Daniel A. Pasquier Rivero
A pocos días de las elecciones generales algunas reflexiones son obligadas. Se trata de ratificar autoridades, programa y gestión de un gobierno que por cuatro años demostró de lo que es capaz de hacer para mantenerse y reafirmarse en el poder. O, si estando en desacuerdo con esta gestión, qué otro camino a seguir. Hay que lograr conjugar la unidad con la diversidad, parece sencillo. Pero el ideal es un escenario de respeto a la opinión pública, a la voluntad del pueblo, que no es sólo de la mayoría. Y esta convivencia debe ser el resultado de una pugna electoral en democracia.
Pero la realidad del Estado Plurinacional se impone. Hay un alto porcentaje de ciudadanos sin el suficiente nivel crítico para asumir decisiones y posiciones personales en función de país, que de eso se trata. La insistencia del partido de gobierno en instruir a sus seguidores en el cómo y por quién votar, al punto de ponerle hasta “guardias electorales” al lado para evitar errores, es decir, para coartarles el ejercicio del derecho al voto en libertad, es una falta de respeto inaudito, inaceptable. ¿Qué hará la Corte Nacional Electoral frente a esto? Lo que haga, de todas formas, seguramente será tarde para corregir o remediar el daño inferido a la voluntad del pueblo. Al desnudo, una vez más, lo poco avanzado en cultura republicana después de casi doscientos años. Exigir “voto recto”, negar el “voto cruzado”, pone en entredicho la calidad de la democracia boliviana. Para qué entonces “elecciones”, que significa no otra cosa que “elegir”. Utilizar la propaganda, el discurso, la instrucción, la consigna y la intimidación a favor de la opción oficial se convierte en una prueba de abuso de poder al grado de desfachatez.
Frente a escenario tan duro la más elemental racionalidad se imponía, había que presentar un solo bloque opositor, una propuesta, un programa alternativo. No se dio y ahora, argumentos más argumentos menos, la oposición se presenta dividida. Pero al menos hay que demostrar voluntad de victoria. Es sabido que nadie sigue a perdedores. El tono y los argumentos deben reflejar esa voluntad. Está en la retina y en los oídos de todo el país el atropello a las leyes y a la Constitución que ha ejecutado el MAS durante cuatro años en gobierno, continuidad de su accionar en los años anteriores desde la oposición: paros y bloqueos sin misericordia a la ciudadanía y al aparato productivo, dañando al que lleva al mercado un racimo de plátano como al que exporta toneladas. Palizas y balas. Están los desaparecidos, muertos y heridos, muchos más de los documentados en ¿Qué pasó? El dolor que acompaña al MAS no ha respetado color, clase social ni localidad; tiñó de rojo sangre el campo y la ciudad, a ricos y a pobres, a civiles y uniformados. La inseguridad se incrementó por la pobreza, por la extensión constatada del narcotráfico, pero también por la prédica inhumana del enfrentamiento, la confrontación como arma política del gobierno, en especial, del presidente. Y por la impunidad, que ha dado con inocentes detrás de las rejas y delincuentes de parranda. Queremos una Patria Unida, pero no unidad de garrote, donde está prohibido pensar, expresarse, oponerse. Queremos Unidad con Paz. Una paz que brotará donde haya justicia y solidaridad. Por eso, el primer compromiso, restaurar el imperio de la ley. Nada de componendas, nada de corrupción, que termina matándonos a todos en vida.
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Reconducir el cambio, porque el cambio es necesario. Las responsabilidades están dispersas, pero la realidad de tanto pobre en medio de la riqueza, nos afecta a todos. El gran desafío a una gestión técnica, eficiente y honesta. Sin honestidad no hay alternativa, sería más de lo mismo, como le pasa al MAS, que propone seguir a Cuba, Venezuela y a Irán. Los primeros viven del subsidio internacional hace décadas, amarrado a compromisos ideológicos, con tal ceguera que después de 50 años todavía esperan un milagro. Los otros, sin petróleo, desaparecen del mapa; quinto exportador de petróleo del mundo e importa el 80 % de sus necesidades alimentarias. Cuando gastan miles de millones de dólares en tanques, aviones, fusiles, sin mirar a los que sufren hambre entre su pueblo, no merecen respeto y menos ser imitados. La locura de las armas atómicas ahora les quita el sueño cuando ya la humanidad entera condenó esos esfuerzos después del horroroso holocausto en Nagasaki e Hiroshima. La perspectiva de una cartilla de racionamiento es suficiente para un voto castigo.
Muera el Imperio es la consigna. ¡Mil veces maldito!, decía Chávez. Pero están identificados por su absoluto desprecio por los derechos humanos. Cuántos asesinatos políticos entre aquellos que sólo pretender hacer oír su voz, ejercer un voto, o soñar con sociedades más libres. Con la impunidad que otorgan los regímenes teocráticos y autocráticos matan en cárceles y calles. Se justifican con revoluciones que no existen, o con la venia de un “líder” situado por encima de toda ley, porque cuentan con el poder brutal de las fuerzas armadas represoras, con “cuerpos de guardias” –grupos de choque expertos en el exterminio ciegos detrás de órdenes inhumanas- y, si no es suficiente, con “tribunales revolucionarios” seleccionados entre lo más reaccionario de las élites mundiales. Ignoran que siguen a imperios que desde hace miles de años pisotean pueblos y ciudades, hasta donde les dio el aliento. Nada menos que Irán, el Imperio Persa, amo de Asia, Medio Oriente, Egipto y el Mediterráneo, que se midieron con griegos, romanos, mongoles y cuanto desafió levantar cabeza, viene con compromisos de paz y desarrollo de los pueblos. Vaya paradoja.
Santa Cruz ha señalado al país el camino del progreso en democracia y libertad. Es la hora de recuperar un Estado regido por leyes, conducido con idoneidad y responsabilidad, que promueva una justicia sin corrupción y el ejercicio de la política con civismo, con amor a la Patria.