El rey desnudo…

Cayetano Llobet

TANO Hugo Chávez ha quedado en evidencia. Diga lo que diga, es imposible convencer al mundo de que la mitad no es la mitad. Lo más divertido es que, antes de la elección, él sabía que no podía ganar: ¿por qué, sino, la redistribución de distritos electorales? Lo malo es que cuando la política se hace al estilo Chávez, hasta los alumnos de primaria se dan cuenta porque es un problema de aritmética elemental. ¿Cómo explicar a esos alumnos de primaria que, con el mismo número de votos, el oficialismo tenga 98 representantes y la oposición 65?

Es aquí cuando entra el problema de los sastres. Son los que tienen que confeccionar trajes a medida para que los aspirantes a las dictaduras vitalicias siempre ganen. Son los elaboradores de leyes, de reglamentos, de constituciones, que se han especializado en ese tipo de confección. Dos españoles, pagados por Chávez, confeccionaron las constituciones de Ecuador y de Bolivia, pero son sastres caros. También los hay nacionales y más baratos que en su tiempo fueron aprendices muy aprovechados y hoy son verdaderos maestros del oficio.



La función de esos trajes es muy simple: hacer ver al mundo que el sujeto -en este caso el aspirante a vitalicio- está vestido de acuerdo a las normas aceptables en esa exposición que se llama la democracia formal. La habilidad de los sastres consiste en convencer al público de las bondades del traje, aunque el nuevo elegante sepa con certeza que se trata de un traje de utilería y que se puede desechar en cualquier momento.

Pero a veces, como acaba de ocurrir en Venezuela, el traje resulta insuficiente o su corte y presentación demasiado groseros. Es cuando ya no se ve el traje -que era la preocupación del vitalicio- sino su desnudez. Lo que no sería tan grave -aún con los referentes estéticos de Chávez- sino por la impudicia. Ocho horas tardó el Consejo Electoral para dar el resultado y ¡no se atrevió a mencionar el porcentaje de votos obtenidos por la oposición y el oficialismo! ¿No es un acto vulgar de impudicia?

Y Hugo Chávez, en su conferencia de prensa, constatando que su desnudez era observada por una periodista, hizo lo que ya es una costumbre de los vitalicios: tratar de ridiculizar a la periodista, obviamente entre las risas de los corifeos que siempre están ahí para festejar los chistes del rey… ¡los mismos que le dicen que está muy bien vestido!

Pero los vitalicios saben que, al final, no importa su impudicia, sino su permanencia en el poder. Chávez tiene una mentalidad de cuartel y no lo disimula. Los enojos son normales en los aspirantes a vitalicios. Pero a veces deciden prescindir de adornos y lo hacen con humor: “La oposición intentó hacer trampa y nosotros le hicimos otra trampa más interesante todavía” explicó Evo Morales justificando su derecho a reelegirse. Son los momentos en los que Evo decide no acudir a los sastres y se lanza al striptease integral: “A mi no me importa si es legal o es ilegal, ¡yo le meto nomás!”

¡Qué furioso tiene que estar Chávez! Una elección bastó para despojar de todos sus adornos al “Mussolini tropical”. Para su oposición no es momento de jolgorio sino de preocupación y de preparación porque cuando el aspirante a dictador vitalicio notifica que “lo que viene es joropo, así que vayan comprando alpargatas”, es porque se siente más cómodo en pelotas y no hay nada tan peligroso como un totalitario libre de las formas porque, además, termina maldiciendo todo el tiempo perdido con los sastres. La frase se la atribuyen a Hitler: “con el tiempo uno se arrepiente de haber sido tan bondadoso”.