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La falacia de las dos banderas

image Mario Blacutt Mendoza

La necesidad de dos  banderas como símbolos patrios en el país está apoyada en un argumento de tipo étnico y de separación formal de los grupos culturales.

El fundamento de esta percepción se basaba en el siguiente desarrollo lógico: cuando Bolivia se fundó en 1825, los indígenas no participaron del acto y, por el contrario, fueron excluidos.

Así, los indígenas nunca consideraron que Bolivia fuera su patria y, al contrario, la tuvieron como uno de los grandes obstáculos para volver al Tahuantinsuyo, patria original de los originarios.

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Pero, dice el argumento, con la “Refundación” del país, formalizada en una nueva CPE, los indígenas deciden que ellos también deben formar parte de la República.

Como los indígenas habían tenido sus propios símbolos, era necesario que éstos estuvieran representados en los emblemas nacionales: prueba de que ya eran bolivianos.

El año 2005, una buena parte de los estratos medios cedimos a la fascinación de un país aglutinado por objetivos comunes, entre ellos, el de lograr “una Nación sobre la base de sus naciones”.

El entusiasmo inicial no nos permitió ver la falacia del argumento basado  en las dos banderas; para identificarla, nos bastó evocar lo que había ocurrido con los departamento de Beni, creado por D. S del 18 de noviembre de 1842, y de Pando, creado por Ley del 24 de septiembre de 1938.

Sus respectivas poblaciones no habían participado en la fundación de la República de Bolivia, más bien fueron adscritas al país por un decreto y una ley, respectivamente.

Si siguiésemos la lógica anterior, las banderas de Beni y de Pando, a reclamo de sus habitantes, deberían flamear junto a la Bandera Nacional y la Wiphala.

Con esto, serían cuatro los emblemas flameadores y no dos; pero sucede que los benianos y los pandinos siempre se consideraron bolivianos y nunca pretendieron “refundar” otro país.

El absurdo del planteamiento de las dos banderas es visible; no debe ir más allá del error rectificado y mientras más pronto lo rectifiquemos, menos problemas tendremos en el futuro.

Si los indígenas quieren que sus símbolos también estén presentes, no tienen más que imitar lo que hacen los nueve departamentos: cuando hay una celebración cívica, la bandera departamental flamea, junto con la tricolor (a un nivel un poco menor) en los mástiles oficiales y no oficiales.

Del mismo modo, las comunidades indígenas podrían decidir que la Whiphala flamee con la Tricolor en un ambiente de fiesta cívica u otra que sus costumbres decidan…………

Por su lado, el Presidente de la República debe enterarse que el civismo no puede ser creado y destruido por decreto; debe saber que el civismo es la expresión del sentido de pertenencia a un Estado, a una nación, al terruño.

Que el civismo es un entrañable cariño que mujeres y hombres han desarrollado por el lugar en que batallamos todos los días por la existencia cotidiana, pero nunca solos, nunca aislados.

El civismo nacional, nacido en 1825, no es una actitud racional que pueda ser cambiada como se cambia un arancel; el civismo es una emoción, es un sentimiento.

Es una fuerza volitiva que forma parte de la conciencia de los habitantes de nuestro país y que ha sido transmitido de generación en generación como el fuego sagrado que mantiene viva la existencia de la República.

Es la energía vital que hace de cada uno compañero de peregrinaje de todos los demás, en el largo andar hacia el objetivo común prometido.

El decreto de las dos banderas no ha hecho sino fortificar el espíritu cívico de un país que busca en la unidad lo que la bifurcación impuesta no puede lograr.

Ante el peligro de una eventual división del país, debo confesar lo feliz que me sentí cuando pude ver lo que alguna vez parecía muy difícil de ver: el pueblo cruceño, acompañando a su Prefecto en el acto cívico de izar la Bandera Nacional en el Día de la Patria.

Las dos banderas significarían un supuesto tratado de paz de dos pueblos que desean coexistir, algo que es absurdo; la Bandera única, en este caso, la Tricolor, simboliza la unión de todos los grupos y ciudadanos bolivianos, no la simple coexistencia entre ellos.

Queremos unidad real, no un simple armisticio bajo palabra.

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