La Guerra Fría reinventada

image Edwards, Jorge

Con la caída del Muro de Berlín y el derrumbe del bloque soviético, la Guerra Fría terminó en casi todas partes, pero no en todas. Dejó algunas islas, algunas rémoras, algunos territorios sobrevivientes.  Y ahora empiezo a creer que nosotros, en América Latina, en nuestra inveterada extravagancia política, estamos contribuyendo a reinventarla.

Porque algo propio de esa época, de la división del mundo en dos bloques, era la lucha despiadada, legal cuando se podía, y en muchos casos subterránea, ilegal, conspirativa, incluso armada, para impedir que un país se pasara de un lado al otro. En la región nuestra, sin ir más lejos, la situación de Cuba encendió todas las alarmas. Una lucha democrática en sus orígenes, dirigida contra la dictadura de Fulgencio Batista, desembocó al cabo de pocos años en un proceso lleno de vuelcos sorprendentes, en una dictadura marxista-leninista. Las dictaduras militares que vinieron después fueron la reacción previsible, desgraciada, apoyada muchas veces por Washington, frente al desplazamiento ideológico que se había operado desde La Habana. El golpe de Estado en el Brasil, por ejemplo, a comienzos de 1964, se produjo después de algunas señales izquierdizantes, más bien menores, que había dado el gobierno de Joao Goulart, gobierno que el Che Guevara en persona, en un aparte de una reunión internacional en Suiza, se encargó de condenar como una “democracia mediocre”, que confundía y desvirtuaba la lucha real, de fondo, entre gorilas y revolucionarios. En otras palabras, la división existía y la extrema izquierda, en lugar de maquillarla, como hacían las democracias burguesas de la época, se encargaba de profundizar.

Aquella famosa y pavorosa idea de crear dos o tres Vietnam en América Latina iba por ese camino. Era una época de confrontación, en que la palabra “consenso” estaba desprestigiada, y el único factor que impedía la tercera guerra era el miedo a la destrucción nuclear del planeta.

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Ahora, desde la instalación y la extensión del ALBA , la alianza bolivariana encabezada por Hugo Chávez, y frente a los sucesos recientes de Honduras, comprobamos que una guerra fría en menor escala, con otras condiciones y hasta otros lenguajes, podría prosperar en nuestro mundo , para desgracia de todos o de casi todos.  Desde luego, la alianza de los herederos del pensamiento de Simón Bolívar con la izquierda marxista es un primer disparate curioso.

En un ensayo notable, El estante vacío, obra del historiador cubano del exilio Rafael Rojas, se evocan las opiniones de Carlos Marx sobre el libertador venezolano , publicadas en 1858 en una enciclopedia norteamericana.  Según el autor de El Capital, Bolívar era un dictador criollo con ínfulas napoleónicas, defensor de presidencias vitalicias y senados hereditarios . Ya podemos imaginar qué le gusta de Bolívar a Hugo Chávez: lo vitalicio y hereditario para él, no para los demás.   Junto a ese libertador, escribe Rafael Rojas, el Karl Marx que colaboraba con The New American Cyclopaedia quedaba casi como un demócrata liberal.  El ideal bolivariano, claro está, no pasa de ser una fuerza movilizadora, de propaganda, que nadie se preocupa de estudiar en serio, pero la noción peligrosa y contagiosa de la presidencia perpetua , de por vida , está en esos orígenes. Es un invento venezolano antiguo, de los años fundacionales, y Hugo Chávez lo ha reflotado con gran astucia. Alvaro Uribe debería meditar sobre esto con seriedad, a sabiendas del precedente que podría establecer, antes de embarcarse en la misma vía.

A partir de aquí, el tema de Honduras se empieza a colocar en una perspectiva más clara.

En nuestra guerra fría reinventada, la teoría del dominó, del ajedrez, de lo que sea, se aplica a la perfección. El caudillo caraqueño mueve sus peones y las piezas van cayendo: Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Honduras . En una guerra en apariencia menor, los golpes sucesivos son mayores. De las elecciones democráticas se pasa a las presidencias vitalicias, lo cual no es poco, e implica, además, un camino sin regreso.  Es por eso que los hondureños de los sectores más diversos —Ejecutivo, Parlamento, Poder Judicial, Iglesia, Ejército, empresariado— se defienden como gatos de espalda de la vuelta a la presidencia de Manuel Zelaya .

