Los años dorados de Uruguay


Marcelo Ostria Trigo

OSTRIA_thumb Acabo de descubrir –con no poca vergüenza por la tardanza– a un gran escritor: Carlos Maggi (1922), uruguayo él, a través de un artículo publicado en El País de Montevideo (06/02/2011). Se refiere a las tres primeras décadas del siglo XX, aunque aclara que en ese tiempo no brilló el oro, “…el brillo (fue) de una generación que cambió el país”. Esto cobra destaque, porque se dijo de Maggi que “había pasado a una indagación radicalísima y muy acometedora, a un diagnóstico muy ambicioso de nuestras culpas, nuestros lastres, nuestras fatalidades, nuestros enemigos”.

En ese escrito Maggi rescata el destino forjado por los uruguayos para erigir un país de excepción en América del Sur. Y no es que él niegue los pasajes violentos, las luchas intestinas, las ambiciones de poder, en fin, un pasado bastante parecido al de los demás latinoamericanos, víctimas de desenfrenadas ambiciones y de dictadores feroces. Lo que pone de relieve Maggi es el resurgimiento; el fruto de la concertación para la convivencia civilizada. “En el proceso de la organización cívica que arranca en las postrimerías del siglo XIX –dice–, una vez cerrado el ciclo del militarismo, es la búsqueda de formas de la convivencia que culmina en la Constitución de 1918; y que una vez logradas, dan su peculiar fisonomía a Uruguay en el mundo”. “Blancos y colorados votaron juntos la designación de Batlle como presidente del Senado; y en 1903, con el voto de los blancos de Eduardo Acevedo Díaz, Batlle sería elegido Presidente de la República. Fue el principio de una larga cadena de entendimientos entre los partidos tradicionales; un modo nuevo de tratarse entre uruguayos”.



En poco más de mil palabras, Maggi describe la historia de cómo su país llegó a ser justo, democrático y tolerante. Cita pasajes sobre la visión de Luis Alberto de Herrera, volcada en el libro La tierra charrúa (1901), que es la base del estilo predominante en los uruguayos de hoy, cualquiera sea su ubicación en el espectro político: “Que el advenimiento de la tolerancia sincera y sin presiones molestas sea un hecho definitivo. Para llegar a ese puerto de dicha, ofrecen segura brújula estas palabras mágicas que debieran labrarse a fuego en la memoria de todos: paz, educación, olvido”.

El logro de la paz, dice Maggi, “fue el principio de una larga cadena de entendimientos entre los partidos tradicionales; un modo nuevo de tratarse entre uruguayos, sin perjuicio de las más duras controversias en la prensa, en las cámaras, en la vida misma. Hubo paz, educación; y olvido, prácticamente continuo”.

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“Se repudió la guerra –continúa Maggi– y se desarrolló el derecho laboral, sin darle entrada al materialismo histórico que proponía un enfrentamiento a muerte; la lucha de clases y la dictadura del proletariado. Entre nosotros, como lo planteó el ‘fabianismo’ inglés, subsanar los abusos del maquinismo era un problema a solucionar mediante la legislación del trabajo. Algo antitético a la furia del materialismo histórico de los marxistas”. Furia ahora atemperada, seguramente porque los uruguayos son sensatos, porque han aprendido y ‘re-aprendido’ que el sectarismo, la inquina y la venganza impiden el progreso y perturban la paz y la concertación para edificar el futuro de la nación.

El trauma de la interrupción democrática, de la violencia por llegar al poder, ha dado paso a la auténtica democracia. Los habituales rankings señalan a Uruguay como el único Estado en América de Sur que goza de una democracia plena, lo que comparte Costa Rica en América Central.

El Deber – Santa Cruz