Alienaciones y enajenaciones electrónicas

Ilya Fortún

Ilya En esta vorágine de tecnologías en permanente y casi desquiciada renovación, ¿somos todavía capaces de distinguir entre la virtualidad y la realidad? Se estará usted preguntando ahora mismo si el que ha perdido la noción de la realidad soy yo, por estar haciendo tal pregunta y, además, dudando de la respuesta. Créame, tengo razones para sospechar de un futuro mediato en el que, hacer la diferencia entre lo virtual y lo real no será tan evidente para muchos, con todas las deformaciones y enajenaciones que esto implica.

No estoy hablando de dispositivos futuristas de ciencia ficción, de ésos que nos enchufarán en la cabeza para inducirnos a recrear realidades alternas en nuestras mentes; no, señor, me refiero más bien a artefactos que ya han penetrado nuestras vidas y nuestros trabajos desde hace mucho tiempo, y que, poco a poco y de manera silenciosa, nos están devorando. La computadora, el teléfono celular, la televisión por cable, e internet ya son para nosotros cosa de todos los días (nosotros somos, para que quede claro, los privilegiados urbanos de ingresos altos); tan habituados estamos a todos estos aparatos, que ya ni siquiera reparamos mucho en el poder de sus nuevas versiones, y sobre todo, en su impacto en nuestra cotidianidad.



Su telefonito móvil probablemente se ha convertido, así como quien no quiere la cosa, en un Blackberry que, a su vez, lo ha convertido a usted en un esclavo, conectado y en la obligación de estar disponible para su jefe 18 horas al día, los siete días a la semana. Si usted antes se hallaba sentado frente a las pantallas diez horas al día, pues ahora puede ser que sean 12, pues aparte de trabajar y “entretenerse” con la computadora, ahora hace “vida social” a través del Facebook o del Twitter. Si usted pensaba que sus hijos pasaban mucho tiempo entre internet, el Wii y la tevé por cable, pues ahora con la velocidad y la versatilidad disponibles, vaya usted a saber qué es lo que están haciendo (además de confirmar la paradoja de la creciente ignorancia frente, a la sobreoferta de información y la disponibilidad inmediata y gratuita de todo lo que pudieran querer).

Pero lo impresionante de todo esto es el creciente grado de deformación de la realidad que puede estar causando. Hace un par de meses, llevé a mi hijo de siete años al bowling (al de verdad, no al del Wii, en el que me sacude hasta con la izquierda); el nivel de frustración que sufrió al experimentar que la cosa no era como en la tele, me obligó a tener que recordarle que estábamos jugando en la realidad, y que eso era completamente distinto al Wii. Alarmante.

Igual de alarmante podrían ser nuestras proyecciones en los perfiles que creamos en el Facebook, facetas parciales de nuestra personalidad real, intentos desesperados de existir a través de un alter ego. Hacemos allí vida social, unos jugándose públicamente en el muro, otros ejerciendo una suerte de voyeurismo, desde la tribuna que les permite mirar la vida de los demás, sin exponerse. Allí podemos pretender que somos “amigos” o conocidos del ex presidente Mesa o que nos codeamos con las Magníficas, o que las doscientas felicitaciones en el día de nuestro cumpleaños (¿cuánta gente nos llamaba antes del Facebook?), o los mil quinientos amigos registrados, quieren decir algo (¿un termómetro de nuestra popularidad o de nuestro grado de integración?).

La realidad parece convertirse de a poco en la absurda ruta inversa, para que nuestras vidas se asemejen a nuestras proyecciones y vivencias virtuales: el mundo al revés, al instante.

Página Siete – La Paz