Por mi parte, creo que la propuesta de Oscar Arias, el mediador, es buena: que asuma la presidencia Zelaya en un gobierno de coalición, con amnistía general y con el compromiso de no reformar la Constitución para ser reelegido en forma indefinida y “bolivariana”. Las últimas noticias, sin embargo, nos llevan a cruzar los dedos, a esperar sin muchas esperanzas.

Me digo, de paso, que Simón Bolívar era una figura más brillante, más romántica, más atractiva que nuestros liberadores del sur. Estos eran más grises que él, menos mediáticos en términos actuales, pero, a la vez, mucho menos nefastos.   Es difícil, por suerte para nosotros, que en estas tierras frías y legalistas salga de repente un Fidel Castro o un Hugo Chávez. Bernardo O’Higgins era hijo de irlandés y fue mandado por su padre, don Ambrosio, a educarse en Inglaterra, país de reformas graduales y desconfiado de las novedades revolucionarias. Andrés Bello, venezolano olvidado en su tierra, que no se había entendido bien, precisamente, con Simón Bolívar, llevaba años afincado en Londres, casado con una inglesa, cuando fue contratado por el gobierno de Chile. En resumidas cuentas, tuvimos en nuestros primeros años de vida independiente influencias moderadoras, gradualistas, no fanatizadas, que influyeron en nuestra organización política y legislativa y que explican, por lo menos en parte, la tan celebrada estabilidad de nuestro siglo XIX, el respeto del derecho y de lo que se llamaba el Estado en forma.

Lo que se ha visto en estos días es el atemorizado rechazo de los estamentos conservadores y liberales hondureños ante una nueva intentona de inspiración chavista . Los hondureños, por desgracia, se olvidaron de las formas y dieron la peor imagen internacional posible. Pensaron mal, e hicieron algo que ahora, en la América Latina de estos días, bajo una presidencia demócrata en los Estados Unidos, no se puede hacer. Uno se pregunta si ese país pequeño y empobrecido tenía fuerza interna para enjuiciar a un Presidente de la República y deponerlo por medios legales. Además, las escenas de la calle indican que Zelaya tenía apoyo popular. ¿Había, entonces, que entregarle la presidencia vitalicia en bandeja, convertirlo en cabeza de una dinastía hereditaria, al estilo de Corea del Norte, como le habría gustado al extravagante Simón Bolívar y a los bolivarianos que andan sueltos ahora? En esto me quedo con Carlos Marx, con su aguda nota biográfica en The New American Cyclopaedia de 1858, producto editorial que parece inventado en un cuento de Jorge Luis Borges.


Edwards, Jorge

Viernes 05 de Junio de 2009

La tentación latinoamericana

La prohibición de la reelección, al menos en teoría, en principio, no es un elemento esencial de la democracia. Llega un experto en estas materias y nos explica que en Francia, cuna de la democracia liberal que conocemos en los tiempos actuales, los jefes de Estado pueden ser reelegidos muchas veces. Lo que ocurre allá, de hecho, es que el electorado, después de uno o dos períodos presidenciales, siempre opta por el cambio de persona, aun cuando no necesariamente por el cambio de la formación política gobernante.

Me acuerdo ahora de una de las consignas que se repetían más, con más estridencia y mayor pasión, en el París de mayo de 1968, el de la rebelión de los estudiantes: ¡Diez años, basta ya! Eran, se entiende, los diez años del general Charles de Gaulle. Y a pesar de su endiosamiento, de su condición de mito viviente, de su calidad de héroe indiscutido de la Segunda Guerra Mundial, los electores prefirieron que se apartara y que hubiera un gaullismo sin la persona del general.

El problema nuestro es otro. El problema es que aquí no estamos en Francia sino muy lejos de su vieja cultura y de sus tradiciones republicanas. En alguna medida, la no reelección de los jefes de Estado, después de cumplir uno o dos períodos de gobierno, es un invento constitucional latinoamericano, una norma destinada a impedir que los caudillos militares o los héroes populares se transformen al cabo de un tiempo en dictadores.

Me parece que el único país donde el sistema funcionó durante todo el siglo XIX, hasta la guerra civil del año 91, fue Chile. El sistema se aplicó después en el México del siglo XX, pero con un partido hegemónico, el PRI, y con elecciones presidenciales aseguradas, dentro de aquello que fue definido en una oportunidad como “la dictadura perfecta”. Nos aseguran hoy día que la democracia está terminando por imponerse en toda América Latina, que hay elecciones libres y libertades democráticas en países donde antes no se conocían ni de vista, que la situación de México cambió en forma radical, que en Paraguay ya no existe y parece que no podría existir un Doctor Francia o un general Stroessner, que en América Central el ambiente político ha mejorado mucho, etcétera, etcétera.

