Rugidos de leones en medio de la noche, ritmos y cantos africanos, jirafas entre los árboles, viñedos y bodegas en la Ruta Jardín, el ascenso a la Table Mountain y el recuerdo de Nelson Mandela en Ciudad del Cabo: postales en primera persona de un viaje por este país del sur de África.
Cebras y jirafas, entre los animales más fotografiados de los safaris en Sudáfrica (EFE)
Hay más silencio que grillos en la noche espesa de Sudáfrica. La primera cena terminó hace más de dos horas en un comedor lejano y el sueño me es esquivo en la cabaña, donde casi todo lo que me rodea es de madera o vidrio. El lugar simula ser una tienda, pero con los detalles de un hotel cinco estrellas y “materiales nobles que se funden con el entorno natural”, como les gusta describir a los redactores de folletos turísticos. En la habitación caen tules desde los tirantes superiores de la cama tamaño king y el cuerno de algún animal envuelve el pie de la lámpara sobre la mesa de luz, junto a la puerta trasera. Abro los postigos con ruido a hierro, tengo miedo, me siento parte de una de esas películas de terror en las que una ruega que la actriz no salga de la casa ante una presencia extraña; y lo hace. El cuerpo tiembla de frío y las estrellas de misterio.
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Leones y búfalos, Sudáfrica (AFP)
Suenan pasos de cuatro patas en el pasto que crece hasta las montañas. Irreconocibles y con ritmos superpuestos, los sonidos inquietan. Deben ser los antílopes que al atardecer se veían por esta zona de Botlierskop, una de las tantas reservas privadas de este país, situado en el sur del continente africano y, más precisamente, en la Ruta Jardín que llega a Ciudad del Cabo.
Se oyen otros pasos. Ojalá sean los antílopes porque un rinoceronte, por ejemplo, podría tener un comportamiento más agresivo. En cambio, si son los antílopes… Se escucha un rugido y entro corriendo. Esto es África.
Las cataratas más altas del mundo
Está claro que no puede haber leones al alcance de los huéspedes –o viceversa- en el lodge de lujo donde estamos alojados. Recién mañana haremos el primer safari y voy a despejar las dudas, pero es imposible que un felino cercano haya sido el responsable del rugido prolongado y desgarrador, intimidante y seductor. La imaginación dibuja unos ojos amarillos mientras la memoria me lleva de esta cama con cubre colchón eléctrico a la habitación donde me quedaba a dormir a veces en la casa de mis abuelos maternos, a unas quince cuadras del zoológico: según cómo soplaba el viento, se escuchaban los leones a la noche. Sigue siendo fascinante.
Tienta sobre un escritorio rústico el botellón de jerez sherry con una copa diminuta al lado, antes de dormir en esta caja de resonancia, envuelta en grillos y pasos de cuatro patas. Qué abismalmente cerca siento ahora mis visitas casi semanales al Zoo de La Plata durante la infancia, mi libro de tapas duras Animales de África y las horas frente al televisor mirando Daktari.
Un día de safari
Con sueño y jet lag (hay cinco horas de diferencia con respecto a Argentina), se sale en una camioneta Land Cruiser de Toyota, después de tomar sólo un jugo porque el suelo es irregular y aconsejan no desayunar. Son las 6 de la mañana y, tapados con frazadas, avanzamos por caminos de tierra colorada. La noche agoniza.

Safari en una reserva de Sudáfrica (DP/Viajes)
“Los animales están más activos durante el alba y el ocaso, por eso los safaris se organizan en estos horarios”, explica Marco Stephan, el ranger (guardaparque) que dirige esta aventura. Con el volante a la derecha, una de las marcas culturales que quedaron del dominio del Reino Unido, maneja a los saltos y frena cuando ve tres jirafas. Se rasca su barba pelirroja, no tiene idea de la procedencia de su apellido y cuenta los hábitos de estos animales. Entre su british que se africaniza cuando habla rápido y la exaltación por estar a seis metros de una familia tan esbelta, los viajeros sólo ponen su atención en las fotos que sacan de los tres cuellos entre los árboles. Esto recién empieza.

Los safaris se hacen bien temprano, al amanecer, o por la tarde, cuando cae el sol ya que son los mejores horarios para ver animales (DP/Viajes)
El andar metálico de la 4×4 atraviesa un arroyo y el galope de una docena de ñus (unos antílopes desgarbados) cruza el sendero y se pierde entre los pastizales y las cebras. Comienza la lección de antílopes: los waterbok saltan en el agua, los bontebok son blancos y marrones y sólo se encuentran en el sur de Sudáfrica y los steenbok son tan limpios que se los compara con gatos. “Los kudu tienen los cuernos más largos (llegan a medir 160 centímetros) y los impalas, negros o colorados, se encuentran en abundancia en todo África”, dice Marco. Justo señala un eland, el rey de los antílopes africanos, ya que el macho pesa más de 800 kilos.
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“¿Cuál es el animal más peligroso?”, pregunta Marco y nadie adivina. El mosquito. Por suerte, estamos en el oeste de Sudáfrica, una zona libre de malaria. Distinto es el panorama en el Parque Nacional Kruger y en algunas reservas del noreste del país, donde hay que medicarse antes de ir.
La mirada dorada del rey
El cielo está mitad celeste y mitad rosado, la mañana helada se siente fresca y la mente repasa los Big Five (Cinco Grandes): elefante, rinoceronte, búfalo, león y leopardo. Salvo el último, que no hay en esta reserva de 3.500 hectáreas, los otros se pueden ver en cualquier momento. Al pasar a otro sector, más apartado, se intuye que alguno está por aparecer.

