Hacia la islamización de Bolivia


Los violadores de niñas y los que se antojan, como el Presidente Evo Morales,  irse al monte “con una quinceañera”, tienen motivos para identificarse con el régimen iraní. ¿Y dónde están los y las  demás?



los_tiempos_beta Editorial Los Tiempos

Entre los temas que más insistente e infructuosamente han sido abordados durante los últimos meses en este espacio editorial, hay uno que durante las últimas horas ha adquirido renovada actualidad. Es el relativo a las múltiples consecuencias económicas, políticas, sociales y culturales que trae consigo el “hermanamiento” entre la “revolución democrática y cultural” encabezada por Evo Morales y esa otra revolución, también “cultural”, pero además religiosa, que se encabeza el tirano Mahmud Ahmadinejad.

=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas

El aspecto “cultural” de los vínculos establecidos con Irán es el que resulta más visible. Y no sólo por lo importante que es sino porque los demás, como los económicos, políticos y sociales,  por su propia naturaleza, no se dejan ver tan fácil y rápidamente.

Las donaciones de varias toneladas de chatarra inservible, presentadas como plantas procesadoras de productos lácteos, por ejemplo, pasan desapercibidas. Pero lo que se esconde tras ellas, como el interés iraní en el uranio boliviano, tampoco parecen importar mucho. Es de esperar que cuando por fin se tome en serio lo que eso significa no sea demasiado tarde.

Lo que ha llamado la atención –felizmente– sobre lo poco inocentes que son los vínculos que Bolivia está adquiriendo con el fundamentalismo islámico, ha sido la noticia según la cual las mujeres que quieran “voluntariamente” trabajar en los hospitales que se están construyendo con recursos iraníes deben someterse a lo establecido por la “sharía”, la ley islámica que entras barbaridades obliga a las mujeres a reconocer su condición de seres inferiores, portadoras por naturaleza del pecado y, por consiguiente, instrumentos satánicos puestos al servicio de la perdición de la humanidad.

El asunto no es de orden secundario. Es que tras el velo que se pretende imponer a las doctoras y enfermeras de los hospitales “islámico-alteños” se esconde toda una visión del mundo, de la humanidad, del bien y del mal, que por lo menos debe ser puesta a consideración.

Estamos ante una línea fronteriza. Si la cruzamos, la cuestión de los límites, con lo compleja que es, nos llevará en los años venideros a mayores motivos de conflicto de los que por sí tenemos. Habrá que preguntarse entonces: ¿Cuál es el límite más allá del cual la tolerancia se convierte en una estupidez? ¿Habrá que espera que las niñas alteñas sean sometidas a ablaciones de clítoris para reaccionar?

Las organizaciones feministas y las defensoras de los derechos humanos, entre otras, no pueden negar que tienen algo que decir al respecto. ¿Por qué callan? ¿A qué extremos debemos llegar para que empiecen a reaccionar? Y mientras tanto… ¿tendrán las mujeres bolivianas, como las ministras del “gobierno  del cambio”, que empezar a acostumbrarse a usar el “hiyab”?

Los violadores de niñas y los que se antojan, como el Presidente Evo Morales,  irse al monte “con una quinceañera”, deben estar muy contentos. No podría ser de otro modo pues, según la lógica que la “revolución cultural” empieza a imponer, si hay alguien culpable de cualquier perversión son las mujeres que, por contravenir lo que la “sharía” prescribe, dejan que algo más que su rostro se vea.