Ligar en tiempos de WhatsApp

Ligar en los tiempos de WhatsApp. El mejor de los tiempos y el peor de los tiempos, la era de la comunicación, y también de la timidez; la época de hablar con cientos de personas y de no mirar ni una cara; mensajes llenos de esperanzas y ticks azules de desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada. Para algunos, este es un fenómeno que nos lleva directos a la extinción como especie, más preocupante incluso que la desigualdad o la pobreza.

El acto de ligar es muy común, atraviesa tantas situaciones distintas que ni adolescentes ni adultos están exentos de críticas promovidas bajo los principios de una sociedad tecnófoba que, paradójicamente, no puede vivir sin la tecnología. Para esa parte de la sociedad es la tecnología, y no las personas (en todas las épocas hay demonios fuera del ser humano), la culpable de los males de las sociedades consideradas avanzadas, y no un reflejo y expresión de lo que de verdad la sociedad elige.

¿De dónde viene todo?

Nuestro origen guarda poca relación con la realidad que actualmente atravesamos como especie. Aparecimos en un mundo en el que las relaciones personales tenían una extensión muy limitada. Mucho más tarde, nos fuimos acercando a una sociedad más cercana a esta, sin tecnología, pero las personas tampoco tenían la capacidad de trascender a su ciudad o región, salvo circunstancias económicas excepcionales o movilidad limitada. Pero luego aparece el teléfono, y se democratiza el desplazarse como parte del ocio, sin relación con el mundo laboral. Circunstancias que en España, de manera atrasada, se dieron entre el final de la década de los sesenta y la de los ochenta.

Y surgió una tecnofobia hacia las nuevas formas de comunicación populares, como el teléfono, tras muchos años siendo un lujo. Los jóvenes comienzan a usarlo mucho, comienzan a poder tener relación con cualquier parte del país. Llega una posibilidad real de que lleguen donde nunca han llegado, desde el salón de su casa. Pero tanto las relaciones de amistad como las de pareja chocan contra el muro del romanticismo: son las cartas las que de verdad trasladan de manera sana a realidades lejanas, y es el teléfono el que idiotiza y aísla, el que no precisa de dedicación.

"Un arma noble para tiempos más civilizados".

“Un arma noble para tiempos más civilizados”.

Porque sí, enviar y recibir cartas de una persona lejana es un hecho muy romántico, en ellas va tu tiempo, maquetación, olores e incluso otros detalles de amistad. Irónicamente, también eran y son las responsables de que las uñas desaparezcan mientras esperamos a saber si han sido leídas y a recibir la respuesta. Definitivamente, el doble tick de WhatsApp no es tan malo. Muchas parejas continúan enviándose correo, y es algo bonito, pero no se puede situar con altanería sobre otros medios de comunicación, solamente por el hecho de ser de una época pasada que se tiende a relacionar con más amor y esfuerzo por la pareja.

Más tarde, en plena era de la globalización, los cambios tecnológicos se sucedieron a un ritmo mucho mayor. Llegó la telefonía móvil, y con ella Internet y muchas formas nuevas de comunicación, con el MSN Messenger como el estándar para la gente normal. El teléfono era económico ahora, pero se estaba optando por el texto. Tener móvil era lo mejor, y se gastaba mucho en SMS porque el MSN y sus conversaciones de horas estaban relegados al ordenador en casa, y es que el Internet móvil era en ese momento poco más que un sueño. Y fue Internet el hecho que produjo que individuos de cualquier parte pudieran conocer a otros con gustos similares, desde la amistad hacia las parejas. Y tuvo Internet mucha responsabilidad, aunque no toda, en que colectivos discriminados pudieran encontrarse y luchar más fuerte por conocer y defender su identidad. Familias separadas por miles de kilómetros, de repente se unían.

En vez de defender todo esto, la parte que se quedó atrás en la sociedad anunciaba un fin de los valores sociales, dejaríamos de ser como hasta entonces. Pero no. Resulta que gracias a todas las nuevas herramientas, podríamos ser incluso más felices que antes con las mismas circunstancias en el todavía considerado “mundo real”. Y llegó el abismo definitivo de la especie: la era del smartphone, Facebook, Twitter y WhatsApp. Nuevas formas de comunicación, de expresión, de periodismo, de relación. Compartir gustos, grandes experiencias diarias (y otras banales) con fotos o textos en Internet, inmortalizando cada momento, aunque luego nos produzca vergüenza recordar el pasado reciente. Todo muy ilusionante.