Pues bien, debo declarar que no soy tan optimista y no estoy tan convencido. Una Constitución política que permita la reelección indefinida es concebible y aceptable en países donde existen libertades sólidas, bien arraigadas, que forman parte de la cultura nacional. Pero aquí, en nuestro sufrido y vapuleado continente, donde ya inventamos una “dictadura perfecta” y hemos tenido que soportar otras bastante imperfectas, estamos en vías de instalar en algunos lugares, en medio de la mayor indiferencia, una combinación perversa: la reelección indefinida acompañada del control más estricto de los medios de comunicación . Ni los chinos, con su famoso capitalismo autoritario, han conseguido crear una trampa política más invulnerable. Con el control de la prensa escrita, de la televisión, de la opinión pública, los jefes de Estado del estilo de Hugo Chávez o de Evo Morales encuentran la posibilidad de ser reelegidos hasta el fin de sus días . Tendríamos, entonces, dictaduras con orígenes electorales , es decir, vagamente justificadas y legitimadas : otro engendro nuestro , otra producción desgraciada de nuestro “realismo mágico” .

A mí me parece que el deseo de libertad es una aspiración humana profunda, capaz de dar sorpresas de cuando en cuando y en los lugares más inesperados. Si no fuera así, no podríamos entender fenómenos como el plebiscito chileno de 1988 o como la caída repentina, no prevista ni anunciada por ningún experto, del Muro de Berlín. Estoy seguro de que algo pasa en el interior de Venezuela que no podemos captar desde aquí , así como algo pasa en la vida interna y secreta de Cuba, cuyo gobierno, probablemente, por precaución, por prudencia, va a optar por no salir a respirar los aires de la OEA, por muy formales e inofensivos que sean. Lo que ocurre, eso sí, es que la historia es de una lentitud exasperante , y la tendencia a la complicidad, a la indiferencia, a la vista gorda, hace que sea todavía más lenta. Celebro, por eso, que Mario y Alvaro Vargas Llosa, Joaquín Lavín, Jorge Quiroga, Jorge Castañeda y todos ellos, hayan ido a Caracas a protestar en las barbas mismas de Chávez. El presidente bolivariano y radioadicto chilló, protestó, amenazó, y al final de todo ese ruido no hizo nada. Me imagino que los venezolanos inteligentes, de cultura democrática, y son muchos, tomaron buena nota de este blufeo bullicioso y perfectamente vacío.

El vigésimo aniversario de los sucesos de Tiananmen ocurre en otra parte, en otro contexto cultural, pero confirma justamente dos de mis afirmaciones anteriores: la lentitud de los procesos históricos , en contraste con el carácter universal del deseo de libertad de los seres humanos . He leído muchos textos sobre el episodio y me quedo con una descripción de un reportero norteamericano que se encontraba en la Plaza, entre los estudiantes que protestaban, ese 4 de junio de hace exactamente veinte años. Cuando las tropas comenzaron a disparar, ese corresponsal de una agencia de prensa norteamericana retrocedió despavorido y se escondió detrás de unas columnas. Cesó la balacera y el centro de la Plaza se vio lleno de jóvenes heridos y de cadáveres. Nadie, al comienzo, se atrevía a auxiliar a las víctimas. Y de repente, desde los costados, gradualmente, los conductores de Ricksaws, vehículos de dos ruedas impulsados por un hombre en bicicleta, empezaron a avanzar, frente a los tanques y a las tropas formadas, en un silencio impresionante, a recoger a los heridos y a llevarlos a toda carrera a los hospitales más cercanos. Fue una muestra espontánea de solidaridad y un acto de una valentía extraordinaria.. Pues bien, esos conductores de Ricksaws, héroes anónimos de nuestro tiempo, todavía están en alguna parte. Uno podría pensar que la China rica, tercera potencia económica del mundo actual, podría darse ya el lujo de una apertura política de la que tuvo miedo hace veinte años. ¿Por qué no?

Escuché anoche al Presidente Lula da Silva en una entrevista de la CNN en español. Tuve la impresión precisa de que el Brasil de hoy, con su seguridad económica conquistada, con su nueva estabilidad, nos hablaba con una voz razonable, inteligente, conciliadora en el orden interno, claramente respetuosa de los plazos constitucionales. Algunos aprendieron en nuestro mundo, me dije, en nuestro Ultimo Occidente, expresión acuñada por un ilustre poeta sevillano de épocas pasadas, pero se diría que otros, por desgracia para sus propios pueblos y para todos nosotros, no van a aprender nunca.