Marcelo Ostria Trigo
No hay duda: ha llegado una época de cambios. Es la que se inició con las revoluciones populares de Túnez y Egipto y que, ahora, está esparcida en Oriente Medio. “Las revoluciones (de Túnez y Egipto) han surgido de adentro, desde abajo, y se han extendido hacia arriba y hacia afuera” (José Ignacio Torreblanca. Una ola de revoluciones ni-ni. El País, Madrid, 20/02/2011). De alguna manera muestran a todos –ciertamente también más allá de esa región– que no es soportable la opresión. Tampoco lo es la ineficiencia ni la irresponsabilidad que agudizan la pobreza y ponen en riesgo el futuro de una nación.
Cuando estallan las protestas y estas se convierten en revoluciones que derrocan a los sátrapas, frecuentemente hay candidatos a llevarse la gloria de la victoria popular y, por supuesto, nacen fundados temores. “Los líderes iraníes olieron el miedo (de EEUU ante la posibilidad de que se encumbre a un régimen egipcio islámico fundamentalista) y, sin reflexionar mucho, animaron a los egipcios a volverse contra Mubarak. Ahora, sin embargo, es Irán quien tiene pánico al contagio egipcio” (J.I. Torreblanca. Cit. ut supra). Mientras tanto, la Hermandad Musulmana declara que se opone a cualquier régimen similar al de Irán en Egipto. Por eso, las protestas conmueven a Teherán, y los ayatolás reaccionan con la brutalidad nacida de su fanatismo.
El Gobierno de Bolivia –como el de Cuba y Venezuela– hizo pública, a través de un comunicado de la Cancillería, “su satisfacción por la dimisión de Hosni Mubarak a la Presidencia de Egipto” (EL DEBER, 13/02/2011). Pero, ¿el Gobierno habrá advertido lo que se le venía en casa? La impensable y contundente protesta generalizada por el ‘gasolinazo’ del 26 de diciembre sacudió al oficialismo y este tuvo que retroceder. Pero la protesta no se apagó con ese retroceso. Creció y se mantiene. Es que aparecieron nuevas causas para la inconformidad: la escasez de productos de primera necesidad y el alza general de los precios de estos (con el ‘gasolinazo’ subieron abruptamente y no bajaron tras el retroceso).
Mubarak también tuvo una base política que lo sustentaba. Al final, una parte de los ex oficialistas salió a las calles a defender al autócrata, pero su suerte ya estaba echada. El equilibrio se había roto a favor de los que demandaban la renuncia del Presidente. Esto sucede cuando cunde el desencanto, cuando se pierde la fe en los líderes que no escuchan el clamor ciudadano.
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Precisamente eso mismo viene ocurriendo en Bolivia. Los que protestan no son los políticos, los opositores de los partidos, ni los empresarios que supuestamente azuzan a unos ‘revoltosos’. Son los mismos que en el pasado apoyaron fervorosamente el ‘proceso de cambio’ del Movimiento Al Socialismo y que ahora muestran su desencanto por sufrir carencias y porque sus necesidades no fueron satisfechas; son los que desde El Alto, el antiguo baluarte político del Presidente, bajan a la ‘hoyada’ de La Paz y ya no llevan la wiphala, probando que esta no es símbolo patrio, sino un estandarte partidario que se abandona cuando se renuncia o se descree de un grupo político.
Si se comprende que las protestas que nacen de abajo tienen una enorme legitimidad, y se escucha el sentimiento de la población, se podría encontrar la necesaria armonía social que se asienta no sólo en la satisfacción de las necesidades materiales, sino también en el respeto a los derechos individuales, en la justicia y en la equidad, es decir, lo que necesitan nuestros países para garantizar la continuidad democrática.
El Deber – Santa Cruz