“Gracias a Dios, soy ateo”

Columna: Agua de Mote. Autor: Puka Reyesvilla

Oxímoron. Así se llama, en retórica, la figura de la oración entrecomillada a la que he acudido para titular la presente entrega. Estamos hablando de la concurrencia de términos contrapuestos en una misma expresión. Este recurso, adecuadamente dosificado, consigue producir asombro, tanto aplicado a textos literarios como (en su versión visual) a artes publicitarios, amén de cuando se lo utiliza en el campo audiovisual –es, prácticamente, el sello de los filmes de Tarantino-.

Ahora bien, así como hay campos en los que el oxímoron queda muy bien, los hay aquellos en los que sale sobrando. Es más, ya ni siquiera tiene ese nombre y, según la disciplina desde la que se lo vea, podría adquirir denominaciones como: antinomia, contradicción o inconsistencia.



Una Constitución política, aunque lleva incorporado el “espíritu de la ley”, debe obedecer a una composición lógico-jurídica que le otorgue consistencia. Caso contrario, el texto naufraga en las aguas de los análisis de rigor.

Podría decirse que estoy hilando demasiado fino cuando señalo que relacionado una línea del preámbulo del proyecto de texto constitucional con uno de sus artículos encuentro un curioso “oxímoron”.

Una digresión. ¿A quién se le ocurrió ese esperpento de preámbulo? Mi profesora de segundo de primaria nos hacía vibrar en cada “hora cívica” con piezas parecidas aunque de mejor calidad; ¿por qué no la contrataron para que redacte un preámbulo algo mejor elaborado? El que se nos presenta es digno de figurar en la antología del kitsch. ¡Sáquenlo si les queda un poco de vergüenza! Y, si fuera necesario, soliciten a Pedro Shimose que les ceda “Casa de la Libertad” ¡Qué lujo de preámbulo sería!

Retomando el tema, en el preámbulo se lee: “gracias a Dios, refundamos Bolivia” y la parte final del artículo 4 reza (verbo muy pertinente): “El Estado es independiente de la religión”. ¿En qué quedamos? Casi puedo interpretar que gracias a Dios el Estado es independiente de la religión.

Otra perla es ésta del sujeto “indígena, originario, campesino” o sea que estas tres condiciones tienen que cumplirse al mismo tiempo para acceder a la buena vida que promete el proyecto.

A ver, un indio cherokee nacionalizado boliviano que trabaja la tierra en Sirujasi.  Cumple con lo de indígena y con lo de campesino, pero no con lo de originario; luego, púdrete Toro Sentado.

Otro. Un afroboliviano en el Chapare. Cumple con lo de campesino, pero no con lo de originario ni con lo de indígena; ergo, un nuevo tipo de paria ha aparecido.

El último. Un quechua en Cobija. Cumple con lo de indígena, pero no con lo de campesino ni con lo de originario (está claro que los quechuas no son de origen amazónico).

Y no sigo porque se me acaba el espacio. ¿Por qué no nos dejamos de tanto absurdo? El proyecto de texto constitucional parece más un gran oxímoron que una Constitución Política del Estado.