La responsabilidad es del otro


Marcelo Ostria Trigo

MarceloOstriaTrigo3110x110_thumb Aunque es cosa de todos los días que la gente eche las culpas a otros por sus tropelías o sus errores, es mucho más serio si este ‘escapismo’ se ejercita en la política, y peor aún cuando se trata de las actitudes de un gobierno que creó expectativas crecientes y que, por ello, debe a la ciudadanía informaciones veraces y responsables. Por supuesto que esta conducta se da reiterativamente en muchos países, pero “mal de muchos, consuelo de tontos”. En efecto, no por ser una práctica más o menos generalizada se justifican las mentiras y las verdades a medias.

Es cierto, siempre se apeló a la improvisación de administradores públicos. Así se hace imposible evitar los yerros y solucionar los problemas. “Cuando no se sabe qué hacer frente a un problema, uno de los recursos más frecuentes en la política argentina es echar la culpa al otro”, comenta el articulista Fernando Laborda. Afirma que en su país “esta vez le tocó a la justicia” la responsabilidad asignada por el Ejecutivo por el aumento de la inseguridad ciudadana (www.lanacion.com 21/12/2010). Coincidentemente, Pablo Esdronian expresa, con razón, que “una de las peores cosas que puede hacer alguien que aspira a una posición de liderazgo es tratar de justificar sus problemas asignando las culpas a otros” (Andina.com).



Nuestro país nunca estuvo exento de errores y aun de excesos. Esto nos costó muy caro, pero se hace más preocupante cuando se procura eludir la responsabilidad con el velado propósito de repetir una medida, una acción o una política, probadamente dañina. Pero aún es peor creer en las mentiras propias. Parece que, a fuerza de repetirlas, el mensajero oficial, especialmente el dirigente, acaba por convencerse. E induce a la despreocupación. Ciertamente es peligroso desentenderse de los riesgos evidentes y dejar que los problemas se solucionen, eso sí, responsabilizando por su aparición al otro…

Así, la inflación, la carestía y hasta los escándalos se justifican por la acción perversa de los opositores, aunque éstos estén deprimidos, perseguidos y atemorizados.

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El desfase de los precios de los carburantes es comprobable desde hace más de cuatro años. Ahora se lo atribuyó al contrabando de gasolina –de los otros, por supuesto– y a la política ‘neoliberal’ de todos los gobiernos anteriores, cuando en realidad los subsidios son todo lo contrario; es decir, son producto de una actitud estatista que deforma la libertad de mercado.

Ésta sólo es una muestra. Las otras, como la condenable alteración de las estadísticas, también son frecuentes. No es único el caso de la Argentina, donde hay una inflación oficial (algo más del 10%) mientras la inflación real, según especialistas independientes, llegó al 30%. Ingenuamente, los responsables en Bolivia repiten el mal ejemplo de falsear también un indicador muy importante, como si la población no sintiera el constante aumento de precios y el deterioro de la capacidad adquisitiva de sus salarios.

Todo esto viene a cuento de las afirmaciones vertidas en el extenso mensaje del jefe de Estado al Legislativo, con motivo de celebrar el primer aniversario de su entronización como Presidente del Estado Plurinacional.

La pretensión de difundir esperanzas, cuando hay muchas dificultades evidentes, es mala consejera. Las falsas expectativas que se crean, supuestamente para superar problemas originados por el ‘otro’, si no se cumplen, tienen el precio de perder -si se tiene- credibilidad, y esto termina en el desencanto general, cuando no en la rebeldía.

El Deber – Santa Cruz