El lenguaje en la política


Marcelo Ostria Trigo

ostria Los estilos en la forma de gobernar y de hacer oposición se reflejan en el lenguaje que se emplea. Algunos son agresivos y otros contemporizadores; los hay respetuosos –por ello no son claudicantes– y los hay desconsiderados que nacen de la idea equivocada de que así fortalecen sus argumentos en el debate político.

Generalmente, la violencia verbal se genera en la creencia de que es bueno llegar al pueblo con mensajes que muestren descarnadamente supuestas o reales miserias de los adversarios, en el empeño de ostentar dudosas diferencias morales y de vocación de servicio público. Cada vez con mayor frecuencia predominan el epíteto malintencionado y el ataque artero en discursos, declaraciones, pronunciamientos, aclaraciones y desmentidos. Todo junto a la alabanza propia. Esto es particularmente notorio en los discursos y declaraciones de los jerarcas del populismo y, en nuestro país, del Presidente. En verdad, no hay ocasión en que esas peroratas estén libres de diatribas, cuestionamientos y menciones injuriosas. Lo positivo, por lo general, está ausente.



Es persistente y malintencionada la acusación de que todos nuestros males provienen de la perversidad, de la ‘mala leche’ y del afán de algunos –los no partidarios del régimen de los ‘plurinacionales’– de oprimir a los sectores mayoritarios de la población, a fin de obtener inmoralmente ventajas y riquezas mal conseguidas. No está ausente la insistencia en culpar también de esos males a los neoliberales, a los capitalistas y, por supuesto, a Estados Unidos. Se incluye a veces a los países europeos y, en el caso de España, la demanda se basa en una supuesta deuda histórica.

Si se busca apoyos por lo que habría de negativo en otros, sin mostrar las bondades de la propia acción, no se sigue una conducta política equilibrada. Exagerar y engañar es una forma de corrupción, porque esto conlleva el afán de manipular los medios de un sistema, es decir, del régimen, en beneficio propio.

=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas

Por supuesto que muchas veces el disparate mayúsculo generalizado se difunde entre los aliados para el alineamiento. En efecto, hay uniformidad en el libreto de los populistas que encabeza –sí, encabeza y dirige– el sátrapa de Caracas. Pero lo más grave es que se hace del odio una plataforma política; odio que trastorna la verdad y que se ceba en los ingenuos. Es el “odio –ensalzado por los extremistas– como factor de lucha”.

Hace ya tiempo que se escuchaba que era necesario ‘humanizar la política’. Y esto persiste como imperativo si se pretende alcanzar la armonía social. Esta ‘humanización’ incluye, por cierto, el abandono de los discursos agresivos, de lo que se ha venido en llamar terrorismo verbal. La palabra –ya se dijo– puede ser orientadora, inspiradora de ánimos y creadora de elevados propósitos, pero mal usada se convierte en instrumento de destrucción y de violencia. No hay, por ahora, señales de sensatez, de que la crítica vaya a ser de altura, y que se prescindirá de la falsedad y de la injuria. La palabra agresiva y amenazante siempre es dañina, especialmente si se la lleva al terreno internacional. No parece que se obtiene ventajas, por ejemplo, con las permanentes agresiones verbales a Estados Unidos y últimamente, siguiendo a Hugo Chávez, a Colombia. Hay indicadores que, por el contrario, muestran perjuicios.

Finalmente: la palabra, en boca de los sectarios, se vuelve vituperio.

El Deber – Santa Cruz