Un león se acerca al vehículo del safari, Sudáfrica (DP/Viajes)
Viene corriendo un león y dejo de respirar, para que no me escuche. El cruza la ruta de tierra, mira la camioneta con indiferencia y camina a la par. El lomo ondulante y la melena tan real. Marco frena y el león también: tiene una herida junto al hocico: África no es un zoológico y los animales pelean por comida y territorio. Durante unos largos segundos, compruebo que es cierto todo lo leído sobre la mirada del animal más emblemático y temido de la selva y la sabana. El león tiene sus ojos amarillos en los míos, húmedos, ámbar, fijos, casi dorados.
Se acuesta en los pastos con las patas delanteras extendidas, como una esfinge, al lado de una leona que mastica y lame un hueso del tamaño de mi brazo. Según Marco, los leones ven a la camioneta y a las personas que van adentro como un solo objeto que no representa un peligro para ellos. Pero si hubiera un hombre abajo en movimiento sería distinto: en ese caso, lo mejor es quedarse quieto y gritar para ahuyentarlos. Nadie quiere ser protagonista de un video viral que recuerde a la película Garras.

Una pareja de leones (DP/Viajes)
-¿Es posible que anoche haya escuchado rugidos desde la habitación?
-Seguro. Los leones no pueden llegar hasta allá porque están en un área cercada de 100 hectáreas, pero el sonido sí. No escuchaste mal.
Seguimos por subidas y bajadas, atravesando pastizales con rumbo a donde los rangers saben que suele haber elefantes. El segundo grande de este safari está lejos, pero su cuerpo es tan grande y gris oscuro y sus colmillos son tan blancos y curvos que la distancia se acorta.
El círculo se cierra al tener en las manos una botella de Amarula (la etiqueta es la cara de un elefante), cuando Marco propone tomar un “café africano”. Es decir, agregándole a la taza un poco del licor típico de Sudáfrica que se consigue en Buenos Aires. El grupo está contento y celebra el safari matutino con un desayuno al aire libre, abrazados por las montañas Outeniqua y sabiendo que las playas del océano Indico están a pocos kilómetros (aunque no las veremos).
Después del almuerzo, se sale de nuevo en la Toyota, y esta vez serán tres horas entre avestruces en libertad, cebras, impalas, una rinoceronte amamantando a su cría y muchos ñus: por fin se materializaron esos extraños seres que salvaron a más de uno en las partidas de Scrabble. El hipopótamo nunca asomó más que las orejas en el agua estancada y, hacia el final del recorrido, vimos muchísimos búfalos pastando. Las siluetas a contraluz, con el ocaso inminente y un Sauvignon Blanc sudafricano para brindar y agradecer por esta jornada.

Un rinoceronte pasta mientras el sol se pone en el una de las reservas de Sudáfrica EFE/ANTONIO LACERDA
Carnes de caza y tambores mágicos
Al regresar al lodge de la reserva, todavía quedan sorpresas: se ve una jirafa desde la mesa del comedor y unos cuantos búfalos y antílopes desde la cama de mi habitación.
Se cena a las ocho y Leicester es el encargado de las carnes de caza: “¿Qué le sirvo? Aquí hay ñu, kudu, impala y eland. Los platos de allá son avestruz y cocodrilo”. Los señala y sirve un poco de todos, sin confundirse ninguna de las mil veces que le preguntan cuál es cuál y enseñando siempre un diente dorado al sonreír.
En la terraza exterior, alrededor del fuego, tres hombres con camisas sueltas multicolores empiezan a tocar los tambores que mantienen, inclinados, con las piernas. No se sabe qué dicen, tan afinados, pero el canto es magnético.
Uno de ellos, Silas Sibanda, le da un tambor a cada viajero y les enseña unos ritmos básicos, mientras juega a acelerar las manos para ver si alguien se pierde. Las voces brillantes, que algo lamentan y algo celebran; las seis palmas blancas que se mueven sin esfuerzo contra los parches; las chispas rojas y el gemido de las brasas de la fogata. Esa alquimia creó un momento mágico que quedó en la piel. Por unos minutos, entramos en trance con total sincronización.

Jirafas en las reservas naturales de Sudáfrica EFE/ANTONIO LACERDA
Prefiero perderme el volcán de chocolate que sirven de postre pero charlar con Silas en inglés porque no conozco ninguna de las once lenguas que domina. “Soy de Zimbabwe pero mi tribu, tonga, es originaria de Zambia”, aclara Silas Sibanda, de 28 años, quien llegó a Sudáfrica en 2009 para trabajar con elefantes en otra reserva y luego lo contrataron como ranger en ésta. Dice que su gente se concentra en Zimbabwe y Zambia: “Acá nunca vas a ver 200 tongas juntos”.
Silas habla de la personalidad fuerte de los elefantes, de su memoria y buen olfato, de la forma de las patas, de las terminaciones nerviosas, de la cantidad de huesos…
-Sabés mucho de elefantes.
-Demasiado. Ellos no olvidan.

Un elefante y su cria caminan por una reserva a 60 kilómetros de Puerto Elisabeth, Sudáfrica EFE/Robert Ghement
Hasta los 15 años, Silas creció con sus ocho hermanos en un pueblo cerca de las Cataratas Victoria, rodeado por kudus, búfalos, leones y elefantes. Todos los animales se quedaban a 4 kilómetros de las casas, excepto los elefantes. ¿Qué hacían? Los ahuyentaban tocando los tambores.
Fuente: clarin.com







