Sin Fidel Castro, Irán se queda huérfano de antiamericanismo


leah-okLeah SoibelApenas dos meses antes de su muerte, Fidel Castro recibía en La Habana al presidente de Irán, Hasan Rohani. No fue casual que el líder iraní llegara entonces a la isla después de asistir en Venezuela a una Cumbre de Países No Alineados. Está la Irán actual embarcada en un proyecto de recuperar el pulso de su influencia en América Latina, una relación que vivió sus últimos episodios más intensos con el tándem formado por Hugo Chávez —gran deudor de la figura de Castro— y Mahmud Ahmadineyad. Es precisamente el Movimiento de Países No Alineados el instrumento (una anacrónica pieza de museo más propia de la Guerra Fría que de la realidad internacional actual) en el que la Cuba de Fidel y la Irán de los ayatolás escenificaron durante décadas su agenda antiamericana, «antiimperialista», diría Fidel.Pero con Fidel Castro muerto, con un proceso de apertura de relaciones con Estados Unidos y una ola social imparable que reclama democracia —en la isla y en el exilio—, Irán pierde un aliado indispensable en su estrategia de infiltrarse en el continente americano para tratar de hacer daño a Estados Unidos y a los países que eligen abrazar los valores de libertad y derechos democráticos. Todavía es pronto para borrar a Cuba de la ecuación iraní. Fidel Castro fue el gran impulsor de una alianza de décadas entre Teherán y La Habana, pero, por el momento, al frente de Cuba se queda su hermano, que, aunque ha iniciado algunos proyectos reformistas, sigue perfectamente alineado con el eje bolivariano en el que se apoya Irán, liderado por la Venezuela de Nicolás Maduro.Es innegable que soplan vientos de cambio, que se ha abierto una ventana de oportunidad para el cambio en Cuba, y que Venezuela y sus socios latinoamericanos no viven precisamente unos tiempos muy boyantes. Así que la muerte de Fidel Castro, aunque simbólica, puede ser vista como un punto de inflexión que cambie el curso de una historia que Irán se empeña en reescribir.Fidel Castro y su revolución en Cuba representaron, para los iraníes de los ayatolás que se alzaron con el poder en 1979, una oportunidad única de asentar su antiamericanismo a escasos kilómetros de las costas de Estados Unidos. Castro le puso en bandeja a Irán una puerta de entrada al continente, que se fue traduciendo, en las siguientes décadas, en la aparición de una red de miembros de la milicia terrorista libanesa Hezbollah, el brazo armado de Teherán en el Medio Oriente y en el mundo. Se infiltraron en muchos países del Cono Sur y los recursos energéticos persas engrasaron una relación que ganó mucha fuerza en la década de los noventa y en los primeros años de este siglo. No olvidemos que Irán como autor intelectual y Hezbollah como operativo logístico necesario están detrás de masacres como las de la Embajada de Israel y la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en Buenos Aires, ocurridas en 1992 y 1994 (22 y 85 muertos, respectivamente); y que aún a día de hoy, más de veinte años después, los iraníes eluden toda su responsabilidad.Conviene recordar todos estos asuntos con la muerte de Fiel Castro para no olvidar que la relación que tejió con Irán durante su liderazgo en Cuba ha causado mucho dolor a los latinoamericanos y ha distorsionado en numerosas ocasiones el entendimiento y la convivencia entre los pueblos hermanos de América Latina.No es fácil vislumbrar qué es lo que ocurrirá en el futuro a corto y medio plazo en Cuba, ni se corta aquí el hilo de Teherán con Latinoamérica, pero desde luego, con la muerte de Fidel Castro, se va el gran artífice de una relación artificiosa basada en la injerencia y en el interés mutuo de unos regímenes políticos totalitarios, por lo tanto, una relación en detrimento del interés de los que viven en la isla o de los que lograron exiliarse: los cubanos.Infobae – Buenos Aires