Actualmente, hay dos tipos de conflictos político-sociales en marcha en América del Sur. Por un lado, tenemos aquellos que se desarrollan en países donde los regímenes populistas-autoritarios se debaten en crisis terminales, como es el caso de la Venezuela chavista, sumida en el desabastecimiento extremo producto de su modelo económico intervencionista y en la parálisis sistémica generada por la obstrucción gubernamental al referéndum revocatorio.Sucede también en la Bolivia dominada por el evismo, donde la gobernabilidad social de la que se jactaba el vicepresidente Álvaro García Linera se derrumba en un ciclo de hiper-conflictividad, que enfrenta a la nomenklatura burocrática con los sectores corporativos que la llevaron al poder pocos años atrás.Por otra parte, los aliados de estos mismos regímenes en estado crepuscular (kirchnerismo y lulismo), ya expulsados del gobierno en Argentina y Brasil por vía democrática y constitucional, procuran desestabilizar a las nacientes administraciones republicanas mediante conatos de rebelión, con los que se busca desactivar los procesos por corrupción que desnudan la naturaleza cleptocrática de sus líderes principales.“Los pueblos tienen que reaccionar, estamos seguros que nuestros pueblos van a reaccionar”, dice casi con desesperación el canciller del régimen evista David Choquehuanca, anhelando la asonada que vuelva a poner al continente bajo la égida del reloj del sur, aquel cuyas manecillas retrogradan hacia un remoto pasado incaico-colectivista…[email protected]