De la democracia, sus cualidades y algunos bemoles


SUSANA Susana Seleme Antelo

En el globalizado mundo actual, no importa tanto que un gobierno sea verdadera y éticamente democrático, sino que lo parezca. De ahí que la calidad de democracia tiene que ver tanto con la forma de gobierno, como con la forma de representación pública.



Tiene que ver con el respeto al orden político y jurídico de un Estado de Derecho que reglamenta las libertades ciudadanas y, al mismo tiempo, abre condiciones para la propia profundización de la democracia, siempre perfectible en pos de igualdad y justicia parta todos, pese a sus tantas derrotas. Por eso son necesarias las luchas por la democracia, frente a los instintos totalitarios que conlleva el ejercicio del poder, y las luchas por su restauración en caso de quiebres constitucionales.

A eso apuntan la calidad y la profundización de la democracia: a la superación de sus falencias, algunas de carácter pre-democrático, como la división de poderes –legislativo, ejecutivo y judicial- o la pretensión de controlarlos todos, vía el acoso, desprestigio o el no respeto a la independencia de cada de ellos. Hay otras falencias no democráticos, como la pena de muerte en algunos países o el desprecio al derecho a la vida, en otros.

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La calidad democrática apunta a la superación de débiles voluntades democráticas o de groseros agentes que se escudan en formas democráticas, pero desprecian la ética de representación política pública, desvirtuándola. Como en Bolivia, desde se ‘enjuician’ a discreción a adversarios políticos, encasillados como ‘terroristas’ sin pruebas, y donde el ejecutivo oficialista arremete sin medida ni clemencia para ‘aplastar’ a todo aquel que alce la voz para denunciar sus aprestos déspotas y totalitarios. Y lo hacen escudándose en que surgieron de un proceso electoral democrático y limpio, en 2005, aunque desde entonces no han hecho más que vulnerar los principios y los de valores de la democracia, entre ellos el voto ciudadano.

Así nos ha ido en casa y en América Latina en la trayectoria de reproducción del poder de algunos presidentes, que no es más que la prórroga o continuismo ‘ad infinutum’ en el poder. Veamos: el sindicalista cocalero, presidente de la 6 Federaciones del Trópico cochabambino hasta hoy, y ademas rabioso presidente etnocentrista, Evo Morales; el inflexible economista Rafael Correa, el revolucionario impostor Daniel Ortega, o la sucesión hereditaria de la pareja Kichner, para terminar en el mesiánico militar Hugo Chávez, cuyo verbo y acción pretende sentar su hegemonía ‘bolivariana’ en todo el continente. Y eso sin contar al camaleónico Andrés Zelaya, quien no pudo hacer de las suyas con una mascarada electoral, como sí lo hicieron los otros con sus incontinentes elecciones y referendos. Todos y cada uno de esos actos a gusto y placer de las exigencias tácticas y estratégicas que requiere el ejercicio del poder para ‘tener el poder total’, según ha expresado en más de una oportunidad Evo Morales, sin que se mueva el músculo de la cara. Es decir, el poder total, sin controles democráticos que desde el legislativo, el judicial, la oposición política y la sociedad civil puedan poner freno a sus desmanes totalitarios.

La hibrodocracia

No es otra cosa que la instrumentalización de los procesos electorales en democracia, fenómeno político que el chileno Fernando Mires ha estudiado y analizado para llegar a la conclusión de que son “la forma que tienden a presentarse las dictaduras post- modernas”. Para Mires, “la híbridocracia, no se refiere a la existencia de dos identidades paralelas, sino a un cruce entre dos identidades diferentes: el cruce entre una dictadura con una democracia. Es decir, dictaduras cruzadas con formas democráticas, lo cual no quiere decir que de allí surjan dictaduras democráticas o una democracia dictatorial –dictablandas, como dice Edrado Galeano” , sino una dictadura pura y simple que se presenta como demócrata.

El fascismo, añade Mires, eliminaba y hacía desaparecer las formas democráticas. En cambio, las híbridocracias se presentan “como democráticas y revolucionarias, basadas precisamente en procesos electorales- electoralistas…” como forma de representación pública, engañosa a todas luces. No obstante, gracias a esa carta de presentación democrática y como forjadoras del ‘socialismo del siglo XXl’ del que tanto hablan los presidentes ya mencionados, los organismos internacionales y la mayoría de los gobiernos, aceptan esas democracias sin chistar. Y no importa que no sean tales, sino más bien hibridocracias, en las que los ciudadanos “no eligen sino legitiman con sus votos la reproducción de poder del autócrata” concluye Mires.

Como se preguntara Alexis de Tocqueville, en siglo XIX, cuando hablaba de la democracia como libertad y descentralización política –vale decir autonomías plenas o federalismo- “¿no valdría más dejarse nivelar por la libertad que por un déspota? ”.

Su pregunta tiene la misma vigencia hoy, cuando la contradicción política en Bolivia se juega el próximo 6 de diciembre, frente a un gobierno que desprecia la democracia y la mal utiliza como instrumento electoral para legitimarse y reproducirse en el poder. De ahí que recurrió a trampas y fraudes en los sucesivos actos electorales, hoy imposibles con el nuevo padrón biométrico. Por eso recurre al voto en el exterior, transgrediendo el acuerdo logrado en la Parlamento, de que sólo se podía ejecutar esta primera vez, con el 6% del total de los inscritos en Bolivia. Aún así, pretende cambiar ese acuerdo, en su mejor estilo demagogo y populista, fiel a su instinto hibridocrático, para tener el “control del Senado”, como señalan los masistas sin rubor, control que hasta ahora, a pesar de haber cometido corrupción política, comprando senadores suplentes, no lo han logrado.

El 6 de diciembre se juega la calidad de la democracia, y la democracia misma, que será siempre perfectible, si quienes la ejercitan creen en ella y no sólo la utilizan como instrumento para su propia continuidad y beneficio, como pretenden Evo Morales y sus hombres.