JPott (Flickr)

JPott (Flickr)

La sociedad había cambiado. Ya no eran “internautas” y “frikis”, ahora eran todas las personas. Con suerte, saliendo una noche, podías conseguir, tras no poco esfuerzo, un número de teléfono que para algunos significaría tener algo en el bote, y para muchos otros una semilla a la ilusión. En cualquier caso, un bien preciado del que no abusar. En ese momento tu nombre no era más que unas letras en tu DNI, tu correo electrónico una herramienta con acceso limitado, muy expuesto a una respuesta de un mail inicial o de un “OK” a una petición de agregar a MSN.

Pero fue una realidad que las redes sociales magnificaron. De repente, tu nombre, tu nick o username y tu número de teléfono lo eran todo. Pese a seguir nadando muchas ocasiones en el anonimato, todos ellos mostraban al mundo quien eras, con o sin tu permiso. Exponían una parte de la realidad vital inimaginable en aquellas épocas donde el teléfono era la innovación máxima. El problema para los agoreros, es que la gente parecía disfrutar de aquello. Para ellos, todo era sacrilegio y drama. ¿Por qué no volver a esa idílica sociedad en la que sólo imperaba el amor, todo se regía por pacíficos principios y se construía y se ofrecía desde el respeto, generando relaciones más que míticas, trascendentes, milenarias? Spoiler: esa sociedad no existió, y si lo hizo fue tan limitada que ninguno de sus defensores pudo conocerla.

El nuevo mundo y la libertad sexual

Si todo lo que hemos hablado hasta ahora parecía grave, dejando al mundo gravemente herido de muerte, con el fantástico mito de la creación aniquilado, ¿qué podría ir peor? Mucho. Recuerda, el límite de lo positivo lo marcan mis principios ancestrales, pero lo que tu haces mal desde tu libertad siempre puede ser peor.

El enemigo de lo antiguo es la libertad total. Ese concepto, esa idea, tan venerada durante siglos, llegó, y no se ha valorado lo suficiente, sólo porque tal y como se ha usado, sin hacer daño a nadie, sí ha perjudicado las ideas de otros, los reprimidos bajo el paraguas de la tradición (y la tradición no es mala per se, pero salir de ella tampoco debería serlo, desde el respeto, como tesis). La culpa de que a las parejas les vaya mal todo la tienen WhatsApp y su última hora de conexión. No es que siempre hayan existido los celos y ahora se canalicen de nuevas formas, no es que las parejas rompiesen por ello, es una simple aplicación la que priva de la libertad en pareja.

No creerás lo que pasó después. No. En un contexto de crisis económica, en una crisis eterna de autoestima, de desafección por cierta parte de sus estudios, quien esto escribe, yo, empezó a hablar, y sobre todo, leer, de tecnología en redes sociales. Lo que desde pequeño te había maravillado, personas con opiniones que admirabas, estaba allí, a tu alcance. A un click de compartir tu opinión mediante un retuit y hacer tu día más feliz. Hasta que llegó el día, una de las personas, con las que interaccionas, se da cuenta de que para algo vales, y te propone cobrar algo por escribir, un hobby que no tienes desarrollado, por falta de confianza y miedos a enfrentarte a ti mismo.

Y llega otro día aun mejor, y un gran medio tecnológico te hace aún más feliz, y pese al vértigo que da, aceptas ser responsable de una parte de ese él dedicada a la telefonía, tu gran pasión, desde la que analizas muchas otras cosas. Y hasta hoy, con sus más y sus menos, haciendo lo que le gusta, y muy cerca de todo eso de lo que siempre quisiste rodearte.

Pero las redes sociales sólo tienen mal, no traen buenas oportunidades ni promueven hacer amigos o parejas estables.

skype

Lo que nos acerca no puede ser malo.

