Álvaro Puente CalvoEs el cuento de todos los días. Profetas de desgracias gritan a diario contra el crimen que cometen impunemente los que extraen piedra y arena del río Piraí. Para muchos, se está matando al río y a Santa Cruz. Cada camión cargado que sale del Piraí es una puñalada contra nosotros, contra la ciudad y contra la naturaleza. Hablan del desastre del río y se atreven a enarbolar la ecología como argumento para ajusticiar a dragueros, a ripieros y a areneros.Es ignorancia y es mentira. Todo es falso. No solo no matan a nadie, sino Santa Cruz sobrevive gracias al convoy permanente de camiones. Las aguas de nuestro río arrastran miles de toneladas de arena y van dejando su carga a lo largo de todo su curso. Ese sedimento formó las llanuras arenosas que ahora alojan a los cruceños. Durante miles de años, el Piraí ha ido cambiando su curso a medida que se hacía más alto el lecho que las orillas. Así pudo repartir pareja su carga por la planicie arrastrándose por toda su extensión. El problema es que hoy tiene en ambas riberas una población que no puede vivir escapándole al río. Hoy moramos a su vera dos millones de seres humanos que necesitamos controlar el cauce del río, dominarlo, para que sea posible la vida.Dese una vuelta por Puerto Paila. En 20 años se ha elevado más de cinco metros el cauce de su río. Los enormes pilares que soportan el puente ferroviario están a poco de perderse cubiertos por la arena. El drama de la gente de Paila, de Okinawa, de San Julián, de cientos de pueblos más y de las vías del tren es que nadie retira esa arena sobrante. Nadie los ayuda. Nadie detiene el ascenso permanente del lecho del Río Grande, que pronto los cubrirá a todos.En Santa Cruz de la Sierra sí tenemos quien nos proteja. Los areneros mantienen el lecho del río más profundo que la ciudad. Los mezquinos y los envidiosos sufren porque los areneros mueven millones. Los ecologistas baratos lloran porque los humanos intervienen en la naturaleza. Los terroristas de laboratorio se rasgan las vestiduras por unos hoyos que no duran media hora después de cada venida de agua. ¿Se imagina el cauce del Piraí cinco metros más alto cada pocos años? Todos se llevan las manos a la cabeza, pero la verdad es que no existe Searpi ni poder humano capaz de dragar eternamente el río Piraí.Si no fuera porque los constructores consumen una parte de la arena que sobra al río, nuestro Piraí no llevaría 33 años tranquilo e inofensivo, recostado en su viejo y profundo lecho.El Deber – Santa Cruz