Antes de llegar a Afganistán, la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, dejó latente el compromiso a largo plazo de Estados Unidos en Pakistán con el anuncio de una fuerte inversión económica para contribuir a la prosperidad de ese país, un aliado esencial contra los talibanes. Clinton prometió una ayuda de 7.500 millones de dólares, ya autorizados por el Congreso norteamericano, para construir en los próximos cinco años hospitales, carreteras y pantanos, para aumentar el acceso a agua potable y electricidad, para conceder créditos a pequeños empresarios y para desarrollar proyectos de renovación tecnológica. Es decir, para mejorar la vida de los ciudadanos paquistaníes.
Ese dinero es el resultado de una política, la que en estos momentos defiende la Casa Blanca, que considera que sin la colaboración de Pakistán es imposible ganar la guerra de Afganistán y que para obtener esa colaboración es necesario ganarse antes los corazones de los paquistaníes.
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