TEGUCIGALPA – JOAQUIM IBARZ ENVIADO ESPECIAL LA VANGUARDIA
Manuel Zelaya duerme sin pijama, en ropa de calle, por temor a un asalto nocturno. Desde la embajada brasileña en que está refugiado, el derrocado presidente comenta a “La Vanguardia” que los militares hondureños no le volverán a sorprender con ropa de dormir. Su esposa, Xiomara Castro, cuenta que en la legación diplomática se vive una paradoja: “Estamos aquí para luchar por la libertad, pero nos sentimos como en la cárcel”.
La misión diplomática está rodeada por cientos de policías y soldados. El gobierno de facto, que el 28 de junio derrocó y expulsó a Zelaya, dice que respetará la demanda brasileña de no atacar la embajada, pero también jura que lo detendrá si pone un pie afuera.
Por el escrutinio público a que es sometida, la embajada de Brasil parece el set de un Gran Hermano criollo; 65 militantes viven hacinados, con comida precaria, durmiendo en el suelo. Como el estrés aumenta se utiliza la terraza para hacer ejercicio y evitar problemas de salud. Sin un desenlace claro a la vista, los partidarios de Zelaya se preparan para una larga estancia.
En su calidad de presidente, Zelaya cuenta con dormitorio y baño propio. Pero ahí se acaban los privilegios. El ex presidente pasa el día en reuniones internas, organizando su estrategia, hablando por móvil con periodistas y políticos, y recibiendo a delegaciones para abrir el diálogo.
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Cada noche, Zelaya se levanta y recorre en sigilo la embajada para comprobar que todo está en orden. Tras verificar que no hay novedad, vuelve a acostarse en un colchón colocado en el suelo de la oficina que le sirve de dormitorio. Su hija Zoe, quien acaba de darle un nuevo nieto, le envía cada día la comida. Su menú es similar al de cualquier hogar hondureño: frijoles, arroz, aguacate, queso, pollo…
Según cuenta en su blog Fabiano Maisonnave, periodista del diario brasileño “Folha de Sao Paulo” que obtuvo permiso del Gobierno hondureño para acceder a su embajada, 30 de las 68 personas refugiadas en la legación sufrieron una intoxicación por comer pollo en mal estado.
“Hoy están todos con diarrea. Los militares nos retuvieron cerca de seis horas antes de acceder a la embajada, y el pollo que les llevábamos se estropeó”, cuenta Andrés Pavón, presidente del Comité para la Defensa de los Derechos Humanos (CODEH), próximo a Zelaya
Con el paso de los días, la legación, del tamaño de un chalet familiar, se ha ido vaciando. De los 340 ocupantes iniciales, quedan 68, entre asesores, periodistas, escritores, guardaespaldas, abogados, amas de casa, una abuelita y el cura salvadoreño Andrés Tamayo.
En sus contactos telefónicos con este diario, a Zelaya se le nota cansado, sin la frescura de hace unos días. En su agotamiento debe pesar el fracaso de su maniobra para recuperar el poder. Su regreso no provocó la conmoción nacional que esperaba. La prensa local detalló que Zelaya confiaba que su retorno provocaría grandes marchas que lo llevarían en volandas a la presidencia. No fue así. Apenas 5.000 personas se concentraron ante la legación brasileña.
Las incomodidades no son pocas. Hay sólo dos sanitarios para los 65 miembros de la resistencia, por lo que hubo que acordar turnos. Al principio, bañarse resultaba casi imposible porque cortaron el agua y luego se agotó el tanque de reserva. Para aprovechar mejor el agua, la gente se ducha de dos en dos.
Sin espacio para que todos duerman al mismo tiempo, unos lo hacen por la noche y otros de día. Un residente nos comenta a través del móvil que ni cuenta se da del fuerte olor porque las ventanas permanecen abiertas. “Todos estamos en la misma", dice el periodista Milton Benítez. Los nervios están a flor de piel por temor a que en cualquier momento entren los soldados y los desalojen por la fuerza. Basta con que estalle el petardo de un niño para que salten alarmados, creyendo que comenzó el asalto.
Xiomara explica que Zelaya convoca a diario a grupos de oración con el padre Tamayo, para pedir por sus vidas y el regreso de la democracia.
Para quienes se encuentran dentro de la embajada lo más duro no es dormir en el suelo y un menú sin variedad. Lo peor es la incertidumbre de sentirse atrapados como si estuvieran en la cárcel, expuestos a ser desalojados y detenidos.