El regalo ideológico andino

Juan Claudio Lechín

claudiolechin Por lados distintos, un taxista, una guía turística y un musicólogo me ofrecieron en el Cusco los fundamentos ideológicos del mundo andino denominados la “reciprocidad” y la “complementariedad”.

La reciprocidad es una forma de solidaridad. Se llama minka, ayni o mita, dependiendo si es a favor del individuo, de la comunidad o del Estado. La “complementariedad”, por su parte, declara que las fuerzas contrarias no deben destruirse sino complementarse, como son el día y la noche.



La primera vez escuché esto en la voz de Filemón Escobar, legendario dirigente minero boliviano y un no muy satisfecho mentor de Evo Morales; de quien asegura públicamente que “no ha entendido que la complementariedad andina significa la existencia simultánea de pueblo y elites, de la civilización occidental y de la andino-amazónica, de la derecha y de la izquierda democráticas”.

Interesante planteamiento porque invita a dejar la confrontación y los bandos “irreconciliables” de nuestras historias políticas. Pero además propone retos pragmáticos como por ejemplo, ¿con qué políticas conseguiremos que coexistan simultánea y saludablemente lo moderno y lo tradicional, las clases antagónicas, Estado y regiones, lo material y lo espiritual, la cortesía y la eficiencia, la libertad y la equidad?

Para avanzar en este aparentemente sencillo postulado andino es necesario apropiarse de las diferencias que existen en el país, es preciso contenerlas dentro de uno como un orgullo y no como una vergüenza. El reto es construir pensamiento propio pero sobre todo sensibilidad propia. Porque este pensamiento se presenta como una veta útil para resolver lógicas tradicionalmente enfrentadas, para engranar diferencias y construir el futuro; y es muy útil para deshacernos de esas gastadas convicciones que nos han indicado que destruyendo a otra parte importante de nuestro país conseguiremos la modernidad o la justicia social. Las sociedades son cuerpos interrelacionados entre sí, de tal manera que la derrota de uno no hace el triunfo del otro.

Siempre me sorprendió, en América Latina, que cuando ganaba la derecha los países se hundían y cuando ganaba la izquierda los países también se hundían. Algo no funcionaba. Y esto es así porque se ha querido triunfar a costa de la desaparición del otro grupo ideológico, del otro pensamiento, del otro grupo social, de su aniquilamiento y no de la complementariedad. Para que a un lado de la sociedad le vaya bien, al otro le debe ir bien también, o por lo menos tiene que tener la posibilidad real de que en algún momento le vaya bien.

Por eso el fútbol perdura, por es complementariedad entre opuestos. El equipo que gana, festeja. El que pierde se retira enojado pero tiene la posibilidad de ganar la próxima. No quema el estadio, no pasa a degüello al equipo contrario, no pisotea las reglas y convierte dos corners en un gol, no acalla la voz de la barra contraria ni exila al árbitro por cobrar penal. La reciprocidad y la complementariedad andinas son brotes frescos en un siglo XXI que todavía se muestra seco y sin sueños. Echémosle agüita, quizá nos de mucho fruto.

El Comercio – Lima