De la misma manera, ese mismo que consigue trabajo, se echa novia gracias a poder hablar mucho más que lo que hubiera podido hablar mediante SMS, a 18 céntimos por cuatro palabras y media. Ese mismo que se aleja de ella durante un curso, pero que tras una pantalla con una ventana de Skype en ella es capaz de ser incluso más feliz, el mismo que ya no vive con su familia, pero gracias a eso mismo y a muchas fotos se siente como en casa, pese a estar en la otra punta del país.

Pero las redes sociales son el mal encarnado.

O el caso de otra persona, una chica, que decide que el sistema de valores tradicional ya no va con ella, que no tiene sentido en su visión de la vida y que por qué para considerarse y ser considerada decente tiene que pasar por “el paripé”, como aspecto negativo. Negativo porque no supone una elección, sino seguir las reglas marcadas sobre sexualidad y relaciones.

Reglas que desde que eras pequeña te hicieron creer que si te enrollabas con un chico el primer día que le conociste, y no le volviste a ver serías una de esas. Las mismas que el día que creciste y quisiste acostarte con alguien te hicieron sentir puta, con agravio por ser mujer incluido. Hasta que un día explotas y sabes que no es la vida que quieres, que no son los valores que sientes que debes seguir, y que cuando toque conocer a alguien quizá pueda tener sentido ir hacia adelante de manera más pausada, pero que el día que te apetezca, eres la persona más libre del mundo para acostarte con una o cuarenta personas. Y Tinder, por poner un ejemplo, te ayuda a salir del paripé, te hace libre, te exime de dar explicaciones a nadie y sobre todo, te hace hacer lo que en el fondo deseas.

No es opresión. Es liberación.

No es opresión. Es liberación.

Represión autoimpuesta. Problemas del primer mundo, pueden pensar unos. No, sufrimiento, sufrimiento real, el mismo que durante siglos ha oprimido, ahora de una manera más light, pero todavía con mucha influencia en el grupo en el que te haces personas o con tus padres, pues sin todos ellos quizá no se habría arraigado tanto eso que ahora quieres sacar de ti, que nunca te pertenecieron. Y cuando ya sabes que no es lo que quieres, descubres que esa libertad de la que estamos hablando hoy, sí, se puede canalizar. Y que hay muchas redes sociales en las que, aunque no exclusivamente, puedes vivir tu sexualidad como tú quieras, de manera abierta y sin rendir cuentas. Y además, sin ser infeliz al día siguiente, sin falsos dilemas, por una razón sencilla, por el triunfo la voluntad personal.

¿Por qué el mal?

Por el ser humano, nada más y nada menos. Y no es que el ser humano esté contaminado y sólo ofrezca ideas tóxicas, no. De hecho, esa concepción dejaría de lado a partes del mundo y la sociedad que siempre han respetado y siempre lo harán. Pero otra gran parte ha demostrado e interpretado históricamente que la idea de progreso no es positiva. Que cualquier tiempo pasado no nos parece, sino que es mejor. La nostalgia es nuestra mejor amiga. Y que todo lo que venga será peor, que es un argumento recurrente en gran parte de la literatura que se escribe sobre lo que viene.

Que lo nuevo es decadente. Que por qué evolucionar, si esta realidad ya es no tan sólo la buena, la correcta, sino la que tiene ya en su interior todo hacia lo que debemos aspirar como especie que se relaciona. El progreso ha estado siempre mal visto, nunca se ha tratado desde el respeto, y probablemente nunca lo será. Mentiría el que si cree que ha roto con todo, afirma haber roto con todo. Las ideas viejas perduran y perduran durante décadas, siglos, y es por ello que hasta el que cree que ha roto con todo y ha edificado de cero lo que desea, acabará, en muchos casos, siendo conservador. Los atavismos son muy fuertes, y en buena medida permanecen porque se muestran como las mejores formas conocidas de socialización, relación con iguales, etc.

Para explicar una realidad así, entran varias cosas en juego. La primera es la falta de respeto que implica no pensar que los demás puedan vivir de una manera distinta a la mía, relacionarse de otra manera o tener sexo por motivos y deseos radicalmente opuestos. El pensar, de nuevo, que la manera en que se viene actuando es la buena y la única. Y, generalmente, quien piensa así lo hace basándose en un privilegio de comodidad que ni siquiera tiene por qué haber hecho feliz a quien lo defiende, pero privilegio es, en cierta medida.

