Modelos dignos de imitar


José Luis Bolivar

«Juana Azurduy está nuevamente embarazada cuando combate el 2 de agosto de 1814 con Padilla y su tropa, en el cerro de Carretas. Y Juana Azurduy sufre ya los dolores de parto cuando escucha las pisadas de la caballería realista entrando en Pitantora. Luisa Padilla, la última hija de los amantes guerreros, nace junto al Río Grande y experimenta ahora en brazos de su madre los ardores de la vida revolucionaria».

Cuando leo las líneas arriba escritas por el historiador argentino Juan Gantier, trato con todo esfuerzo imaginarme ese escenario y se me desgarra el alma.



Quien haya tenido la suerte de recorrer los valles chuquisaqueños hacia el norte de Potosí es capaz de encontrar una geografía plena de elevaciones enormes por doquier, donde arbusto y roca hacen familia y las crestas se ven tan altas como inalcanzables. Son breves cordilleras que terminan en largas planicies donde el agua es escasa y sus fuentes distantes una de la otra, hermoso lugar para pasear y admirar la naturaleza, pero para combatir, seguramente uno de los peores escenarios.

Mi primer encuentro con Juana Azurduy fue en 1977, una revista en formato de comic trajo a mí las primeras certezas sobre la vida de una mujer que reclama toda mi admiración y asombro.

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Una de las imágenes, de aquel pasquín, que se me quedó grabada, es la escena en que una monja del Convento Santa Teresa de Chuquisaca donde estaba internada, le reclamaba a la pequeña Juana del porqué se portaba como una “marimacho” e insultaba a sus compañeritas en quechua y cómo respuesta sólo recibía una mirada de furia y silencio, incapaz de explicarle que ella no quería ser educada ahí y que lo que necesitaba era estar en Toroca, su lugar de origen, montando a caballo, sintiendo la brisa en sus negros cabellos, saboreando la libertad, lastimosamente su temprana orfandad la había obligado a perder esos privilegios, y en cambio tener que educarse junto a la realeza de Charcas, con la que nunca se pudo llevar bien, pues las niñas no la aceptaban por a su origen criollo. Su padre don Matías Azurduy era un hombre acaudalado, dueño de muchas tierras y de gran influencia en la Real Audiencia, sin embargo su madre doña Eulalia Bermúdez, era tan sólo una chola chuquisaqueña.

Las paredes del convento no pudieron retenerla por mucho tiempo, y su indisciplina y rebeldía lograron que la expulsaran a los 17, oportunidad que aprovechó para volver a sus tierras. A sus 25 años se casó con el hombre de su vida, quien posteriormente se convertiría en el Coronel Manuel Asencio Padilla, hombre de un temple extraordinario, de gran prestigio y un carisma especial que lograba disciplina y obediencia en sus hombres.Cuando estalló la revolución del 25 de mayo de 1809, a los hermanos Zudáñez se unieron los esposos Padilla. La revuelta que había destituido al presidente de la Real Audiencia de Charcas, Ramón García de León y Pizarro fue derrotada a principios del año 1810 cuando los revolucionarios fueron vencidos por las tropas realistas que el virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, envió al mando del brigadier Vicente Nieto, condenando a sus cabecillas a prisión y al destierro.Aquello significó para la pareja perderlo absolutamente todo, y desde entonces, sumidos en la clandestinidad, dedicarse como familia al sueño continental que empezaba a convertirse en la campaña independentista que terminaría dentro de 15 años con la fundación de la República de Bolívar en la ciudad de Sucre.Cuando Padilla le dijo a su amada esposa Juana, tú te quedas escondida en Tarabuco y te encargas de nuestros tres hijos, mientras yo parto a la guerra. De ninguna manera le dijo la valiente mujer. Don Manuel, usted es hombre bravío además de valiente, y ardiente como lo conozco, sé que mujer no le faltará por donde lo lleve su caballo. Su mujer soy yo, y estoy para atenderlo y servirle como se merece y me lo manda Dios. Usted monte su caballo, que el mío monto yo, y donde usted vaya, ahí también iré yo.Y la pareja empezó a hacer historia, desde Cochabamba hasta Jujuy, el suelo americano empezó a escribir con sangre y sudor las glorias de los esposos que en diferentes oportunidades se juntaron y alejaron para hacer guerrilla por distintos suelos y diversos paisajes que encumbraron a ambas figuras hasta la inmortalidad.Doña Juana, por su lado, se encargó ella sola de forjar su imagen en base a un heroísmo digno de las leyendas Homéricas. Más de quince son los lugares donde la amazona hizo tronar su voz de mando y en los que casi siempre salió triunfante, dos batallas en el Cerro de Carretas, dos sitios a Chuquisaca, escaramuzas en Tarvita, Molleni, Badohondo y Carachimayo.  Pero sin duda, la mayor de sus epopeyas la logró en el combate del Villar, donde arrebató una bandera realista que llevaba los lauros de la reconquista de Arequipa, Puno, Cuzco y La Paz, le sirvió para que Belgrano en el oficio dirigido al director supremo don Juan Martín de Pueyrredón pidiera que se la declarara teniente coronel de los ‘Decididos del Perú’.El 14 de septiembre de 1816, Ascencio Padilla se enfrentó al realista Aguilera, que lo mató de un pistolazo, degolló al protomártir  y junto a él a una mujer que confundieron con la guerrillera. Su idea de triunfo fue tan resonante que hicieron medallas conmemorativas. Pero estaban lejos de la realidad, Doña Juana juró sobre el cadáver de su esposo venganza y pese a que no fue el único cadáver que desgarró su alma pues sus otros cinco hijos murieron en combate, víctimas de la malaria, la disentería y cuanta enfermedad les acosaba en los campos de batalla, situaciones que le hubieran destrozado el alma a cualquier valiente, en cambio ella era diferente, era extraordinaria, ella sólo se hizo más fuerte y más decidida a cumplir su objetivo.Desgraciadamente, vio su sueño hecho realidad en la miseria misma en la que murió, porque aun cuando Bolívar y Sucre la fueron a ver y rendirle los merecidos homenajes, logrando incluso una renta vitalicia que la puerca política se la arrebató después.Hoy en día, los homenajes están a su altura creo yo, pero nunca serán suficientes para honrar el verdadero esplendor que significó la presencia y valor desplegados por la heroína más grande que ha conocido este continente.Cuenta la leyenda, que el inca Huallparrimachi y todos los indios que sirvieron a su mando, veían en ella la imagen de una virgen inmaculada, y encontraban en ella a la Pachamama.De forma muy acertada, creo yo, a partir de este año, las mujeres bolivianas, en la edad contemplada por la Ley, van a poder enlistarse de forma voluntaria en los cuarteles, en unidades especializadas para el tema tengo entendido, a fin de poder hacer el Servicio Militar por el período de un año. Tema que hasta ahora, fue un privilegio al que sólo los varones podían acceder.Ya contamos con miles de reservistas damas que se incorporaron al Servicio Premilitar, y que con algunas excepciones, dieron gran talla, sin embargo, que estén realmente a la altura de los hombres y sirvan a la Patria durante toda una gestión, además de forma libre y espontánea, es algo digno de reconocerse y aplaudir.Las mujeres de nuestro país tienen un espejo muy grande, inmenso, donde poder reflejarse y un modelo lleno de virtudes para seguir e imitar. Bravas hijas de esta tierra, sean dignas de Doña Juana y con ese mismo valor engrandezcan a nuestra amada Bolivia ahora en el cuartel.