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El truco del español salió de palacio

Como en las funciones de magia, todos saben que hay un truco, que todo es una ficción, pero no por ello los espectadores dejan de seguir con interés la actuación y muchas veces se dejan trasladar dócilmente a un mundo ilusorio.

El ministro de la Presidencia , Juan Ramón Quintana ha oficiado en el último tiempo de aprendiz de brujo y ha sacado de su sombrero un conejo que en este caso es el “periodista” catalán Julio Cesar Alonso, oportunamente traído a Bolivia como un extremo recurso para oxigenar una de las triquiñuelas montadas por el gobierno para intentar desarticular a la oposición en el oriente del país.

Alonso se fue del país de la misma forma en que llegó. De la noche a la mañana y sin que hubiera un solo antecedente que lo justificara apareció de estrella en los programas televisivos, copó prácticamente los espacios en los medios de comunicación oficialistas contando una historia que curiosamente resultaba muy oportuna para apuntalar la versión gubernamental.

Después de vender su «charque» sigilosamente retornó a su país para continuar imaginando historias que como en el caso del terrorismo en Bolivia, le ha dado muy buenos dividendos y prácticamente lo ha lanzado a un dudoso estrellato.

Imaginación no le falta a Alonso y esta se acrecienta cuando recibe algún tipo de incentivo que ciertamente es mucho más que moral. Este incentivo le fue dado por el ministro Quintana en ocasión de una visita que efectuó en marzo de este año a España y durante la cual fue contactado por miembros de un periódico español cuyas simpatías por el régimen de Evo Morales son inocultables.

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Este diario le facilitó un encuentro con Alonso, quien fue presentado en principio como una persona que había tenido muchos contactos con Eduardo Rozsa y por tanto podría dar muchos datos sobre sus actividades. Luego se vio que no era conveniente mostrar ese perfil y que resultaría más convincente que figure como periodista que había hecho un seguimiento de años a Rozsa.

El libreto que debía dar Alonso fue meticulosamente elaborado y repasado cosa de evitar que queden cabos sueltos y se puedan producir algunas suspicacias sobre las versiones y acusaciones que tenía que lanzar en el país.

Quintana encargó personalmente a la embajadora de Bolivia en España, Carmen Almendras, para que se haga cargo del viaje de Alonso y más que todo, para que este aparezca como producto de la sana intención de un “periodista” para evitar que Bolivia sea afectada por una guerra civil similar a la que sacudió a los Balcanes en la década de los 90.

Por las dudas, si es que la versión de Alonso no resultaba demasiado convincente, en el estilo del gobierno se preparó un “plan B” que contemplaba la llegada de otros cinco periodistas que tendrían que reforzar la versión de su supuesto colega.

Sin embargo parece poco probable que este plan B llegue a ser aplicado por cuanto la incursión de Alonso, a parte de una desmesurada verborragia, no aportó nada a las versiones gubernamentales y, es más, arrojó más dudas sobre las de por sí poco creíbles “investigaciones” del fiscal Sosa y las declaraciones de sus “testigos clave”.

Con esta tramoya Alonso recibió su recompensa a cambio de hacer acusaciones sin pies ni cabeza, de paso esperemos que se haya percatado que en este humilde país del tercer mundo, hay gente que piensa y que investiga y lo prueba el hecho de que fácilmente se le destapó sus antecedentes por narcotráfico, además de que los medios independientes advirtieron enseguida sobre la serie de contradicciones en que incurría cada vez que abría la boca.

En suma, nadie duda de las oscuras habilidades del ministro Quintana, algunas le salieron trágicas con decenas de muertos como en Porvenir y otras, como en este caso, deben ser anotadas en su registro como una mala inversión.

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