La segunda es la pura envidia, el desconocimiento o el sentirse cuestionado por un nuevo sistema de creencias que elimine el tuyo. El no soportar que la bendita diversidad genere, sin ni siquiera atacar modelos tradicionales, nuevas maneras de disfrutar el escaso tiempo que estamos en este pedazo de tierra en mitad de un sistema solar en mitad de un pedazo de galaxia. Porque no somos nada, pero lo queremos ser todo.

Por supuesto, no es el objetivo defender que todo es perfecto y va bien, sólo se trata de apuntar en otra dirección, o al menos, restar responsabilidades. Se sabe que las últimas generaciones están desarrollando un grado de machismo superior al no poco preocupante nivel anterior. Directamente se culpa al smartphone como herramienta de control definitiva de un novio hacia su novia o viceversa, sin cuestionar que eso ha ocurrido más veces (siempre) a lo largo en la historia, y sin tecnología de por medio, sino más bien con ciertas carencias educativas, o mensajes sociales no contrarrestados con educación y concienciación adecuada. Que hoy es posible hacer más daño que antes es una realidad, pero es debido a que también se puede hacer mucho más bien. Y se hace, por supuesto, a todos los niveles.

¿Hacia dónde vamos?

Los pronósticos distópicos apuntan en la misma dirección. Será el hombre, y no la tecnología, el responsable si se llega a algo así.

Los pronósticos distópicos apuntan en la misma dirección. Será el hombre, y no la tecnología, el responsable si se llega a algo así.

Sin jugar a la futurología, es muy probable, según la tendencia de los últimos años, que hacia un mundo donde todos los fenómenos culturales y tecnológicos se acentúen más aún. Un mundo en el que todo sea más líquido y fugaz, donde lo individual tenga mucha más relevancia que lo colectivo, pese a estar enmarcado en lo que seguirá siendo una sociedad en todas las letras.

Una realidad en la que aún se cuestione más la forma de actuar, por los grandes y fugaces cambios producidos. Una realidad en la que se pueden dar transformaciones más severas que las producidas en muchos siglos, que indudablemente provocarán enormes contradicciones, como las que siempre ha habido y que ahora mismo hay, pero una realidad contra la que poco se podrá argumentar, si se parte o se llega a un nivel alto de respeto, una convivencia sana y a una situación en la que se asegure la calidad de vida de todos los participantes de esto que llamamos vida. Esta última, de hecho, no ha dejado de mejorar a nivel mundial en el último siglo, pese a lo que la experiencia más reciente no pueda decir.

Sociedades como la japonesa indican que puede que, con muchos matices y diferencias, puede que llegue el día en que el celibato comience a extenderse, y quien sabe si los avances tecnológicos hacen que como especie alcancemos costumbres sexuales distintas, como que en vez de una persona, al otro lado haya una máquina o un juguete como práctica extendida. Es decir, que lo que ahora se considera masturbación alcance algún día el grado que ahora tiene una relación sexual. Algo así despertará, sin ningún género de dudas, mucha crítica social y alarmismo apocalíptico. La realidad es que de momento la especie tiende más hacia la superpoblación que hacia la extinción, y que en ese caso también ganaría la libertad de un individualismo radical.

¿Sería eso humano? Es una pregunta que no tiene fácil respuesta. Biológicamente es cierto que estamos configurados para reproducirnos como uno de los grandes objetivos, pero la historia del ser humano es una hoja en blanco en la que se ha ido escribiendo e introduciendo conceptos, ideas y valores morales que no responden a nada que pudiera encontrarse en los orígenes de la especie. Ahora bien, desde una posición que sólo pretende preservar esa libertad en las relaciones, lo mejor para propiciar que realmente se avance es, en primer lugar, luchar porque se acceda a información de calidad que permita tomar decisiones autónomas que, conectado con el segundo punto, no se vean afectadas por problemas de exclusión o discriminación por diferencias. Es decir, que sea cual sea el camino que elijamos, siempre sea uno que busque el progreso, la integración y el respeto. Tres aspectos que, en este momento de la hoja en blanco que atravesamos, parece que deben ser obligatorios.