tirados en la calle, se sumaron las puertas abiertas de las mezquitas de la ciudad y el uso de instituciones públicas como refugio. Vera Reetberter, estudiante de tecnología de 26 años, lidiaba con los barriles de cerveza de un lado a otro durante la celebración del 500 aniversario de la ley de pureza de la cerveza bávara, un evento en el que participaban 100 cervecerías de la región y que llevaban preparando durante meses. Unas horas después de su comienzo estaba encerrada en un edificio público junto a decenas de personas que huyeron ante la amenaza de los tiradores y que acabaron pasando la noche en un hotel.
Pero los disparos de Sonboly. no solo sembraron el pánico. Desde que se conociera la matanza, parte de la sociedad alemana aguardaba más datos sobre el agresor para extraer conclusiones políticas según su filiación islamista o de extrema derecha, las dos alternativas que se barajaban y que de momento la policía descarta. La líder xenófoba de Alternativa para Alemania (AfD), Frauke Petry, publicaba una fotografía con ambulancias y furgones policiales en redes sociales para proclamar que esa era la nueva normalidad que le espera al país, mientras entre algunos ciudadanos musulmanes el deseo era que el ataque no tuviera motivaciones religiosas. «¿Te imaginas lo que eso supondría para los musulmanes?», preguntaba temeroso este sábado un taxista turco que prefería ocultar su identidad para no enfadar a nadie. «Me gustan los alemanes. Esta ciudad es muy segura», añadía.

Otro compañero de profesión, Yamam Qader, nacido en Kabul hace 52 años pero hoy con nacionalidad germana, llegó como refugiado a Alemania hace más de dos décadas huyendo de los radicales religiosos por su militancia antiislamista, pero hoy asume el ideario de los que rechazan la llegada de más refugiados: «Merkel abre las puertas a los terroristas», critica. El espíritu de concordia que rodeó la llegada de los primeros refugiados a Alemania, cuando multitud de ciudadanos acudieron a la estación de tren a recibirlos con mantas, juguetes y ropa y las autoridades tuvieron que pedir el fin de las donaciones porque no se daba abasto, parece haber quedado opacado por la nueva dialéctica del miedo que las formaciones populistas tratan de explotar.
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Pese a ello, las calles de Múnich dejaron de ser este sábado el desértico escenario que un solo hombre impuso en la noche del viernes para seguir acogiendo a miles de transeúntes. Entre ellos Vera Reetberter, la estudiante que hoy retiraba los barriles de cerveza triste y resignada pero aprobando que no es momento de celebración, y la hija de ocho años de Nadine Zweiner, que volvía a sonreir junto a su madre y a la que intentan transmitirle que el peligro ha pasado: «Le explicamos que ya puede mirar por la ventana sin problema».

Fuente: elpais.com
