Con las barbas en remojo

Harold Olmos

Poco antes de las elecciones presidenciales del martes, algunas autoridades del Gobierno decían, de manera velada o abierta, que las relaciones de Bolivia con los Estados Unidos mejorarían con un gobierno de Barack Obama. Obviamente, la posibilidad de un gobierno del candidato republicano les causaba escalofríos.



No leí ni escuché comentario oficial norteamericano alguno que avalase la idea de que el presidente electo adoptaría una actitud diferente respecto a Bolivia o Venezuela. Obviamente, la idea era un “wishful thinking”, un buen deseo desprovisto de evidencias. Similar al que tenían el general García Meza y su lugarteniente Arce Gómez, cuando creían que el triunfo de Ronald Reagan sobre Jimmy Carter les favorecería. Pensaban, por ignorancia e ingenuidad, que ese “wishful thinking” sería válido porque el primero era un ferviente anticomunista como ellos y pasaría por alto actos delictivos, incluso los vinculados al narcotráfico, convertidos en rutina bajo el gobierno que asumió del mando con el cuartelazo del 17 de julio de 1980.

La realidad les mostró cuán equivocados habían estado.

Hace algunos días escuché en la TV estadounidense a un portavoz del presidente electo Obama decir que un mejoramiento de las relaciones con Bolivia y Venezuela dependería de los dos gobiernos sudamericanos que más antagonizan con el del saliente de George W. Bush. Si los funcionarios del entorno inmediato del presidente Evo Morales estuviesen atentos a lo que dicen los medios influyentes de Estados Unidos, habrían mantenido la boca cerrada o sido cautelosos al máximo. Y habrían aconsejado al mandatario nacional hacer lo propio.

Días antes, Hugo Chávez, de Venezuela, había ido más lejos. No sólo afirmó prematuramente que Obama sería el próximo presidente. Llegó a decir que le gustaría conversar con “el negro”. Quizá se dio cuenta de que sonaba despectivo y aclaró que negros e indoamericanos son mayoría en Sudamérica.

Una nota de la AP reproducida por Los Tiempos citaba el comentario a esa declaración expresado por un portavoz del equipo de Obama, Alejandro Miyar: “Hugo Chávez no gobierna democráticamente y las relaciones entre los dos países no mejorarán a menos que Venezuela respete la democracia y el imperio de la ley”.

Un consejo obvio a quienes corresponda: Hay que aumentar el agua de las barbas en remojo. En el caso de Venezuela existe un matrimonio de conveniencia arropado en petróleo (temporalmente, porque Estados Unidos está en campaña para minimizar sus importaciones de crudo) y en el de Bolivia está en curso un divorcio inconveniente (para una de las partes. Adivinen quién.)

De Bolivia y Venezuela han sido expulsados los embajadores estadounidenses como en una competencia entre quién actúa más espectacularmente. Bolivia echó al embajador Philip Goldberg acusándolo de conspirar. En una rara solidaridad en los anales de la diplomacia, Venezuela no se quedó atrás y ordenó la salida del representante de Washington en Caracas, Patrick Duddy.

Hace unos días Bolivia tomó la delantera otra vez al suspender las operaciones de la DEA, la oficina anti-narcotráfico de los Estados Unidos. Sospecho que esta decisión, que el presidente Morales dijo que era enteramente suya, es un disparo en la propia pierna. A esa decisión se agrega la de una confiscación de los equipos con los que esa entidad trabajaba. Si hay alguien que todavía cree que eso ayudará a reencaminar las relaciones con Estados Unidos, que hunda sus barbas en el remojo colectivo.

El Gobierno debe, ahora más que nunca, actuar como la mujer de César. No sólo ser honesta sino parecerlo. Traducción: Hay que redoblar los esfuerzos contra el narcotráfico y reducir los cocales mucho más allá de lo comprometido. El riesgo es que ese empeño socave el respaldo militante de algunas de sus columnas básicas.

(*) Periodista. http://haroldolmos.wordpress.com

El Deber